
En un país con elevada polarización política como es España, dividido en dos bloques irreconciliables, la única fórmula para alcanzar mayorías se limita al propio bando. No hay posibles acuerdos por el centro. Al mismo tiempo, la creciente fragmentación política provoca que las formaciones grandes ya no alcancen mayorías suficientes. El resultado es que dependen de otras más pequeñas que, en ocasiones, acarician el anhelado sorpasso o, en otras, bracean para sobrevivir. Esos partidos manifiestan una imperiosa necesidad de llamar la atención en el mejor de los casos. En el peor, flirtean con el veto y acaban bloqueando los gobiernos, temerosos de no mostrarse lo suficientemente severos.
En las últimas semanas hemos vivido varios casos de coaliciones competitivas que no hacen más que provocar la parálisis. Ha ocurrido con las autonomías en las que Vox impide que el PP gobierne si no acepta sus exigencias. También se ha bordeado con Sumar, que ha escenificado su desacuerdo con el PSOE en el escenario más simbólico de un ejecutivo como es su Consejo de Ministros, órgano que debe tomar las decisiones de forma colegiada. Y, por último, con ERC, que mantiene su veto a negociar unos presupuestos con el PSC en Catalunya porque el Gobierno central no atiende a sus demandas.
Vox quiere ahora llegar a acuerdos con el PP en las autonomías antes de las andaluzas
En el primer y tercer caso, se trata de dos formaciones, Vox y ERC, que pretenden crecer lo suficiente como para desplazar al PP y al PSC. En el segundo, Sumar mantiene una pelea por su espacio vital y busca diferenciarse para sobrevivir. Son exponentes claros de una competencia entre aliados. En parte, los dos grandes partidos, PP y PSOE (en Catalunya el PSC y lo que fue Convergència) han propiciado ese escenario con su animadversión e incapacidad para alcanzar ni los más mínimos consensos en asuntos esenciales.
El PP ya ha podido comprobar que ha pagado cara la estrategia de adelantar elecciones autonómicas pensando en desgastar a Pedro Sánchez. Los extremeños fueron a las urnas en diciembre y ha llegado la primavera sin que tengan gobierno. Vox se ha mantenido fuera para evitar cualquier desgaste ante los electores a los que repite que el PP y el PSOE son lo mismo, hasta que ha empezado a calar la denuncia de los populares de que Santiago Abascal piensa más en el interés partidista que en asumir responsabilidades. Así que Vox ahora se dispone a darle la vuelta al argumento y su intención es alcanzar acuerdos en las tres comunidades pendientes (Extremadura, Aragón y Castilla y León) antes de las elecciones andaluzas, probablemente a final de mayo. Abascal intentará que se aprecie con nitidez que el PP asume sus postulados en mayor medida que en sus alianzas pasadas.

Al contrario que Sánchez, Sumar quiere llevar propuestas al Congreso aunque se pierdan
En cuanto al choque entre Sumar y el PSOE, es muy probable que se repita más veces de aquí a las generales. Ya en diciembre la vicepresidenta Yolanda Díaz advirtió a Sánchez de que su formación reclamaba un giro más acusado a la izquierda por parte del Gobierno. Ambos se dieron hasta después de la Navidad para retomar el diálogo, pero no pasó nada. Así que era cuestión de tiempo que aflorara la tensión. Ambas fuerzas discrepan sobre cómo abordar lo que queda de legislatura: Sánchez es partidario de dar solo aquellas batallas que se pueden ganar en el Congreso para no evidenciar la debilidad de su mayoría parlamentaria, mientras que Sumar defiende que el Gobierno de coalición debe llevar políticas marcadamente de izquierdas al legislativo, aunque después se pierdan las votaciones, para demostrar que se cuenta con un proyecto. Además, regular el mercado de la vivienda se ha convertido para Sumar en cuestión nuclear, al mismo nivel que en su día la reforma laboral. Es el elemento distintivo ante el abrazo del oso socialista. Y no lo va a soltar en plena crisis de ese espacio.
Sólo hace cinco años que ERC firmó un documento renegando de cualquier pacto con el PSC
Por último, el bloqueo es evidente en el caso de Catalunya, donde ERC se negó a negociar los presupuestos de la Generalitat si el PSOE no se comprometía antes a dar pasos para delegar la recaudación del IRPF. Las dos partes se lanzaron al órdago: primero Oriol Junqueras situó esa condición en primer plano tras una cita con Sánchez en la Moncloa y luego Salvador Illa presentó los presupuestos sin el apoyo de ERC. Ambos han tenido que recular a marchas forzadas y ahora se dan tiempo hasta julio.
En Catalunya hay afición a los vetos políticos desde hace tiempo. ERC ha hecho una progresión muy compleja desde que en febrero de 2021 firmó con los partidos independentistas Junts, CUP y PDCat un documento en el que se comprometían a no pactar con el PSC: Lo hicieron empujados por la entonces poderosa ANC. No hace tanto de aquello. El vector independentista sigue latente, pero el auge de la extrema derecha, sea secesionista o españolista, ha alterado las posibles alianzas y, hoy por hoy, solo es posible la de izquierdas. El PSC y ERC empezaron sus acuerdos por las diputaciones y deberán reforzarlos tras las próximas municipales si quieren alcanzar más poder territorial.
En tiempos de incertidumbres y sucesión de crisis, cuando se forman colas en la gasolinera más barata para ahorrar unos euros o se teme la cuenta del supermercado, la estrategia del veto y el bloqueo consecuente acaba por crear otra división más entre partidos institucionales y los que se dedican a la crítica destructiva.

