
La escena es similar a la que se viviría una tarde de jueves normal en el Timcheh Amin od-Dowleh del bazar de Kashan. Varios grupos de personas, muchas de ellas mujeres solas, se toman un té bajo la maravillosa cúpula adoquinada que cubre esta intersección del bazar y que es uno de los lugares icónicos, y más mágicos, de esta ciudad desértica que formaba parte de la antigua ruta de la seda a 263 kilómetros al sur de Teherán. “Está vacío, en esta época no se debería poder caminar por los corredores, de lo lleno que solía estar”, confirma Ali, uno de los chicos que sirve el té alrededor de la alberca central de este pequeño caravasar.
Se refiere a las vacaciones de Nowruz, donde millones de iraníes se desplazan a ciudades turísticas como Kashan a disfrutar no solo de los monumentos históricos, que en esta ciudad son innumerables, sino del buen tiempo primaveral, que en el desierto parece tomar otra dimensión.
La mayoría de los visitantes están sentados en unas mesas cubiertas con los tradicionales tapetes persas. Otros entran a cuentagotas a las diferentes tiendas que se esconden en cada rincón de esta pequeña plaza en forma de octágono. Algunas están en los bajos, otras están en la parte alta y solo se puede acceder a ellas a través de escaleras estrechas. Pero la tetería, al igual que la tienda de antigüedades de Amir, que lleva trabajando en el bazar toda su vida, están en el piso principal.
Tiene de todo: vasijas antiguas, jarras de cobre, lámparas colgantes… “La mayoría no viene de paseo, escapan de la guerra en Teherán”, confirma este hombre que ya había sido testigo de otra guerra, contra Irak, en los ochenta. “Tengo conocidos que murieron”, dice al reconocer que Kashan, pese a estar a medio camino entre Teherán e Isfahán, dos de las ciudades más atacadas en estas últimas cuatro semanas, no se ha sentido tocada por la guerra.
“Se escuchan explosiones cuando atacan Natanz, pero lejos”, confiesan en la ciudad. Y es que la central nuclear de Natanz, uno de los puntos estratégicos del programa nuclear, está a solo 42 kilómetros. “Solo quiero irme a la cama sin estar preocupado, quiero pensar que mi país está seguro y que no hay nadie muriendo bajo las bombas”, confiesa Amir, que reconoce que en Kashan no se siente la misma presión que en otras partes de Irán. En parte tiene razón, solo la han atacado en un par de ocasiones, y de manera leve. No existen los retenes de las milicias o de la Guardia Revolucionaria que se han tomado las calles de Teherán desde el comienzo de la guerra.
Ni transitan carros acorazados o camionetas con ametralladoras que apuntan al cielo. Tampoco se ven en la carretera que desde Teherán conduce al sur del país. Y es que una vez se deja atrás la capital rumbo a Kashan la presencia militar deja de ser visible. Incluso hay muchos menos carteles en recuerdo del asesinado líder supremo, Ali Jamenei, o de su hijo Mojtaba, a quien todavía los iraníes no han visto ni han escuchado hablar después ser nombrado como reemplazo de su padre.
Antes de anochecer, miles de personas se distribuyen con banderas iraníes para apoyar a la República Islámica
Lo que sí hay son miles de personas que desde antes de caer la noche se distribuyen en diferentes partes de la ciudad con banderas iraníes a cantar eslóganes de apoyo a la República Islámica y contra EE.UU. e Israel, como sucede en todas las ciudades de Irán. Están por todos lados; a veces en caravanas de coches, otras, al borde de las avenidas o frente a grandes tarimas donde, apoyados por altavoces que hacen retumbar los vidrios de los coches, se narran historias épicas del chiismo.
“Esta es una ciudad donde la gente sigue con mucha lealtad a la República Islámica, como en muchas otras ciudades tradicionales de Irán”, explica un residente que accede a explicar la situación en Kashan con el compromiso de que no se publiquen su nombre ni ningún dato que pueda identificarlo. “Mucha gente de la que usted ve en la calle ni siquiera es de Kashan; son de pueblos cercanos que vinieron a vivir aquí porque la República Islámica les dio trabajo y empezaron a ser parte del sistema, viven de ella”, explica el hombre que concluye que para ese sector de la población todo gira alrededor de la República Islámica y de la religión. “Otra es gente de aquí; muchos, comerciantes o empresarios que se han beneficiado con el sistema y no les interesa en absoluto que haya un cambio político”, agrega este hombre, que explica que Kashan es una ciudad, como el resto de Irán, que ha vivido grandes transformaciones en las últimas décadas. Hoy hay decenas de hoteles boutique, cafés y restaurantes.
Esto se debe en parte a la llegada del turismo joven capitalino pero también a que muchos teheraníes, entre ellos artistas e intelectuales con buen poder adquisitivo, reconstruyeron antiguos palacetes en la parte antigua de la ciudad donde las calles son laberintos de paredes de barro. Pero detrás de esos muros hay casas de muchos ricos locales que parecen mansiones californianas con grandes balcones, columnas y cúpulas ostentosas.
“La ciudad parece transformada, pero ellos tratan de evitar que se extiendan los espacios culturales. Prefieren que la gente siga sin hacerse muchas preguntas”, explica el hombre, que explica que si bien la mayoría de los iraníes son conscientes de que las fuerzas armadas están respondiendo con fuerza ante Israel y EE.UU. –“de lo que creo que muchos nos sentimos orgullosos”, dice–, ese sector de la población está absolutamente convencido de que son victoriosos. “Solo ven televisión publica que cuenta los logros de Irán pero no todos los sufrimientos; solo hace énfasis en víctimas civiles”, explica el hombre, que cuenta que fue testigo cuando, días después del asesinato del líder supremo, un clérigo le contaba a una multitud que Jamenei ya estaba mayor, que pronto moriría y que era mejor que hubiera muerto como mártir.
Otra de las habitantes de Kashan, que vive en la ciudad hace 20 años y que también pide anonimato, cuenta que a pesar de que al menos la mitad de la población de Kashan es leal al sistema, miles de personas salieron a las calles a protestar en enero pasado. “Había mucha gente, llenaron algunas vías principales, muchas familias incluidas, y para mi fue una gran sorpresa”, dice. Detuvieron alrededor de 300 personas, pero nadie murió, como sí sucedió en otras ciudades donde se vivió una represión nunca antes vista.
Hay muchos menos carteles en recuerdo del asesinado líder saupremo, Ali Jamenei, o de su hijo Mojtaba
Las autoridades reconocen 3.117 muertos, pero oenegés han comprobado alrededor de 7.000 e investigan miles más. “Mucha de esa gente que salió a la calle, al menos que yo conozco, está contra la guerra. Muchos quieren cambios pero no quieren la destrucción de Irán”, dice la mujer, que cree que lo que la mayoría de la gente quiere, al fin y al cabo, es tener tranquilidad económica y la ilusión de poder progresar. “Quieren mejorar, no que su país quede en ruinas”, concluye.
Ella, como todos, coincidía en que este había sido un Nowruz muy solitario, casi más que el que vivieron en la pandemia.
