“Solo nos queda Gibraltar”, escribía el pasado mes de junio el periodista y politólogo italiano Lucio Caracciolo, director de la revista Limes, publicación mensual de geopolítica que se estrenó hace más de treinta años con la guerra de los Balcanes. Caracciolo explicaba que Gibraltar es el único gran estrecho del mundo que queda en manos de Occidente. El Bósforo es turco. El canal de Suez es egipcio desde 1956. El estrecho de Bab el Mandeb, la Puerta de las Lágrimas entre el mar Rojo y el océano Índico, ha acabado en manos de los hutíes, directamente conectados con Teherán. Ormuz lo controla Irán de manera agresiva -parece que lo controla-, tras fracasar el ataque relámpago de Estados Unidos e Israel contra el régimen de los ayatolás. Todo el mundo habla hoy de Ormuz, mientras suben el precio del gas y del petróleo, escasea el diésel y la inflación se dispara. El importantísimo estrecho de Malaca se mantiene bajo control de Malasia, Singapur e Indonesia, aliados de Estados Unidos, pero a los indonesios ya les ha empezado a rondar por la cabeza la posibilidad de cobrar peaje. El estrecho de Taiwán está siempre en vilo. El estrecho de Bering es puerta de acceso a la primera ruta regular de tráfico mercante por el Ártico durante los meses de deshielo, gracias a un acuerdo entre China y Rusia. Estados Unidos está intentando recuperar el control del canal de Panamá, donde una gran naviera china llegó a gestionar los puertos de entrada y salida. Y hemos asistido hace un mes a un amago de pelea entre Chile y Argentina por la soberanía del estrecho de Magallanes, antesala del peligroso cabo de Hornos.
“Solo nos queda Gibraltar”, escribió Caracciolo en junio. Y los dioses le escucharon. Los dioses y algunos servicios secretos. Entre el 30 y 31 de julio, ochenta mil personas empujadas por una campaña desplegada con gran astucia en las redes sociales se abalanzaron sobre la ciudad de Ceuta, a nado o cruzando a pie la frontera, ante la pasividad de la gendarmería marroquí, teóricamente preocupada por la Festividad del Trono. A cuarenta kilómetros de Ceuta, en el palacio real de Tetuán, Mohamed VI glosaba la modernización de Marruecos mientras millares de jóvenes salían en estampida hacia la plaza española con la esperanza de poder cruzar el estrecho de Gibraltar.
Nadie quiso disparar en la frontera. Habría habido una matanza. Al cabo de unas horas, Elon Musk, el hombre más rico del mundo, propietario de un conglomerado tecnológico que interviene en la carrera espacial y en el desarrollo de la IA, propietario de la red X, consejero intermitente de Donald Trump, colgaba una serie de mensajes en X, su poderoso juguete político, con el fragmento de una película distópica en la que millares de zombis salvajes asaltan las murallas de una ciudad fortificada. “Esto es lo que nos pasará si vuelven a mandar los demócratas”, escribía Musk. Millones de personas de todo el mundo leyeron esos mensajes. El estrecho de Gibraltar se convertía en símbolo del Infierno. Se ha hablado de Ceuta en todo el mundo, hasta en la campaña electoral de Brasil.
He viajado hace unos días a Gibraltar para observar la cuestión desde otro ángulo, puesto que hay un dato que no me quito de la cabeza desde finales de agosto. La avalancha humana sobre Ceuta se produjo quince días después de que desapareciese la verja entre España y Gibraltar. La frontera más sensible de España se convirtió en motivo de escándalo internacional dos semanas después de la disolución de la exótica y antigua frontera entre España y el Reino Unido en el extremo sur de la península. En Penínsulas llevamos tres años hablando obsesivamente de los estrechos. Había que ir a Gibraltar.
Un estrecho geográfico es una correlación de fuerzas en constante movimiento. El estatus de Ceuta se puso en jaque quince días después del cambio de estatus de Gibraltar. Orilla norte, orilla sur. Solo catorce kilómetros de distancia entre Tarifa y Punta Cires. Veinticinco kilómetros entre Gib-el-Tarik y Gib-el-Musa, dos promontorios con mucha historia. Dos denominaciones árabes. Gib-el-Tarik, la montaña de Tarik, es la matriz del topónimo Gibraltar. Gib-el-Musa es la montaña de Musa, que en Ceuta recibe el lúgubre nombre de la Mujer Muerta, porque su silueta se asemeja a una mujer tumbada. Jebel Tarik y Jebel Musa, en las transcripciones actuales. Si cambia el estatuto de la montaña de Tarik, alguien ha querido señalar que también debería modificarse el estatuto de la montaña de Musa.
(Musa y Tarik fueron los jefes militares musulmanes que entre los años 711 y 712 cruzaron el estrecho para conquistar nuevos territorios. Musa era el gobernador del norte de África del Califato de Damasco, y Tarik, el más aguerrido de sus lugartenientes. La España visigoda estaba en guerra civil y Tarik derrotó al rey Don Rodrigo en la batalla de Guadalete, con la ayuda de Don Julián, alcaide de Ceuta, personaje de borroso perfil histórico. La legendaria traición de Don Julián, que apoyaba a los descendientes del rey Witiza en la guerra civil visigoda. Rodrigo controlaba el sur y el centro peninsular, mientras que los witizanos eran fuertes en el noreste, dominando la Tarraconense (la actual Catalunya y el valle del Ebro) y la Septimania (sur de Francia). En la batalla de Guadalete, los de Witiza dijeron: “Chao, pescao”. Tarik venció y suyo es el nombre del peñón).
Un estrecho geográfico es una relación de fuerzas en constante movimiento y en la plaza de Gibraltar estos días se respira paz. La desaparición de la verja está funcionando bien. Los 10.000 trabajadores españoles que cada día acuden a trabajar al enclave británico no han de soportar colas y controles. Su vida es ahora más fácil. Si viven en La Línea de la Concepción es cuestión de minutos. Desde lo alto del peñón se ve a la gente de La Línea cruzando a pie la pista del aeropuerto de Gibraltar para entrar en el enclave sin control de pasaportes. Quince minutos antes de un aterrizaje se cierra el paso. Todo está muy apretado en el peñón. Calles estrechas y empinadas hasta media ladera. Altos edificios en los terrenos ganados al mar, sacrificando parte de la dársena portuaria. Aún quedan algunos espacios libres, en los que se está construyendo, por ejemplo, cerca de la playa de los Catalanes (Catalan Beach), popularmente conocida como La Caleta.
Catalan Beach merece otro apunte histórico. Entre el 1 y el 4 de agosto de 1704, unos 350 voluntarios catalanes desembarcaron en esa playa a las órdenes del general valenciano Joan Baptista Besset, para dar apoyo a las tropas austriacistas que estaban asediando Gibraltar bajo la dirección del príncipe alemán Jorge de Hesse-Darmstad, con el concurso de fuerzas inglesas. Guerra de Sucesión española, que en realidad fue una guerra europea. Una coalición internacional conquistó el estratégico peñón para dar la corona de España al archiduque Carlos de Austria, y los ingleses, siempre hábiles, izaron su bandera. Ocho años más tarde, Inglaterra abandonaba la guerra de Sucesión después de iniciar negociaciones secretas con Francia en las que se aseguró el dominio de Gibraltar. En 1713, el Tratado de Utrecht establecía que Gibraltar y Menorca quedaban en manos británicas. La isla de Menorca, con el mejor puerto natural del Mediterráneo en Maó, aguas profundas y bien resguardadas, fue devuelta definitivamente en 1802. Gibraltar, jamás, porque en el Tratado de Utrecht figura como una cesión por tiempo indefinido. En pocas palabras, el control del estrecho de Gibraltar fue el pago de la casa de Borbón a los ingleses para asegurarse la corona de España. En 1714 caía Barcelona.

Los británicos podían haber optado por mantener un puerto y un potente destacamento militar con cañones en lo alto de la roca, una mole de piedra caliza de 426 metros de altitud sobre el nivel del mar. Un imbatible destacamento militar y nada más. No fue ese su plan. Fomentaron el comercio y aprovecharon los secretos de la mole. Hay unas doscientas grutas naturales en el peñón, grandes reservas de agua en su interior, y una red de túneles que suman 47 millas de longitud. Túneles excavados en el siglo XVIII y otros más recientes construidos durante la Segunda Guerra Mundial, en la que Gibraltar jugó un papel primordial en la operación de desembarco aliado en el norte de África. Parte de esos túneles son hoy una atracción turística, y otros no se pueden visitar. Hay vida dentro del peñón. Hay actividad electrónica, en la cima y en los túneles.
Gibraltar es, por tanto, un enclave militar de primer orden en uno de los puntos estratégicos del planeta; una colonia británica y un enclave comercial mayoritariamente poblado por descendientes de genoveses y malteses, gente de mar. La mitad de los apellidos que figuran en el listín de teléfonos tienen su origen en Génova y en la isla de Malta. El actual ministro principal, Fabian Picardo, tiene apellido genovés. Su antecesor, Peter Caruana, apellido maltés. Antes de ellos, Joe Bossano, genovés; Adolfo Canepa, ascendencia portuguesa y maltesa; Robert Peliza, origen genovés: Joshua Hassan, judío sefardí.
Territorio de ultramar de la Corona británica. Bandera británica. Valiosa base militar: buques de la Royal Navy y aviones de combate de la RAF. Gobierno local propio con un ministro principal, emanado de un Parlamento elegido por sufragio universal. Leyes inglesas y leyes locales. Apellidos malteses y genoveses. Instinto comercial mediterráneo. Habla inglesa con acento andaluz en muchos casos: una bella combinación. No se han limitado a vender tabaco y whisky a buen precio para fomentar el contrabando con España. Londres les ha permitido atraer inversiones de alto nivel con una rebaja sustantiva del impuesto de sociedades, de los impuestos sobre el capital, más la eliminación del impuesto de sucesiones. En Gibraltar tienen su sede la mayoría de las empresas aseguradoras británicas, las grandes corporaciones de apuestas electrónicas; es puerto franco, ofrece bunkering (suministro de combustible buque a buque) a las naves que entran en la bahía de Algeciras, comercio general y turismo. Un alto nivel de renta. Cuarenta mil residentes, casi con numerus clausus: hay que tener menos de cincuenta y cinco años, acreditar unos ingresos anuales superiores a las 37.500 libras esterlinas y disponer de un alojamiento demostrado. Los hijos de los gibraltareños tienen educación gratuita y estudios universitarios pagados en el Reino Unido o en España.
Una población bienestante con un alto nivel de educación, con un gobierno laborista que ha sabido sortear la trampa del Brexit. Partido Socialista Laborista de Gibraltar, amigo del Labour, pero no integrado en él. Gobiernan en alianza con los liberales. Autonomismo fuerte. Los gibraltareños se rebelaron cuando Tony Blair insinuó la posibilidad de una soberanía compartida con España, si España se olvidaba de la cuestión para siempre, precepto que José María Aznar tampoco aceptó.

El pacto consiste en esquivar el Brexit con la bendición de la Unión Europea. Gibraltar se integra en el espacio Schengen, desaparece la verja, libre circulación de personas manteniendo buena parte del estatus fiscal. Impuesto al consumo para equiparar precios minoristas, sin subida del impuesto de sociedades. “Hemos negociado el marco físico y hemos salvaguardado el metafísico”, explica con ironía una voz del gobierno gibraltareño.
España lo ha aceptado y tiene sentido. España quiere que la riqueza de Gibraltar irradie en el entorno: La Línea, Campamento, San Roque, Algeciras…, una de las zonas con más paro de España. Gibraltar está ganando visitantes, las ventas de los comercios locales han experimentado una notable alza desde julio, y el entorno español puede recibir inversiones. Los empresarios del grupo transfronterizo se muestran satisfechos. Hay gibraltareños que ya se están comprando casa en los municipios del entorno. El precio de la vivienda es muy alto en Gibraltar, mientras que España y el negocio inmobiliario forman una unidad de destino en lo universal.
El pacto funciona, pero no poca gente en Gibraltar se pregunta qué puede pasar si en un futuro próximo una coalición PP-Vox gobierna en España. ¿Querrán romper el acuerdo? ¿El PP cederá la carpeta de Gibraltar a Vox para que se entretenga?
Gib-el-Tarik y Gib-el-Musa. Hay una simetría bajo el azul del cielo. El estrecho forma una unidad dialéctica. El estrecho es una compleja correlación de fuerzas. Si una pieza se mueve en una orilla, no tardará en moverse otra en la orilla de enfrente. Si se rompe la entente hispano-británica, las cosas pueden empeorar en la disputa hispano-marroquí.
Durante dos días no vi ni un solo uniformado en Gibraltar. Ningún vehículo militar. Ningún barco de guerra en el puerto. Pero la roca escucha. Casi se oye el crepitar de las ondas electromagnéticas.

