En Cisjordania, la cosecha de la aceituna siempre llega teñida de sangre, y Abdelatif Bazari puede señalar el árbol exacto. “Uno de mis primos murió bajo este olivo y lo regó con su sangre”, relata a La Vanguardia este agricultor de 59 años, profesor de inglés en una escuela pública de Burqa, al norte de Nablus.
Ali al Bazari, de 44 años, cayó el pasado 7 de octubre, cuando una veintena de colonos irrumpió en el campo con fusiles, barras de metal y piedras. “Fue como una guerra”, recuerda Abdelatif. Su hermano recibió un disparo en la pierna, a su hijo de 18 años lo golpearon en la cabeza más de diez hombres y otros siete miembros de la familia acabaron heridos. Otro primo sigue ingresado en estado grave en el hospital Rafidia de Nablus.
El Ejército israelí asegura que soldados y colonos abrieron fuego tras el aviso de que un palestino había lanzado una piedra a un colono, sin explicar qué hacían los colonos en el olivar. No está claro quién mató a Ali.
Según Abdelatif, los soldados se limitaron a mirar, retuvieron las ambulancias a dos kilómetros y esposaron a los sanitarios, y los heridos tuvieron que salir dos horas más tarde en un tractor. Los colonos se llevaron las escaleras, las mantas y los sacos. “Le dije al oficial que mirara cómo nos robaban. Me contestó que lo sabía”.

El camino desde Jerusalén hasta Burqa está plagado de banderas israelíes y de carteles electorales. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas, e Itamar Ben Gvir, de Seguridad Nacional, sonríen a lo largo de la carretera a menos de dos semanas de las elecciones del 27 de octubre. En una cafetería de la carretera de Nablus, la noche del mismo 7 de octubre, un grupo de colonos perforó el suelo y clavó más de un centenar de banderas israelíes.
Entre los colonos que sueñan con anexionar lo que llaman Judea y Samaria, los dos líderes ultras despiertan un fervor que no encuentran en la mucho más secular Tel Aviv. “Continuamos la revolución de los asentamientos”, proclamó Smotrich a finales de septiembre en la inauguración de dos nuevas colonias cerca de Hebrón, en el sur de Cisjordania. Días después, Ben Gvir fue más lejos en la televisión israelí. “No hay diferencia entre las zonas A, B y C. Toda la tierra es nuestra”, dijo.
La Autoridad Palestina abre oficialmente la cosecha este jueves, pero muchos agricultores se adelantan para evitar el robo de su aceituna. Entre el 27 de septiembre y el 10 de octubre, la organización israelí Yesh Din documentó 174 incidentes ligados a la cosecha, un tercio de toda la violencia de colonos en ese periodo.
Por su parte, el observatorio ACLED registró 39 incidentes diarios en los primeros nueve días de octubre, el doble que en septiembre, que ya había sido el peor mes desde que empezó a contarlos hace una década, con un 68% de ellos dirigidos contra agricultores, recolectores o sus tierras, y seis palestinos muertos. Según Yesh Din, el 93,6% de las denuncias contra israelíes por ataques a palestinos se archivan sin acusación.
A vista de zoom digital, las colinas que rodean los olivares están salpicadas de avanzadillas, un par de caravanas y una torre de vigilancia. Los atacantes de los Bazari bajaron de la llamada granja de Abraham, instalada hace medio año a pocos kilómetros, aunque su olivar está en la zona A, teóricamente bajo control palestino.
Al otro lado de la colina, en Masaudiya, doce familias y unos 70 vecinos vieron llegar hace tres años la primera avanzadilla a sus tierras, y desde hace seis meses viven con otra a 300 metros de sus casas. “Desde hace tres años vivimos con dolor y con ataques todo el tiempo”, explica Dhiab Hajeh, representante de la comunidad. “Pero a pesar del dolor nos queda la esperanza”, añade.
Para la organización israelí B’Tselem, que habla de un proyecto de eliminación de la vida palestina en Cisjordania, la violencia se suma a las restricciones de movimiento y a un miedo que no aparece en las estadísticas, el de los agricultores que ya ni intentan llegar a sus tierras.
El ejército exige ahora “coordinación” previa para acceder a 90.000 dunams de olivares, unas 9.000 hectáreas, un 30% más que hace un año. Y la cosecha, que antes reunía a familias enteras en el campo, se ha convertido en cosa de hombres, que acuden sin mujeres ni niños por temor.
Abdelatif, que saca unos 3.000 dólares al año de su aceite en una de las tres almazaras del pueblo, ha dejado de recoger y pide voluntarios que le ayuden a terminar la cosecha, como los activistas israelíes e internacionales que este jueves acompañaban a los agricultores de Beit Anan, cerca de Ramala. “No podemos volver. Necesitamos que alguien nos proteja”, dice.
Durante sesenta años, su familia trabajó esta tierra sin un solo ataque. Algunos de sus olivos superan los 500 años y en el pueblo los llaman romanos. “El olivo no es como el trigo o la cebada. Es la identidad del pueblo palestino”, insiste.

