La guerra de Irán pone a 45 millones de personas en riesgo de hambre extrema

Se avecina una crisis global de seguridad alimentaria. La guerra no solo mata con balas, sino vaciando las despensas. Casi 45 millones de personas, el equivalente de la población de España, podrían verse arrastradas al hambre aguda este año, según las últimas estimaciones del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (WFP), si el conflicto en Irán no cesa y el petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares el barril.

Este grupo de individuos se sumaría a los 318 millones que ya padecen inseguridad alimentaria en todo el mundo. Las zonas que dependen de las importaciones de los alimentos y combustible se enfrentan al mayor riesgo de padecer hambre. De acuerdo con el WFP, el número de personas en situación de inseguridad alimentaria aumentará entre un 17% y un 24% en diversas regiones de África y Asia.

Aunque –a diferencia de la guerra de Ucrania– el conflicto afecta a un centro energético mundial y no a una región productora de cereales, el impacto potencial es similar, ya que los mercados de la energía y los alimentos están estrechamente correlacionados. “En muchas partes del mundo, las familias vulnerables que hoy logran poner algo de comida en la mesa, pronto podrían verse en la situación de poder comprar muy poca o ninguna comida”, alertan desde el WFP. “Hay que asumir que el coste del transporte de los alimentos acostumbra a representar el 20% del precio final. Si sube el primero, se encarece el segundo”, explica Jean Martin Bauer, director de Seguridad Alimentaria del WFP.

Un hombre sostiene una bolsa de galletas en Afganistán, en el marco del programa de ayuda de WFP
Un hombre sostiene una bolsa de galletas en Afganistán, en el marco del programa de ayuda de WFPSTR / AFP

Es más caro importar bienes de primera necesidad y es más costoso producirlos localmente

Sudán, por ejemplo, importa alrededor del 80% de su trigo del exterior; un precio más alto de este alimento básico empujará a más familias al hambre. En Somalia, un país en medio de una grave sequía, el precio de algunos productos básicos esenciales como aceites y azúcares ha aumentado al menos un 20% desde que comenzó el conflicto.

Pero incluso los países que cuentan con producción agrícola local verán su factura aumentar. “Una crisis energética se convierte rápidamente en una crisis de fertilizantes y, posteriormente, en una crisis alimentaria, en países que dependen de las importaciones en todas las etapas; sin embargo, la cuestión fundamental no es el impacto promedio global, sino su distribución”, afirmaba Julian Hinz, director de Investigación sobre Política Comercial del Kiel Institute, que ha elaborado otro informe esta semana . “Lo que parece manejable a nivel mundial se convierte en una grave crisis de seguridad alimentaria para los países más pobres del mundo”, indica. Sri Lanka, Tanzania, Pakistán, Tailandia, Kenia o Mozambique dependen de los fertilizantes procedentes del Golfo Pérsico, con porcentajes que superan el 30% del total de sus compras.

La clave reside en la reacción en cadena que se produce a raíz de esta dependencia económica. Los derivados de hidrocarburos, el metanol y los fertilizantes de urea —insumos clave para la agricultura y la industria manufacturera— se concentran en gran medida en la producción del Golfo. Luego es significativo el caso de Holanda, segundo exportador mundial de alimentos en valor: sus reservas de gas están bajo mínimos. Y sin energía, la agricultura se para.

Los países más afectados son también los que menos margen fiscal tienen para ayudas

Producir bienes agrícolas requiere un alto consumo de energía, desde calentar invernaderos, secar cereales o procesar alimentos, lo que convierte a los países emergentes en especialmente vulnerables en las cadenas de suministro globales. “En muchos de estos sectores, la dependencia ha aumentado en las últimas tres décadas, en lugar de disminuir”, sostienen desde el Kiel Institute.

Según este centro, en un escenario de cierre total del estrecho de Ormuz, los precios de los alimentos en Sri Lanka, Pakistán e India podrían aumentar entre un 10% y un 15%, o más. Se estima que las pérdidas de bienestar económico (un concepto que mide el consumo y la actividad) en estos países oscilaría entre el -3,5 % y el -1,8%. Se calcula que las pérdida de riqueza y de capacidad de compra en estas regiones serían entre 10 y 20 veces mayores que en las economías avanzadas.

Como suele ocurrir, llueve sobre mojado. Porque, como recordaba la Unctad (organismo de Naciones Unidas para el comercio y el desarrollo), este movimiento alcista de los precios alimentarios golpea además estados con finanzas públicas ya muy débiles.

El encarecimiento energético y la falta de suministro golpea a los fertilizantes y se repercute en la cadena

“Muchos países en desarrollo ya se enfrentan a elevadas cargas de intereses de la deuda, un margen fiscal limitado y un acceso restringido a la financiación”, señalan. “En este contexto, el aumento de los costes de la energía, el transporte y los alimentos podría ejercer presión sobre las finanzas públicas y sobre los presupuestos familiares, dificultando el progreso hacia el desarrollo sostenible en economías que dependen en gran medida de la importación de energía, fertilizantes y alimentos básicos”, exponen en la Unctad.

Si el petróleo se mantiene en 100 dólares por barril durante cuatro meses, el gasto total en subsidios de Asia superará los 80.000 millones de dólares, tal como señalan de la consultora Wood MacKenzie. India será la economía más afectada de Asia: sus subvenciones tienen un coste equivalente al 0,7% del PIB y al 7,2% de los ingresos en el año fiscal 2025-26. Indonesia corre el riesgo de superar su límite legal del 3% en su déficit fiscal si persisten los pagos de las ayudas.

Jean Martin Bauer confirma que “estos países no tienen margen para intervenir, a diferencia de los países occidentales. Además, –alerta– la guerra también afecta al transporte de la ayuda humanitaria, que ahora cambia de ruta, pasa por Sudáfrica y llega con casi un mes de retraso”. La tormenta perfecta.

La temporada de la siembra, factor clave

En países del sur de Asia como Bangladesh, Pakistán, Sri Lanka e India, la temporada de siembra comienza en junio, uno de los periodos de mayor uso intensivo de fertilizantes en la agricultura mundial y que depende en gran medida de las importaciones del Golfo. Si estos estados no pueden sembrar, serán obligados a importar (y pagar) con el riesgo de que algunos países apliquen restricciones a la exportación.

Piergiorgio Sandri

En La Vanguardia desde el 2000. Especializado en Economía internacional, ha cubierto como enviado el Foro Económico de Davos, la OMC o el BCE. Licenciado en Derecho en Roma, Master en Periodismo UB/, PDD del IESE. Premio AECOC.

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