
En pleno repunte de las medidas proteccionistas, se cumplen en el 2026 los 250 años de la publicación, en 1776, del libro de Adam Smith La riqueza de las naciones , con su mensaje a favor de la libertad económica y del potencial de los mercados frente a las prácticas mercantilistas de las grandes potencias de la época, antecedentes del proteccionismo de hoy.
De hecho, la única referencia explícita a la famosa “mano invisible” en ese libro tiene lugar para reivindicar la libertad de las empresas para invertir en la economía nacional o en el extranjero, sin necesidad de coerciones o prohibiciones para ello, que suelen resultar empobrecedoras y contraproducentes. En ese contexto, Smith desliza una crítica severa al intervencionismo o dirigismo: un político que trate de decirles “cómo deberían emplear su capital… asume una autoridad que no debería ser confiada con seguridad a ninguna persona, a ningún consejo”. Y añade que ello sería peligroso “en las manos de (alguien) que es tan insensato y presuntuoso como para llegar a autoconvencerse de que puede hacerlo”. Pese a la rotundidad de esos párrafos, del conjunto del libro se desprende una defensa de los mercados más matizada. Smith era un pragmático –cabe recordar que su mensaje liberalizador
no le impidió dedicar sus últimos años a ser comisario de aduanas en Edimburgo– que reconocía el papel de factores que podían limitar la eficiencia de los mercados, desde los poderosos “intereses creados” (que fustiga), con la eventual derivada hacia el crony capitalism ( capitalismo de amiguetes), hasta el papel de lo que hoy denominamos economías de escala y externalidades. Y en comercio internacional, anticipaba los argumentos que luego se denominaron de la “industria naciente” y explicaba el juego de las dinámicas de sanciones y represalias, asimismo de candente actualidad.
Liberalismo
Para Adam Smith, la mejora de la competitividad era el fundamento y no el enemigo del Estado de bienestar
Otro mensaje relevante para nuestros tiempos sería el análisis en la parte final (Libro V) de los temas de finanzas públicas, en que reconoce la necesidad de déficits públicos (y emisiones de deuda) en situaciones de emergencia, pero critica que no sean revertidos cuando se “normalicen” las cosas, advirtiendo del riesgo de las adicciones a un gasto, déficit o deuda públicos que va buscando razones para convertirse en cada vez más permanente.
Y asimismo debemos retener, sobre todo en Europa, los párrafos iniciales de su obra en que, al explicar las fuentes de la prosperidad, reitera el papel central de lo que hoy llamaríamos mejoras de la productividad no solo como fuente de ganancias económicas, sino como base para políticas que permitan atender a los “demasiado viejos, demasiado jóvenes, demasiado enfermos” para sostenerse por sí mismos.
La mejora de la eficiencia y competitividad es, pues, el fundamento –y no el enemigo– del Estado de bienestar que permite atender las situaciones de vulnerabilidad.
Seguimos teniendo en La riqueza de las naciones fértiles inspiraciones.
