
“Y luego los españoles se quedaron en Tenochtitlan. Y Motecuhzoma estaba preso. Y los españoles mataron a muchos mexicas en la fiesta de Tóxcatl. Y cerraron las cuatro entradas del patio. Y mataron a los que bailaban. Y les cortaron los brazos a los tañedores de atabales. Y les cortaron las cabezas. Y les sacaron las entrañas. Y la sangre corría como agua. Y el hedor de la sangre subía al cielo.
”Y luego Cortés se fue de noche. Y los mexicas los persiguieron. Y los mataron en el camino. Y les quitaron el oro. Y los ahogaron en el canal de los Toltecas. Y muchos españoles murieron allí. Y luego los españoles volvieron. Y trajeron la viruela. Y murieron muchos mexicas de viruela. Y luego sitiaron Tenochtitlan. Y cortaron el agua. Y cortaron el maíz. Y murieron de hambre. Y murieron de sed. Y murieron de enfermedad. Y los bergantines entraban por el lago. Y los españoles entraban por las calzadas. Y quemaban las casas. Y mataban a la gente.”
El breve relato con el que varios testigos tlatelolcas explican los hechos acaecidos en Tenochitlan, la capital del imperio mexica, en la actual Ciudad de México, tras la llegada de Hernán Cortés pertenece a los ‘Anales de Tlatelolco’. Es el primer texto, datado en 1528, que recoge un testimonio indígena de la campaña española que acabó con el poder local en apenas tres años, entre 1519 y 1521.
El choque cultural que supuso el encuentro de la expedición española liderada por Hernán Cortés con el poder imperial local no tardó en convertirse en un conflicto alentado por las riquezas que poseían los mexicas y el imposible diálogo interreligioso. Además de las ansias de revancha de los guerreros de los pueblos indígenas sometidos por los mexicas que acompañaban a los españoles. Entre ellos, doña Marina –en náhualt, Malintzin–, una indígena nahua que ejerció de intérprete, consejera, intermediaria y compañera de Cortés.

Tanto los testimonios locales –a los ‘Anales de Tlatelolco’ se suma, principalmente el ‘Códice Florentino’, escrito entre 1545 y 1577 por el fraile franciscano Bernardino de Sahagún en colaboración con sabios nahuas– como los españoles coinciden en el rápido tránsito entre la admiración recíproca y la imposible convivencia de ambos poderes. Ya que si bien los españoles habían conseguido rápidamente el vasallaje de totonacas, tlaxcaltecas, texcocanos, otomíes y otros pueblos hasta entonces vasallos de los mexicas, el imperio no dio su brazo a torcer.
La historiografía actual tiende a comparar los abusos atribuidos a los españoles tras el sometimiento de los mexicas a los que éstos habían cometido contra otros pueblos indígenas a través de impuestos y sacrificios humanos. En cuanto a las acciones de guerra, las fuentes primarias atribuyen una crueldad similar a ambas partes, con la masacre de Tóxcatl o del Templo Mayor como principal muestra de las atrocidades españolas en su conquista o los sacrificios de soldados españoles a los que se arrancó el corazón en vida y el lanzamiento de sus cabezas a las tropas rivales como muestra de las prácticas mexicas.
Por parte española, Bernal Díaz del Castillo, uno de los soldados que acompañaba a Cortés, apunta en su ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’, escrita en 1568, tanto la fascinación de los recién llegados ante la grandeza de Tenochitlan como el imposible diálogo entre ambos imperios. Ofrecemos un extracto que narra tanto la entrada pacífica de los españoles a la capital mexica, el encuentro entre Moctezuma y Cortés y el choque religioso entre ambos pueblos, marcado por los sacrificios humanos.
“Y en los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Y todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos, nosotros lo admiramos: con esta lamentosa y triste suerte nos vimos angustiados”, concluye el relato de la derrota indígena en los ‘Anales de Tlatelolco’
La crónica de Díaz del Castillo
“Ya que llegábamos cerca de México, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traíanles del brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuís, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en aquello.
”El gran Montezuma venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unas como cotaras, que así se dice lo que se calzan, las suelas de oro, y muy preciada pedrería por encima de ellas. Venían, sin aquellos cuatro señores, otros cuatro grandes caciques que traían el palio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venían delante del gran Montezuma barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra.
”Todos estos señores ni por pensamiento le miraban en la cara, sino los ojos bajos y con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que lo llevaban del brazo. Como Cortés vio y entendió y le dijeron que venía el gran Montezuma, se apeó del caballo, y desde que llegó cerca de Montezuma, a una se hicieron grandes acatos. Montezuma le dio el bien venido, y nuestro Cortés le respondió con doña Marina que él fuese muy bien estado.
Montezuma le dio el bien venido, y nuestro Cortés le respondió con doña Marina que él fuese muy bien estado
”Paréceme que Cortés, con la lengua doña Marina, que iba junto a él, le daba la mano derecha, y Montezuma no la quiso y se la dio él a Cortés. Entonces sacó Cortés un collar que traía muy a mano de unas piedras de vidrio, que ya he dicho que se dicen margaritas, que tienen dentro de sí muchas labores y diversidad de colores, y venía ensartado en unos cordones de oro con almizcle porque diesen buen olor, y se lo echó al cuello al gran Montezuma, y cuando se lo puso le iba a abrazar, y aquellos grandes señores que iban con Montezuma detuvieron el brazo a Cortés que no le abrazase, porque lo tenían por menosprecio.
”Luego Cortés, con la lengua doña Marina, le dijo que holgaba ahora su corazón en haber visto un tan gran príncipe, y que le tenía en gran merced la venida de su persona a recibirle y las mercedes que le hace a la continua. Entonces Montezuma le dijo otras palabras de buen comedimiento, y mandó a dos de sus sobrinos de los que le traían del brazo, que eran el señor de Tezcuco y el señor de Cuyuacán, que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos.
(…)
”Nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, y nuestra artillería asestada en parte conveniente, y muy bien platicado la orden que en todo habíamos de tener, y estar muy apercibidos, así los de caballo como todos nuestros soldados. Fue ésta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlán México, a ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de 1519.
Cortés le dijo que ciertamente veníamos de donde sale el sol, a rogar que sean cristianos, que salvarán sus ánimas
”Como el gran Montezuma hubo comido y supo que nuestro capitán y todos nosotros hacía buen rato que habíamos hecho lo mismo, vino a nuestro aposento con gran copia de principales, todos deudos suyos, y con gran pompa. Como a Cortés le dijeron que venía, le salió a mitad de la sala a recibir, y Montezuma le tomó por la mano. Trajeron unos como asentadores hechos a su usanza, muy ricos y labrados de muchas maneras con oro. Y Montezuma dijo a nuestro capitán que se sentase, y se asentaron entrambos cada uno en el suyo.
”Luego comenzó Montezuma un muy buen parlamento, y dijo que en gran manera se holgaba de tener en su casa y reino unos caballeros tan esforzados como era el capitán Cortés y todos nosotros. Que hacía dos años que tuvo noticia de otro capitán que vino a lo de Champotón; y también el año pasado le trajeron nuevas de otro capitán que vino con cuatro navíos, que siempre los deseó ver, y que ahora que nos tiene ya consigo para servirnos y darnos de todo lo que tuviese, y que verdaderamente debe de ser cierto que somos los que sus antecesores, muchos tiempos pasados, habían dicho que vendrían hombres de donde sale el sol a señorear estas tierras.
”Cortés le respondió con nuestras lenguas que consigo siempre estaban, en especial la doña Marina, y le dijo que no sabe con qué pagar él ni todos nosotros las grandes mercedes recibidas de cada día, y que ciertamente veníamos de donde sale el sol, y somos vasallos y criados de un gran señor que se dice el emperador don Carlos, que tiene sujetos a sí muchos y grandes príncipes, y que teniendo noticias de él y de cuán gran señores, nos envió a estas partes a verle y a rogar que sean cristianos, como es nuestro emperador y todos nosotros, que salvarán sus ánimas él y todos sus vasallos.
Le dijimos que éramos cristianos y adoramos a un solo Dios verdadero, y que aquellos que ellos tienen por dioses, que no lo son, sino diablos
”Acabado este parlamento, tenía apercibido el gran Montezuma muy ricas joyas de oro y de muchas hechuras, que dio a nuestro capitán, y asimismo a cada uno de nuestros capitanes dio cositas de oro y tres cargas de antas de labores ricas de pluma; y entre todos los soldados también nos dio a cada uno a dos cargas de mantas, con alegría y en todo bien parecía gran señor. Cuando lo hubo repartido, preguntó a Cortés si éramos todos hermanos y vasallos de nuestro gran emperador; y dijo que sí, que éramos hermanos en el amor y amistad, personas muy principales, y criados de nuestro gran rey y señor. Había mandado Montezuma a sus mayordomos que, a nuestro modo y usanza, de todo estuviésemos proveídos, que es maíz, piedras e indias para hacer pan, gallinas y fruta, y mucha hierba para los caballos.
”Otro día acordó Cortés ir a los palacios de Montezuma, y primero envió a saber qué hacía y que supiese cómo íbamos. Llevó consigo cuatro capitanes, que fueron Pedro de Alvarado, Juan Velásquez de León, Diego de Ordaz y Gonzalo de Sandoval, y también fuimos cinco soldados. Como Montezuma lo supo, salió a recibirnos a mitad de la sala, muy acompañado de sus sobrinos, porque otros señores no entraban ni comunicaban adonde él estaba si no era a negocios importantes.
”Cortés les comenzó a hacer un razonamiento con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar y dijo que ahora que había venido a ver y hablar con un tan gran señor como era, estaba descansando y todos nosotros, pues ha cumplido el viaje y mandado que nuestro gran rey y señor la mandó. Lo que más le viene a decir de parte de nuestro señor Dios es que ya su merced habrá entendido de sus embajadores Tendile, Pitalpitoque y Quintalbor, cuando nos hizo las mercedes de enviarnos la luna y el sol de oro al arenal, cómo le dijimos que éramos cristianos y adoramos a un solo Dios verdadero, y que aquellos que ellos tienen por dioses, que no lo son, sino diablos, que son cosas muy malas, y cuales tienen las figuras, que peores tienen los hechos, y que mirasen cuán malos son y de poca valía, que adonde tenemos puestas cruces como las que vieron sus embajadores, con temor de ellas no osan parecer delante, y que el tiempo andando lo verán.
Cortés le dijo que nuestro emperador nos envió para que no adoren aquellos ídolos y les sacrifiquen más indios ni indias, pues todos somos hermanos
”Que ahora le pide por merced que esté atento a las palabras que le quiere decir. Y luego le dijo, muy bien dado a entender, de la creación del mundo, y cómo todos somos hermanos, hijos de un padre y de una madre, que se decían Adán y Eva, y como tal hermano, nuestro gran emperador, doliéndose de la perdición de las ánimas que son muchas las que aquellos sus ídolos llevan al infierno, donde arden en vivas llamas, nos envió para que esto que ha oído lo remedien, y no adoren aquellos ídolos y les sacrifiquen más indios ni indias, pues todos somos hermanos, ni consienta sodomías ni robos. Como pareció que Montezuma quería responder, cesó Cortés la plática, y dijo a todos nosotros que con él fuimos: ‘Con esto cumplimos, por ser el primer toque’.
”Montezuma respondió: ‘Señor Malinche, muy bien tengo entendido vuestras pláticas y razonamientos antes de ahora, que a mis criados, antes de esto, les dijisteis en el arenal eso de tres dioses y de la cruz, y todas las cosas que en los pueblos por donde habéis venido habéis predicado. No os hemos respondido a cosa ninguna de ellas porque desde ab initio acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos. Así deben ser los vuestros y no curéis más al presente de hablarnos de ellos. En eso de la creación del mundo, así lo tenemos nosotros creído muchos tiempos ha pasados, y a esa causa tenemos por cierto que sois los que nuestros antecesores nos dijeron que vendrían de adonde sale el sol. A ese vuestro gran rey yo le soy en cargo y le daré de lo que tuviere, porque, como dicho tengo otra vez, bien hace dos años tengo noticias de capitanes que vinieron con navíos por donde vosotros vinisteis, y decían que eran criados de ese vuestro gran rey. Querría saber si sois todos uno’.
(…)
”Dejemos esto y vayamos a otra gran casa donde tenían muchos ídolos y decían que eran sus dioses bravos, y con ellos todo género de alimañas, de tigres y leones de dos maneras, unos que son de hechura de lobos, que en esta tierra se llaman adives, y zorros, y otras alimañas chicas, y todas estas carnicerías se mantenían con carne. Las más de ellas criaban en aquella casa, y les daban de comer venados, gallinas, perrillos y otras cosas que cazaban, y aun oí decir que cuerpos de indios de los que sacrificaban.
Montezuma respondió: ‘Acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos, así deben ser los vuestros’
”Pues también tenían en aquella maldita casa muchas víboras y culebras emponzoñadas que traen en la cola uno que suena como cascabeles. Éstas son las peores víboras de todas, y tenían las en unas tinajas y en cántaros grandes, y en ellos mucha pluma, y allí ponían sus huevos y criaban sus viboreznos.
”Les daban a comer de los cuerpos de los indios que sacrificaban y otras carnes de perros de los que ellos solían criar; y aun tuvimos por cierto que cuando nos echaron de México y nos mataron sobre ochocientos cincuenta de nuestros soldados, que de las muertes mantuvieron muchos días aquellas fieras alimañas y culebras, según diré en su tiempo y sazón; y estas culebras y alimañas tenían ofrecidas a aquellos sus ídolos bravos para que estuviesen en su compañía.
(…)
”Como hacía ya cuatro días que estábamos en México y no salí el capitán ni ninguno de nosotros de los aposentos, excepto a las casas y huertas, nos dijo Cortés que sería bien ir a la plaza mayor y ver el gran adoratorio de su Huichilobos, y que quería enviarlo a decir al gran Montezuma que lo tuviese por bien. Y Montezuma, como lo supo, envió a decir que fuésemos mucho en buena hora, y por otra parte temió no le fuésemos a hacer algún deshonor a sus ídolos, y acordó ir él en persona con muchos de sus principales.
Tenían muchas víboras y culebras emponzoñadas a las que daban a comer de los cuerpos de los indios que sacrificaban
”En sus ricas andas salió de sus palacios hasta la mitad del camino. Junto a unos adoratorios se apeó de las andas porque tenía por gran deshonor de sus ídolos ir hasta su casa y adoratorio de aquella manera, y llevábanle del brazo grandes principales. Iban delante de él señores de vasallos, y llevaban delante dos bastones como cetros, alzados en alto, que era señal que iba allí el gran Montezuma; y cuando iba en las andas llevaba una varita medio de oro y medio de palo, levantada, como vara de justicia. Así se fue y subió en su gran cu, acompañado de muchos papas, y comenzó a sahumar y hacer otras ceremonias al Huichilobos.
(…)
”Cuando llegamos a la gran plaza, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en el había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían. Los principales que iban con nosotros nos lo iban mostrando. Cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían situados y señalados sus asientos.
”Comencemos por los mercaderes de oro y plata y piedras ricas, plumas y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías de indios esclavos y esclavas. Traían tantos de ellos a vender a aquella plaza como traen los portugueses los negros de Guinea, y traíanlos atados en unas varas largas con colleras a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos.
Traían a vender esclavos atados en unas varas largas con colleras a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos
”Luego estaban otros mercaderes que vendían ropa más basta y algodón y cosas de hilo torcido, y cacahuateros que vendían cacao, y de esta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España, puesto por su concierto, de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí.
(…)
”Cuando llegamos cerca del gran cu, antes que subiésemos ninguna grada de él, envió el gran Montezuma desde arriba, donde estaba haciendo sacrificios, seis papas y dos principales para que acompañasen a nuestro capitán general. Como subimos a lo alto del gran cu, en una placeta que arriba se hacía, adonde tenían un espacio como andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras, adonde ponían los tristes indios para sacrificar, allí había un gran bulto de como dragón, y otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel día.
”Así como llegamos, salió Montezuma de un adoratorio, adonde estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran cu, y vinieron con él dos papas, y con muchos acato que hicieron a Cortés y a todos nosotros, le dijo: ‘Cansado estaréis, señor Malinche, de subir a este nuestro gran templo’. Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna.
Soldados que habían estado en Constantinopla y en toda Italia dijeron no haber visto una plaza como aquella
”Luego Montezuma le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las demás ciudades que había dentro en el agua, y otros muchos pueblos alrededor de la misma laguna entierra, y que si no había visto muy bien su gran plaza, que desde allí la podría ver mucho mejor. Así lo estuvimos mirando, porque desde aquel grande y maldito templo estaba tan alto que todo lo señoreaba muy bien; y allí vimos las tres calzadas que entran en México, que es la de Istapalapa, que fue por la que entramos cuatro días hacía, y la de Tacuba, que fue por donde después salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlavaca, nuevo señor, nos echó de la ciudad, y la de Tepeaquilla.
”Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, las puentes que tenían hechas de trecho en trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra; y veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos y otras que volvían con carga y mercaderías; y veíamos que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las demás ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenían hechas de madera, o de canoas; y veíamos en aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las casas de azoteas, y ellas calzadas otras torrecillas y adoratorios que eran como fortalezas.
”Después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí sonaba más que de una legua. Entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien comparada y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no ha habían visto.
El dios Tezcatepuca tenía en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado que en los mataderos de Castilla no había tanto hedor
”Luego nuestro Cortés dijo a Montezuma, con doña Marina, la lengua: ‘Muy gran señor es vuestra merced, y de mucho más es merecedor. Hemos holgado de ver vuestras ciudades. Lo que os pido por merced es que, pues estamos aquí, en este vuestro templo, que nos mostréis vuestros dioses y teúles’. Montezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas. Y luego que con ellos hubo hablado dijo que entrásemos en una torrecilla y apartamiento a manera de sala, donde estaban dos como altares, con muy ricas tablazones encima del techo.
”En cada altar estaban dos bultos, como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero, que estaba a mano derecha, decían que era el de Huichilobos, su dios de la guerra. Tenía la cara y rostro muy ancho y los ojos disformes y espantables. En todo el cuerpo tanta de la pedrería, oro, perlas y aljófar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra de unas como raíces, que todo el cuerpo y cabeza estaba lleno de ello, y ceñido al cuerpo unas a manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas.
”Otro ídolo pequeño que allí junto a él estaba. Que decían que era su paje, le tenía una lanza no larga y una rodela muy rica de oro y pedrería. Tenía puestos al cuello el Huichilobos unas caras de indio y otros como corazones de los mismos indios, y éstos de oro y algunos de plata, con muchas pedrerías azules. Estaban allí unos braseros con incienso, que es su copal, y con tres corazones de indios que aquel día habían sacrificado y se quemaban, y con el humo y copal le habían hecho aquel sacrificio. Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan babadas y negras de costras desangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente.
Tenían muchas ollas, que era allí donde cocinaban la carnes de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas
”Luego vimos a otra parte, de la mano izquierda, estas el otro gran bulto, delator del Huichilobos, y tenía un rostro como de oso, y unos ojos que le relumbraban, hechos de sus espejos, que se dice tezcat, y el cuerpo con ricas piedras pegadas, según y de la manera del otro su Huichilobos, porque, según decían, entrambos eran hermanos. Este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenía cargo de las ánimas de los mexicanos, y tenía ceñido el cuerpo con unas figuras como diablillos chicos, y las colas de ellos como sierpes, y tenía en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado de ello, que en los mataderos de Castilla no había tanto hedor.
”En lo más alto de todo el cu estaba otra concavidad muy ricamente labrada de madera de ella, y estaba otro bulto como de medio hombre y medio lagarto, todo lleno de piedras ricas y la mitad de él enmantado. Este decían que el cuerpo de él estaba lleno de todas las semillas que había en toda la tierra, y decían que era el dios de las sementeras y frutas; no se me acuerda el nombre. Dejemos esto y digamos de los grandes y suntuosos patios que estaban delante del Huichilobos, donde está ahora señor Santiago, que se dice el Tatelulco.
”Ya he dicho que tenían dos cercas de calicanto antes de entrar dentro, y que era empedrado de piedras blancas como losas, y muy encalado y bruñido y limpio, y sería de tanto compás y tan ancho como la plaza de Salamanca. Un poco apartado del gran cu estaba otra torrecilla, que también era casa de ídolos o puro infierno, porque tenía la boca de la una puerta una muy espantable boca de las que pintan que dicen que están en los infiernos. Asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes junto a la puerta, y tenía un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa, llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carnes de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas.
Una cosa de reír es que tenían en cada provincia sus ídolos, y los de una provincia o ciudad no aprovechaban a los otros, y así tenían infinitos
”Pasemos adelante del patio, y vamos a otro cu, donde había enterramientos de grandes señores mexicanos, que también tenía otros muchos ídolos, y todo lleno de sangre y humo, y tenía otras puertas y figuras de infierno. Luego junto de aquel cu estaba otro lleno de calaveras y zancarrones, puestos con gran concierto, que se podían ver, mas no se podrían contar. En cada casa o cu y adoratorio que he dicho estaban papas con sus vestiduras largas de mantas prietas y las capillas como de dominicos, que también tiraban un poco a las de los canónigos, y el cabello muy largo, que no se puede desparcir ni desenredar, y todos los más sacrificadas las orejas, y en los mismos cabellos mucha sangre.
”No quiero detenerme más en contar de ídolos, sino solamente diré que alrededor de aquel gran patio había muchas casas y no altas, que era donde posaban y residían los papas y otros indios que tenían cargo de los ídolos. También tenían otra muy mayor albarca o estanque de agua, y muy limpia, a una parte del gran cu. Era dedicada solamente para el servicio del Huichilobos y Tezcatepuca, y entraba el agua en aquella alberca por caños encubiertos que venían de Chapultepec.
”Allí cerca estaban otros grandes aposentos a manera de monasterio, donde estaban recogidas muchas hijas de vecinos mejicanos, como monjas, hasta que se casaban; y allí estaban dos bultos de ídolos de mujeres, que eran abogadas de los casamientos de las mujeres, y a aquéllas sacrificaban. Una cosa de reír es que tenían en cada provincia sus ídolos, y los de una provincia o ciudad no aprovechaban a los otros, y así tenían infinitos.”

