
Como cada año, se acabó la vendimia. Pero la cosecha no da para brindar. La producción de vino apenas remonta, el consumo está estancado y los aranceles planean sobre las viñas como un nubarrón.
De acuerdo con las primeras estimaciones de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), España permanece como el tercer productor más grande de la UE con una producción estimada para este año en 29,4 millones de hectolitros, lo que supone un descenso del 6% respecto al 2014 Ningún país europeo ha caído tanto entre un año y otro. Además, la cosecha está todavía un 15% por debajo del promedio quinquenal. Para que se tenga una idea de lo excepcional de la situación, España sólo ha caído por debajo de la cota de 30 millones de hectolitros tres veces en treinta años.
La producción mundial de vino cayó un 3%
Esta reducción se atribuye a la sequía prolongada, intensas olas de calor y fenómenos meteorológicos adversos como granizadas, además de la reducción progresiva de la superficie cultivada.“Llevamos veinte años sujetos a un clima muy cambiante que acentúa la variación de la producción”, dice el director general de la Federación Española del Vino (FEV), José Luis Benítez.
El contexto global tampoco da para fiestas. La producción mundial de vino en 2025, según la OIV, se sitúa un valor medio de 232 millones. Esto representa un crecimiento del 3% respecto a la cosecha históricamente baja de 2024, aunque sigue estando un 7% por debajo del promedio de los últimos cinco años. En ámbito europeo (el continente produce seis de cada diez botellas en el mundo), la cosecha alcanza cerca 140 millones de hectolitros, un ligero aumento frente a 2024 pero aún distante de los niveles habituales. De confirmarse este dato, Europa viviría la segunda peor campaña desde el comienzo del siglo XXI.
La demanda está a la baja y se dirige hacia bebidas con menor graduación y en menores ocasiones
Respecto al consumo, tanto a nivel global como nacional, se observa una estabilización o atonía. El semanario Economist titulaba hace unos días que el mundo ha llegado al “pico” del consumo de vino. El volumen vendido en los principales mercados en 2024 fue alrededor de un 9% inferior a su punto máximo de 2014, según ISWR, firma de datos sobre bebidas alcohólicas. El cambio es cultural: por ejemplo un 53% de los estadounidenses afirma que beber alcohol es malo para su salud, frente al 22% de hace dos décadas, según una encuesta de Gallup.
Cambian los hábitos: aperitivos ligeros, se alternan a períodos de abstinencia o consumo solo en grandes ocasiones, según ISWR. “Esta tendencia abarca todos los grupos de edad, regiones y demografías, destacando la moderación como un fenómeno cultural generalizado, más que una moda limitada a los jóvenes con edad legal para beber”. La inflación y la restricciones presupuestarias de los hogares también han influido.
En España, el consumo registra variaciones mensuales moderadas, y muestra una inclinación hacia nuevos segmentos. “El consumo está cayendo en todos los mercados principales. Estamos viviendo una recomposición y transformación hacia lo que llamamos “refrescancia”, es decir una preferencia hacia vinos de baja graduación, más fáciles, con burbujas”, asegura Benítez.
Las bodegas absorben las tarifas de EE.UU. ante la dificultad para negociar con el importador
Además, el sector vitivinícola español se enfrenta a un importante desafío externo: los aranceles estadounidenses. Éstos ponen en riesgo aproximadamente 400 millones de euros en exportaciones, en un mercado clave como EE.UU. según la FEV. La imposición de los gravámenes del 15%, genera incertidumbre. La apreciación del euro frente al dólar (cercana al 10%) tampoco ayuda .
Benítez recuerda que “las bodegas españolas no tienen tanta capacidad de negociación con el importador estadounidense y muchas absorben el incremento. Defendemos el libre comercio. Pero, mientras tanto, tenemos que reorientarnos hacia otros países, como Brasil o México y confiar en obtener alguna rebaja”. Siempre hay que mirar el vaso medio lleno.
