Los planes terrestres de Trump para Irán

Donald Trump juega al despiste con Irán.

Por un lado, insiste en que las negociaciones con Teherán van viento en popa. Según dijo el domingo, el régimen de los ayatolás tiene ahora unos líderes “muy razonables” y ha aceptado “la mayoría de puntos” de su plan de paz, así que hay perspectivas para llegar a un acuerdo antes del próximo lunes, cuando vence el ultimátum para reabrir el estrecho de Ormuz.

Pero, al mismo tiempo, el presidente estadounidense reconoce abiertamente que está estudiando la posibilidad de desplegar tropas sobre el terreno, algo que supondría una peligrosa escalada en el conflicto iniciado hace un mes y que el republicano descartaba hace poco más de una semana, cuando aseguró que no pensaba enviar soldados a “ningún lugar”.

Miembros del cuerpo de marines entrenando en la base militar de Diego García, el pasado martes, con vistas a una posible invasión de Irán
Miembros del cuerpo de marines entrenando en la base militar de Diego García, el pasado martes, con vistas a una posible invasión de IránHandout / Getty

El creciente número de efectivos estadounidenses concentrados en Oriente Medio –ya son más de 50.000 los soldados que se encuentran en la región, y todavía tienen que llegar más esta semana– invita a pensar que, en los próximos días, será más probable ver una acción militar por parte de EE.UU. que un acuerdo para poner fin a la guerra.

El propio Trump explicaba ayer en una entrevista al Financial Times que una de las opciones que baraja es la invasión de la isla de Jarg, el corazón de la industria petrolera iraní. Por este pedazo de tierra de apenas 20 kilómetros cuadrados de superficie ubicado en el golfo Pérsico, frente a las costas persas, transita el 90% de las exportaciones de crudo de la República Islámica. Si el régimen de los ayatolás se quedara sin él, perdería su principal fuente de divisas y, por tanto, tendría serias dificultades para seguir financiando su actividad militar.

Trump considera que la toma de Jarg sería una tarea sencilla: “Creo que [los iraníes] no tienen defensas. Podríamos conquistarla muy fácilmente”, aseguraba al Financial Times . Pero el optimismo del republicano –quien ya fantaseaba con invadir la isla en 1988, como atestigua una entrevista concedida ese año a The Guardian , cuando el ahora presidente solo era conocido por su faceta de magnate inmobiliario– choca con los escenarios trazados por la mayoría de analistas.

Si bien es cierto que EE.UU. dañó las instalaciones militares de la isla durante el bombardeo efectuado el pasado 14 de marzo, una operación de este tipo está repleta de riesgos.

Para empezar, tanto si la invasión se lleva a cabo por mar –con un desembarco masivo de marines– como por aire –con paracaidistas de élite–, las tropas estadounidenses estarán expuestas al fuego iraní. Teherán lleva tiempo preparándose para una ofensiva de este tipo, así que se da por descontado que cuenta con suficientes reservas de drones y misiles en la zona para repeler una agresión externa.

Y, en caso de que la incursión fuera un éxito, los efectivos desplegados se enfrentarían entonces a otro desafío mayúsculo: el de mantener el control de la isla hasta que Teherán claudique ante Washington. Jarg se encuentra a pocos kilómetros del litoral iraní, de forma que los invasores serían un blanco fácil para la Guardia Revolucionaria. La operación podría acabar así como la batalla de Gallípoli de 1915, uno de los episodios más célebres de la Primera Guerra Mundial, cuando británicos y franceses fueron masacrados por los otomanos en el estrecho de los Dardanelos. Si algo se ha evidenciado en las cuatro semanas que llevamos de la actual guerra, es que la superioridad militar y tecnológica de EE.UU. no es garantía de éxito ante la estrategia de desgaste adoptada por Irán.

Por todo ello, quizás Trump acaba contentándose con bombardear de nuevo la isla, pero esta vez centrándose en la destrucción de sus infraestructuras petrolíferas. Así lo dio a entender el mandatario en un mensaje en Truth Social publicado unas horas después de su entrevista al Financial Times .

Otra posibilidad es que, en lugar de lanzar una ofensiva contra Jarg, Trump decida invadir las islas que permiten controlar el paso por Ormuz, como Larak o Abu Musa, aunque los retos son los mismos: primero, desplegar las tropas con el mínimo de bajas; luego, mantener la ocupación frente al fuego iraní.

Asimismo, según informaba ayer The Wall Street Journal , Trump está estudiando una opción todavía más arriesgada que los anteriores: arrebatarle a Irán sus reservas de uranio enriquecido. Pese a que tras la guerra de doce días del pasado junio el presidente estadounidense aseguró que el programa nuclear iraní había quedado “arrasado”, se cree que Teherán conserva unos 450 kilos de uranio enriquecido al 60%, un nivel de pureza cercano al 90% necesario para la fabricación de armas atómicas. Este material supuestamente se encuentra en las instalaciones de Isfahán y Natanz, en el interior del país, en complejos de túneles ubicados bajo tierra cuyos accesos quedaron bloqueados tras los bombardeos de junio.

Mapa de la instalación nuclear de Natanz, en Irán
Mapa de la instalación nuclear de Natanz, en IránLa Vanguardia
Mapa de la instalación nuclear de Isfahán, en Irán
Mapa de la instalación nuclear de Isfahán, en IránLa Vanguardia

Para hacerse con el uranio, las fuerzas estadounidenses tendrían que volar en avión o helicóptero hasta dichas plantas, probablemente bajo el fuego de los misiles y drones iraníes, y una vez allí deberían asegurar el perímetro para iniciar los procesos de excavación. Y no sería una operación relámpago: los expertos creen que el proceso de extracción del uranio podría durar una semana, y que incluso haría falta habilitar un aeródromo para sacar del país el material nuclear, que está almacenado en cilindros parecidos a botellas de buceo.

Así pues, todas las opciones que se le presentan a Trump contienen ingredientes para el fiasco . Y, además, ninguna de ellas garantiza la rendición de Irán, el supuesto objetivo final de una guerra que el magnate todavía no ha aclarado por qué decidió empezar.

Daniel Rodríguez Caruncho

Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.

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