Hoy es día de Reyes y Penínsulas quiere obsequiar a sus lectores con un tren eléctrico. Un tren con cuatro vagones.
En el primero de ellos viaja León Tolstói (1828-1910). No necesita mucha presentación: es el mejor escritor ruso de todos los tiempos, junto con Fiódor Dostoyevski.
León Tolstói
Si Napoleón no se hubiera ofendido al recibir la conminación de retirarse detrás del Vístula y no hubiera ordenado a sus tropas que avanzaran no habría habido guerra. Pero si todos los sargentos no se hubiesen reenganchado la guerra hubiera sido igualmente imposible. Tampoco habría habido guerra si Inglaterra no hubiera intrigado, si el zar Alejandro no hubiera sido tan susceptible, si no hubiese habido la autocracia rusa, la revolución francesa y el Directorio y el Imperio que la siguieron. Separada una de estas causas, no pasaba nada. Pero todas aquellas, a millares, concordaron únicamente para producir aquella catástrofe. Aquel hecho pues, no tuvo ninguna causa exclusiva y se produjo porque había que producirse. Millones de hombres, haciendo abstracción de sus sentimientos humanos y de su razón, habían de marchar de Occidente a Oriente y matar a otros hombres como ellos. Exactamente igual que unos siglos antes, multitudes de hombres marchaban de Oriente a Occidente para destruir y asesinar.
(León Tolstoi, ‘Guerra y paz’).
En el segundo vagón encontramos a Stendhal, En realidad se llama Henry-Marie Beyle (1783-1842) y es el mejor novelista francés del siglo XIX. Vivió fascinado por la figura de Napoleón. Fue teniente de dragones en la campaña de Italia y correo del alto mando en la campaña de Rusia. En La Cartuja de Parma, una de sus mejores novelas, nos explica la historia del joven Fabrizio del Dongo que vivió la batalla de Waterloo sin saber muy bien dónde estaba.
Ilustración de Stendhal (Marie-Henri Beyle
De pronto salieron todos galopando. Algunos momentos después vio Fabrizio, a veinte pasos delante de él, una tierra labrada que estaba removida de manera singular. El fondo de los surcos estaba lleno de agua, y la tierra húmeda que formaba la cresta de esos surcos volaba en pequeños fragmentos negros lanzados a tres o cuatro pies de altura. Fabrizio notó al pasar este efecto singular; luego su pensamiento siguió su curso hacia la gloria del mariscal. Oyó a su lado un grito seco; eran dos húsares que caían heridos por balas de cañón; y cuando los miró ya habían quedado atrás a veinte pasos de la escolta. Lo que le pareció horrible fue un caballo ensangrentado que se revolcaba en la tierra labrada, pisándose sus propios intestinos; quería seguir a los demás. La sangre corría por el lodo.
¡Ah!, ya estoy por fin en pleno fuego, dijo. He visto el fuego, repetía con satisfacción. Ya soy un verdadero militar. En este momento iba la escolta a todo correr, y nuestro héroe comprendió que las balas de cañón eran las que hacían saltar la tierra por todas partes. En vano miraba hacia el sitio de donde venían las balas de cañón; no veía más que el humo blanco de la batería a una distancia enorme y entre el ruido constante e igual que producían los cañonazos, parecíale oír descargas mucho más cercanas; no entendía absolutamente nada.
(Stendhal, ‘La Cartuja de Parma’).
En el tercer vagón se halla un personaje curioso: Curzio Malaparte (1898-1957). Su nombre real es Kurt Erich Suckert, nacido en Roma de padre alemán y madre italiana. Adoptó el nombre literario de Curzio Malaparte en 1925 a modo de provocación. Escritor, periodista, diplomático. Joven seguidor de Mussolini en los años veinte, fue expulsado del Partido Nacional Fascista después de publicar Técnica del golpe de Estado (1931), libro en el que describe la mecánica de la Revolución Rusa, y en el que también se refiere al golpismo de Hitler y a la Marcha sobre Roma mussoliniana. Personaje camaleónico, simpatizó con los comunistas en su vejez, después de visitar la China de Mao. Poco después de recibir el carné del Partido Comunista Italiano pidió ser bautizado en puertas de la muerte. “Moriremo tutti democristiani”, decían irónicamente en Roma.
Curzio Malaparte
Desde hace diez días, metódicamente, en el centro mismo de la ciudad, los guardias rojos de Trotski se han estado ejercitando. Es Antonov Ovseienko quien dirige, en pleno día, esos ejercicios tácticos, esa especie de ensayo general del golpe de Estado, en medio del tumulto de las calles, en los alrededores de los edificios que constituyen los puntos estratégicos de la máquina burocrática y política. La policía y las autoridades militares están de tal modo obsesionadas con la idea de un brusco levantamiento de las masas proletarias; de tal modo ocupadas en hacer frente al peligro, que no ven los destacamentos de Antonov Ovseienko. En ese desorden enorme, ¿quién se fija en esos grupitos de obreros sin armas, de soldados, de marineros, que se deslizan por los pasillos de las centrales telefónicas y telegráficas, de correos, de los ministerios, del Estado Mayor General, para observar la distribución de los despachos, la instalación de la luz eléctrica y del teléfono; conservar en los ojos y en la memoria el plano de los edificios, estudiar la manera de introducirse en ellos por sorpresa en un momento dado, calcular las probabilidades, medir los obstáculos, buscar en la organización defensiva de la máquina técnica, burocrática y militar del Estado los sitios de menor resistencia, los puntos débiles y vulnerables? ¿Quién podría reparar, en la confusión general, en esos tres o cuatro marineros, en esa pareja de soldados, en ese obrero perdido, que rondan alrededor de los edificios, suben las escaleras y que, al cruzarse, no se miran?
La policía de Kerenski y las autoridades militares se preocupan ante todo de defender la organización burocrática y política del Consejo de la República, el palacio de Tauride, residencia de la Duma; el palacio de Invierno, el Estado Mayor General. Trotski, al descubrir este error, dirigirá sus ataques contra los únicos órganos técnicos de la máquina gubernamental y municipal. El problema de la insurrección no es para él más que un problema de orden técnico.
—Para apoderarse del Estado moderno —dice— hacen falta una tropa de asalto y técnicos: equipos de hombres armados mandados por ingenieros.
(Curzio Malaparte, ‘Técnica del golpe de Estado’).
En el cuarto vagón está un viajero casi desconocido, Curtis Yarvin, nacido en Estados Unidos en 1973. Es bloguero. Suele firmar como Mencius Moldburg. (El filósofo chino Mencio fue el principal seguidor de Confucio, siglo IV a.C.). No es literato, y se nota. No es periodista. Escribe compulsivamente: frases cortas, rápidas, intuitivas. No ocupa ningún cargo político, pero se está perfilando como uno de los ideólogos más incisivos de la galaxia trumpista. Un tipo lateral que influye. Considera que la democracia liberal está superada y que Estados Unidos sólo sobrevivirá como potencia mediante una ‘monarquía autoritaria’. Acaba de publicar unas notas de 60 páginas en las que aconseja a Trump que acelere si no quiere quedar empantanado en las elecciones de medio mandato.
Curtis Yarvin, bloguero estadounidense
Como ha señalado el presidente argentino Milei, hay que tomar todo el poder. Porque todo lo que nosotros no tenemos, lo tienen ellos.
Esta es la actitud de todos los cambios de régimen que han tenido éxito a lo largo de la historia. Estados Unidos necesita un nuevo tipo de partido político, que en realidad es un tipo de partido muy antiguo: un ‘hard party’. Un ‘hard party’ es un partido diseñado para tomar el control incondicional y total del Estado.
Un ‘hard party’ es un partido en el que todos los miembros delegan el 100 % de su energía política en el mando del partido.
Afiliarse a un ‘hard party’ es contraer un matrimonio político, no una aventura de una noche —una noche electoral— con cualquier candidato cuyo nombre le haya llamado la atención en un cartel colocado en un jardín. Un ‘hard party’ es una organización privada legal cuyo objetivo es convertirse en el partido gobernante del próximo gobierno, a imagen y semejanza del Partido Comunista Chino.
¿Un Estado de partido único? Sí.
Un ‘hard party’ en el siglo XXI no puede ser la milicia paramilitar callejera de los años treinta de tu abuelo.
Mientras que los ‘hard parties’ de principios del siglo XX solo podían coordinarse con uniformes, en la calle, los de principios del siglo XXI solo pueden coordinarse a través de píxeles en una pantalla.
Una vez más, hay dos tipos de partidos: los físicos y los virtuales.
En un ‘hard party’ virtual, la única acción directa es el voto.
Si hubieran tenido nuestras herramientas, las habrían utilizado.
Pero nosotros no podemos utilizar las suyas.
Un ‘hard party’ del siglo XXI llegará al poder por medios legales y pacíficos.
Eso es lo que es posible.
(Curtis Yarvin, Notas del 27 de diciembre del 2025).
Con fatalismo ruso, Tolstói nos cuenta que la historia cuando acelera se convierte en un vendaval indescifrable. Lo que tiene que pasar acabará pasando. Stendhal va más allá y nos dice que no podemos entender lo que está pasando mientras está pasando, así en la batalla Waterloo, como en el blitz de Venezuela o en la futura toma de Groenlandia. Hay que captar el espíritu del tiempo. Solo la pasión nos ayudará a movernos en el interior del caos. Curzio Malaparte creyó entender algo de la aceleración rusa de 1917. Toda sociedad con un cierto nivel técnico tiene estructuras fundamentales. Quien identifique y tome el control de ellas se hará con el poder. León Davidovich, Trotski, el más veloz de los dirigentes bolcheviques, así lo entendió. Cuando Lenin dio la orden de asaltar el Palacio de Invierno, ya tenían el poder. El desgarbado Curtis Yarvin propone para Estados Unidos un bolchevismo blanco. Un bolchevismo audaz que garantice la supervivencia del Imperio. Un partido fuerte, duro, disciplinado, organizado con apps y códigos cifrados, que no conceda nada al adversario, capaz de apoderarse de todo el poder, utilizando la tecnología digital con la misma eficacia con la que Trotski tomó el control de las centrales eléctricas de San Petersburgo. La tecnología permite trastocar un país sin necesidad de invadirlo. Lo acabamos de ver en Venezuela. Yarvin, greñudo príncipe de la Ilustración Oscura, propone un partido único de Estados Unidos para competir con el partido único de la República Popular China.
Jueguen con el tren y mañana, en la batalla, piensen en lo que ha pasado estos días. Se está iniciando algo nuevo.
