Industria y turismo: un falso dilema

Cada cierto tiempo vuelve el mismo debate. Hay que apostar por la industria. Hay que reducir la dependencia del turismo. Hay que cambiar el modelo productivo. La afirmación parece de sentido común. Sin embargo, parte de un error de diagnóstico: analiza la economía con categorías del siglo pasado. Durante más de doscientos años, la riqueza se explicó por la capacidad de fabricar. La revolución industrial transformó el carbón, el acero y la electricidad en crecimiento. Después llegaron la producción en serie y las economías de escala. Fabricar más significaba crecer más.

El siglo XXI ha cambiado las reglas. No ha variado la importancia de la industria, sino dónde se crea el valor. Una parte creciente del valor añadido ya no nace únicamente en la producción, sino en la capacidad de transformar un producto en una experiencia diferenciada. Por eso, software, diseño, innovación, marca, conectividad, inteligencia artificial y servicios asociados pesan cada vez más en la competitividad de las empresas.Compramos experiencias. Y hacia ellas se desplazan tanto el empleo como las estrategias empresariales.

Debate

Contraponer los dos sectores es erróneo: hoy el turismo no vive al margen de la producción, sino que genera demanda asociada

Eso modifica la posición del turismo y del ocio dentro de la economía. Ya no constituyen un sector aislado que vive al margen de la producción, sino uno de los principales generadores de demanda. A medida que aumenta el tiempo disponible, crece también la demanda de viajes, cultura, gastronomía, deporte, salud, formación y ocio. Ese es el gran mercado y la fuente de inspiración.

Sin embargo, seguimos contraponiendo industria y turismo. Otra cosa bien distinta es qué tipo de clientela se recibe, qué cantidad y cómo debe gobernarse, aspectos que hay que dirimir lejos de la confrontación con la industria. La visión industrialista del turismo lleva a identificarlo con hoteles, bares y restaurantes, cuando forma parte de un ecosistema mucho más amplio que integra cultura, territorio, congresos, negocios, gastronomía, deporte, salud, universidades, hubs tecnológicos y relaciones económicas internacionales. Todos ellos generan actividad para la industria agroalimentaria, la construcción, la energía, la movilidad, la tecnología o la inteligencia artificial.

Por eso resulta simplista atribuir la baja productividad de todo el turismo a los salarios de una parte de la hostelería. Es como si atribuyéramos al sector de la aeronáutica únicamente los sueldos de los tripulantes de cabina y servicios de limpieza de aviones. El problema no es el turismo, sino el valor que es capaz de generar. La cuestión no consiste en recibir más visitantes, sino en atraer aquellos que impulsan una economía más diversificada, innovadora y sostenible.El objetivo no debería ser reducir el turismo, sino ayudar a transformarlo. Un turismo de mayor calidad ayuda a desconcentrar la demanda, alargar las temporadas, mejorar la calidad ambiental y elevar los salarios más bajos. Y a la vez, colaborar con la industria para producir mejor e innovar de forma conjunta.

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