Está la cerveza, que tiene cuatro o cinco grados. Está el vino, que tiene trece o catorce. Están las bebidas destiladas como el ron, el whisky o el coñac, que pueden tener más de cuarenta o cincuenta. Y después está el poder.
Los gobernantes viven rodeados a todas horas por personas dispuestas a complacerles y a obedecerles. Lo que ellos dicen va a misa. Están en lo alto de un pedestal. Son admirados, respetados, consultados, entrevistados, escuchados. Todo el mundo les hace la pelota. Se sienten vencedores. Es muy difícil que todo esto no les induzca a veces a tomar decisiones equivocadas. El poder embriaga.
Bolton ha escrito que Trump no es apto para el cargo y es fácilmente manipulable
El grado en que esto ocurra depende de su personalidad, igual que la reacción al consumo de alcohol depende de cada persona. Hay gobernantes que nunca pierden el control de sí mismos. Hay otros a los que el poder se les sube a la cabeza como un cohete, con efectos devastadores. El mejor ejemplo es Donald Trump. En sus manos, el poder es explosivo.
Las propias personas que han trabajado o trabajan a su lado lo dicen. John Kelly, el general que fue jefe de gabinete de la Casa Blanca durante el primer mandato, ya avisó de que, de ser reelegido, Trump gobernaría como un fascista. John Bolton, que fue su consejero de seguridad nacional, escribió en su libro, La habitación donde sucedió , que no es apto para el cargo, que es muy fácil de manipular por Putin y Xi Jinping y que es un peligro para el mundo. Su actual jefe de gabinete, Susan Wiles, declaró recientemente que, pese a ser abstemio, Trump tiene una personalidad alcohólica.
Durante los últimos días he leído todo tipo de análisis sobre los motivos de Estados Unidos para intervenir en Venezuela. Hay algunos muy convincentes sobre la voluntad de Washington de preservar a todo coste el papel del dólar como moneda internacional. Se especula sobre el mercado del petróleo y sobre la rapacidad de Trump y de su familia. Se habla de un nuevo orden internacional y se cita la Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca hace un par de semanas.
Trump, de camino al avión presidencial para pasar el fin de semana en Mar-a-Lago, el pasado viernes
No me cabe duda de que todas estas consideraciones pesan mucho en la cabeza de Trump y de sus colaboradores. Pero dudo que él haya leído la Estrategia de Seguridad Nacional y me pregunto si la captura de Nicolás Maduro no fue también la reacción de un ego ofendido porque, cuando Trump le dirigió un ultimátum para que dejara el poder, el presidente venezolano –un gobernante detestable, por cierto– reaccionó bailando en público al ritmo de No crazy war .
La impresión más extendida es que el secretario de Estado, Marco Rubio, se levanta cada mañana sin saber lo que le deparará el día y se entera de lo que tiene que hacer leyendo los tuits que Donald Trump ha puesto durante la noche, y que la Casa Blanca vive en un estado de caos permanente, al albur de las veleidades del gran líder, que con frecuencia son un reflejo de las ideas de la última persona que ha pasado por su despacho.
En los últimos días, mientras los agentes de inmigración sembraban el terror en las calles y los hijos del presidente han continuado multiplicando su fortuna haciendo malabarismos con la marca familiar de criptomonedas, World Liberty Financial, Trump ha dicho que quien manda en Venezuela es él y que los ingresos por la venta del petróleo venezolano los controlará personalmente. También ha lanzado nuevas amenazas sobre Groenlandia y ha anunciado que Estados Unidos aumentará un 50% el presupuesto de defensa. Así, de un plumazo. También ha mencionado la posibilidad de suspender las elecciones de medio mandato de noviembre. Lo ha dicho negándolo, a modo de globo sonda, pero lo ha dejado caer. Es un aviso.
Como afirmó no hace mucho en una reunión de su gabinete transmitida por televisión, es el presidente de Estados Unidos y puede hacer lo que le dé la gana. En una entrevista a The New York Times añadió que el único límite que acepta no es el de la ley, sino su propia moralidad (que, como sabemos, es bastante discutible). ¿Habrá alguien que le pare los pies?
