Jamenei apunta a Trump

Hace diez días, cuando la revuelta se expandió por todo Irán, una parte de la población tenía esperanzas de que pudiera tener éxito. Muchos pensaban, y así se oía una y otra vez, que la República Islámica no podía continuar. Que estaba agotada. Aunque no era un sentimiento nuevo, la insatisfacción ha ido creciendo con los años y esta vez se oía con más intensidad.

Los problemas económicos, que la mayoría relaciona más con la mala gestión y la corrupción del Estado que con las sanciones económicas, tenían asfixiada a la sociedad, al menos aquella parte que no se beneficia del sistema. De nada servía la relajación en las restricciones sociales de los últimos meses, ganada especialmente por las mujeres tras las protestas del 2022, cuando nuevamente las calles fueron testigos de la violencia con la que las fuerzas de seguridad atacaban la indignación provocada por la muerte de Mahsa Amini tras ser detenida por su “mal vestir islámico”.

Hoy, después del trauma y el dolor ocasionados por la publicación de los vídeos en los que cientos de bolsas con cuerpos permanecen tirados en el suelo de una morgue al sur de Teherán mientras sus familias los identifican, y de ser testigos de cómo las protestas se han desvanecido después de la represión –que ha dejado 3.400 muertos: muchos creen que la cifra es seis veces mayor–, la desesperanza se ha apoderado del ambiente y se multiplican las preguntas que se oyen en cada conversación: ¿Qué va a pasar con Irán? ¿Qué pasó en las calles? ¿Es cierto que habían personas armadas infiltradas? ¿Por qué no cumplió Trump con la promesa de atacar? ¿Cómo ha pasado esta tragedia?

“Solo queremos que acabe la República Islámica”, se queja un joven recién salido de prisión

La violencia del 2022, en la que murió medio millar de personas, ha quedado fatalmente superada con lo vivido en los últimos días, en los que todos parecen conocer a alguien que ha muerto, ha quedado herido o está en prisión. Ayer las fuentes oficiales hablaban de 3.000 presos a los que catalogan de “terroristas”.

Un chico de 22 años, que pide no dar su nombre, cuenta que en prisión había muchos como él. “Solo queremos que acabe la República Islámica”, contaba el miércoles mientras se fumaba un pitillo en la entrada de un café en el oeste de Teherán, horas después de haber quedado en libertad. Era de los afortunados: había logrado lanzar el móvil antes de ser capturado y, al no tener pruebas claras contra él, decidieron dejarlo libre después de firmar un papel en el que se comprometía a no salir a la calle de nuevo.

Este chico tendrá que ir a juicio cuando la situación vuelva a la calma. “Nos dejaron libres porque no hay espacio para todos, pero fue como una pesadilla; me rompieron este diente –decía mientras lo mostraba– y habían muchos heridos”. Vio cosas que no podrá olvidar en su vida, repetía. Uno de los jóvenes que estaba a su lado murió por el disparo de un francotirador. “Quiero que esto termine, que se vayan”, insistía.

Las fuentes oficiales hablan de 3.000 detenidos, catalogados de “terroristas”

Ayer, el líder supremo, durante la celebración de Eid al Adha, el día que se eligió a Mahoma como profeta, acusaba a Estados Unidos de estar detrás del complot y aseguraba que, si bien no era la primera vez, la novedad es que el presidente estadounidense estaba implicado. “Los alentó”, aseguró, añadiendo que, aunque no quiere llevar al país a la guerra, “tampoco dejaremos impunes a los criminales internos e internacionales del complot”. Días atrás, Donald Trump puso como línea roja para atacar que Irán llevara a cabo ejecuciones.

“Este es un Estado en el que nadie parece querer mirar la realidad de frente ni tomar decisiones, solo se excusan en el enemigo externo; han parado las protestas con más violencia que nunca, pero no han parado la insatisfacción general ni se ve un plan para conciliar. Lo que ha pasado crea aún mayor desesperación y rabia en la gente”, explicaba un sociólogo y escritor que pide no dar su nombre. “No estamos pasando por el momento más seguro”, se excusaba por querer mantener el anonimato.

“Pero lo cierto es que la República Islámica no había estado en un punto tan bajo en su historia, se siente amenazada, y su única respuesta real parece ser la violencia”, puntualiza este hombre, que recalca la decisión de cortar internet, que, si bien no es nueva en caso de protestas, esta vez parece más extendida. Todavía no entran las llamadas internacionales y apenas ayer se restableció el servicio de mensaje de texto. La portavoz del Gobierno, Fatemé Mohajerani, decía días atrás que la desconexión de internet podría extenderse hasta más allá del 17 de febrero, cuando se cumplen los 40 días de la muerte de quienes protestaban. Esta es una fecha en que las familias y amigos se reúnen en señal de duelo y que fue utilizada durante la revolución de 1979 para reactivar las protestas.

​El líder supremo afirma que las protestas fueron lideradas por personas entrenadas
en EE.UU. e Israel

La opinión del sociólogo sobre el estado actual de la República Islámica coincide con muchos otros, incluido personas que defienden al sistema actual, como un exempresario que días atrás escuchaba un debate entre amigos sobre los escenarios a los que se podría enfrentar Irán en los próximos meses durante una cena en Teherán: “Un ataque que acabe con figuras importantes, un escenario como Venezuela”, decía un profesor universitario e historiador. “Un golpe dentro del sistema donde los militares obtengan aún más control o también una guerra civil”, decía un documentalista. Otro cineasta descartaba la última opción, pero puntualizaba que nadie perdonará la brutalidad de las fuerzas de seguridad. Él, decía, vio disparar con ametralladoras contra la multitud. “Vi a dos caer antes de poder correr”, explicaba.

Mujeres sostienen retratos de  Ali Jamenei, durante una ceremonia fúnebre por el personal de seguridad muerto durante las protestas antigubernamentales
Mujeres sostienen retratos de  Ali Jamenei, durante una ceremonia fúnebre por el personal de seguridad muerto durante las protestas antigubernamentalesABEDIN TAHERKENAREH / EFE

“Es difícil hablar con esta gente aquí porque hay mucha pasión –se refería a los otros invitados a la cena–, pero la realidad es que la República islámica va a sobrevivir, aunque es cierto que esta es la última oportunidad que tendrá. O la aprovecha o se le acaba el tiempo”, puntualizaba el exempresario, que ha asesorado en algunas ocasiones el Gobierno. También pide el anonimato. Puntualiza que las protestas fueron avivadas desde el exterior y que había líderes entre quienes estaban en la calle. Este empresario de 60 años asegura haber visto como un grupo de jóvenes llegaban con cajas de cócteles molotov y neumáticos que tiraban en la calle. Otras versiones hablan de cómo jóvenes organizados lideraban a otros jóvenes para mover rápidamente los contenedores de basura y prenderles fuego.

Las versiones sobre este punto son múltiples en Teherán. Muchos piensan que había grupos preparados para liderar protestas y otros que piensan que son jóvenes que lo han aprendido durante años de protestas. “Saben que se tienen que defender en esos momentos porque ya entienden cómo reaccionarán las fuerzas de seguridad”, explicaba Bahman, un fotógrafo que no le da importancia a si había líderes.

​​“La realidad es que la República islámica va a sobrevivir”, dice un exempresario afín al Gobierno

En el discurso de ayer, el líder supremo hablaba de dos grupos. Unos, entrenados con grandes sumas de dinero por la inteligencia estadounidense e israelí y otros, más jóvenes, influenciados por el primer grupo. Aseguró que destruyeron 250 mezquitas y más de 250 centros educativos y que “varios miles de personas fueron asesinadas” durante las protestas por aquellos que realizaron el “complot”.

“¿Qué decimos de los infiltrados milicianos de civil que ellos –en referencia al Gobierno– pusieron dentro de las protestas para crear caos?”, decía el fotógrafo. “Eso pasó seguro [los infiltrados entrenados por Estados Unidos], no hay duda de ello. Había grupos con armas que querían crear caos”, dice el exempresario, que piensa que Irán podrá enderezar el camino con la ayuda diplomática de los países regionales que no quieren ver una guerra en el país. Y que, según versiones publicadas durante la semana, habrían presionado a Trump para no atacar a Irán.

Asegura que lo importante es reanudar conversaciones con Estados Unidos y Europa, que se encuentran en uno de los puntos más bajos de su historia. Piensa que la República Islámica tiene mucho apoyo de la población todavía. “Hay gente enfadada por la economía y la corrupción, pero mucha gente es seguidora del líder supremo y están dispuestos a defender el país de Estados Unidos e Israel”, dice.

La realidad en la calle es que quienes apoyan y quienes están en contra del sistema parecen ver el mundo desde realidades paralelas, como quedaba nuevamente en evidencia la semana que termina, cuando miles de personas desfilaron por Teherán el lunes para apoyar el sistema y nuevamente el miércoles para despedir a alrededor de 150 integrantes de los cuerpos de seguridad del Estado, incluidos milicianos, que murieron durante las protestas.

Dos mujeres, cubiertas con el chador tradicional, lloraban al ver pasar uno de los camiones con féretros y aseguraban que los habían matado “terroristas”. Muchos de los que apoyan al Gobierno no son ajenos a los problemas económicos que azotan al país, especialmente la inflación, que dieron origen a las protestas el 28 de diciembre. Provienen de los sectores más deprimidos económicamente.

Una mujer sostiene una imagen de Jamenei en el funeral en Teherán por las víctimas mortales entre las fuerzas de seguridad 
Una mujer sostiene una imagen de Jamenei en el funeral en Teherán por las víctimas mortales entre las fuerzas de seguridad ATTA KENARE / AFP

“La mayoría son religiosos y se conforman con una vida modesta. Sus expectativas son diferentes”, explica Fátima, una lingüista que viene de una familia muy tradicional. Varios de sus primos son basijis, milicianos. Explica que, si bien en ese sector de la sociedad también son conscientes de la corrupción de la República Islámica, la defienden porque creen en el líder supremo y creen que todo surge como consecuencia de los ataques de EE.UU. e Israel. “Quieren acabar con el país y tenemos que defenderlo, como usted defendería el suyo”, explicaba Husein, que trabaja haciendo envíos con su moto.

Saed Laylaz, un economista que ha creado la polémica en las últimas semanas al plantear que el bonapartismo es lo mejor para Irán actualmente, asegura que lo peor que le puede pasar a la República Islámica sería perder su base social, pues quedaría sin fuerza para enfrentarse a Estados Unidos y las fuerzas que quieren destruir al país. Él asegura que Irán irá camino a tener una figura fuerte que pueda tomar decisiones y decirle a la gente qué hacer.

“Si muchos gritan Pahlevi [Reza Pahlevi, el hijo del derrocado sha de Persia, cuyo nombre se gritó en las protestas] es porque quieren una figura fuerte; el nombre del animal no importa”, opina el empresario partidario del Gobierno, que cree que Pahlevi no es una amenaza. “Durante más de 4.500 años hemos tenido diferentes modelos de dictadura en el país, eso no es importante para los iraníes. Lo que necesitamos es salir de donde estamos”, dice el economista Laylaz.

Su opción no es apoyada por miles de jóvenes que han luchado por libertades y por la democracia en las últimas décadas.

“Si no pasa nada, la situación irá a peor, más gente querrá irse del país, aumentarán los robos, la represión e incluso habrá más suicidios”, concluye el documentalista de la cena.

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