Maduro había perdido el apoyo de la cúpula civil y militar del régimen

El estruendo de los helicópteros y las detonaciones que quebraron el silencio de Caracas en la madrugada del pasado sábado no tardaron en hallar explicación. Poco a poco se supo que se trataba de una incursión de aeronaves norteamericanas sobre la capital venezolana. Y mientras se intentaba comprender el alcance de la operación, el desconcierto se disipó con un mensaje de Donald Trump en su red social, Truth Social: Estados Unidos había ejecutado una incursión en territorio venezolano que tuvo como desenlace la captura y extracción del país del mandatario Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.

La operación norteamericana, cuestionable desde el punto de vista legal y moral, buscaba un inequívoco jaque al rey: descabezar el Ejecutivo, aunque inicialmente muchos lo interpretaron como un intento de forzar un cambio de régimen.

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Pero horas más tarde Trump mostró sus cartas con una crudeza que sorprendió a la comunidad internacional y especialmente a los venezolanos: Washington no solo admitía su incursión por el control de los recursos petrolíferos, sino que anunciaba un tutelaje directo sobre el nuevo gobierno. La figura elegida para esta transición no era un líder opositor, sino la propia vicepresidenta del oficialismo, Delcy Rodríguez, quien, bajo la amenaza de nuevos ataques, deberá acatar las reglas del mandatario estadounidense.

Las implicaciones de la caída de Maduro todavía se procesan en un escenario de extrema confusión para la ciudadanía, la dirección opositora y buena parte de la chavista, que aguardan señales claras para poder interpretar lo que viene.

No obstante, la salida de Maduro fue la culminación de una
inviabilidad política de la que se venía hablando en Venezuela desde hacía meses. Su destino quedó sellado cuando las tropas estadounidenses alcanzaron su residencia en la base militar de Fuerte Tiuna, pero, para entonces, el deseo de verle fuera del
poder ya no era patrimonio exclusivo de sus detractores.

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Para comprender el colapso de Maduro es imperativo regresar al 28 de julio del 2024. Aquella incapacidad de probar su supuesta reelección presidencial inició un proceso de erosión irreversible. Quedó claro que ya no tenía calle cuando se enfrentó a una mayoría social que venció el miedo para votar en su contra, pero también a un chavismo democrático que no convalidó el robo de las elecciones. Maduro había dilapidado por completo el capital político de Hugo Chávez: aquel “huracán” capaz de revertir el golpe del 2002 gracias al respaldo popular se evaporó definitivamente en un sucesor, quien solo consiguió en la represión la única fórmula para sostenerse en el poder.

Con el episodio de la elección presidencial también cambió su valoración internacional. Su aislamiento ya no solo era auspiciado por los populismos de derecha de figuras como el argentino Javier Milei o el salvadoreño Nayib Bukele; progresistas como Gabriel Boric en Chile también
retiraron el oxígeno político a un líder que ya no era posible presentar como demócrata. Incluso la Unión Europea y aliados estratégicos como Gustavo Petro o Lula Da Silva, si bien no fueron demasiado persistentes para exigir de Maduro un retorno a la democracia, comenzaron a guardar una distancia prudencial.

Pero el factor determinante para su debacle estuvo dentro de sus propios aliados cercanos. Maduro se convirtió en una figura incómoda para la cúpula cívico-militar que sostiene el armazón del Estado y que, viendo cómo se convertía en un peso muerto, poco a poco le fue soltando la mano, de modo que la discusión de la continuidad del régimen sin la presencia de Maduro se volvió cada vez más frecuente.

Solo el hastío de esa élite que veía imposible abrir juego con Maduro en el palacio de Miraflores explica un desenlace tan abrupto para el hombre que controló los hilos del poder venezolano durante casi trece años y deja muy clara la negociación entre facciones del poder chavista con los Estados Unidos.

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La salida de Maduro es un hecho consumado, pero el método escogido por Estados Unidos plantea interrogantes éticos y
políticos. Delcy Rodríguez asume el mando bajo un diseño de la Casa Blanca. Trump, en su rol autoerigido de “protector” de Venezuela, ha preferido la continuidad de una pieza del sistema para promover un cambio de Gobierno sin sobresaltos y sobre todo, asegurar una apertura económica cómoda a los intereses de Washington. La operación deja fuera los deseos de cambio democrático de los venezolanos y posterga quién sabe hasta cuándo las aspiraciones de quienes encarnan el liderazgo de la oposición mayoritaria, pero que, según Trump, no garantizan estabilidad ni tienen la suficiente fuerza para controlar el país.

Queda por ver si Rodríguez y la estructura heredada del madurismo, que hoy permanece intacta, están dispuestos a cumplir el dictado de Washington para garantizar su propia supervivencia. La liberación de los centenares de presos políticos que aún pueblan las cárceles venezolanas sería el primer indicador real de cambio, pero al menos hasta ahora no hay señales de que eso sea así.

Sin embargo, esta nueva etapa acaba de empezar y las señales que determinen el rumbo que tomará Venezuela están por venir.

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