Mueren los Parlamentos, agonizan las ágoras

Sostenía el filósofo-y tantas cosas más- George Steiner (1929-2020), que los cafés son un rasgo característico de Europa. Son un lugar de encuentro abierto a todo el mundo. En ellos se puede hablar, discutir, conspirar, leer la prensa, escribir, ligar, mirar las musarañas o simplemente buscar refugio y combatir la soledad. La historia de Europa no sería la que es sin sus cafés, es decir, sería mucho más pobre, deslucida, aburrida.

Apenas si queda alguno de los magníficos y acogedores cafés que ofrecían a su clientela, además de un servicio exquisito, un amplio surtido de prensa diaria local y extranjera, en multitud de lenguas. El tiempo nunca apremiaba; las tertulias se eternizaban. Por desgracia, los pocos que quedan, en París, Budapest o Lisboa, hace ya tiempo han sido tomado por los turistas.

Los británicos optan por ir al pub

El caso del Reino Unido es, cómo no, un tanto distinto, ya que, para los británicos, su lugar de encuentro suele ser el pub. Pero como ocurre con los cafés continentales, sus días de gloria ya pasaron y cada vez son menos. Gran Bretaña ha perdido desde el año 2000 una cuarta parte de sus pubs, y siguen desapareciendo a razón de uno por día.

Pues bien, ante las nuevas prohibiciones y amenazas a los pubs- que si irracionales impuestos, absurdas licencias, aumento del IVA…- lanzadas por el acorralado primer ministro laborista Kier Starmer, ha salido en su defensa el populista mayor del reino Nigel Farage, uno de los principales promotores del Brexit que pocas veces sale en una foto sin una pinta de cerveza en la mano. Se trata de un escenario que se repite en cada vez más sitos: la izquierda reprime, la derecha libera.

Este fenómeno también recorre España, sobre todo en la España rural cada vez más despoblada y que se siente abandonada, donde cuesta afrontar la vida sin una oficina bancaria o siquiera un cajero automático; sin párroco, farmacéutico, maestro, médico o veterinario; sin quiosco de prensa, wi-fi como Dios manda, panadería o peluquería.

El panorama es desolador. Los jóvenes huyen; los viejos se resignan; los pueblos se mueren, pero no antes de abonar religiosamente a plazos su propio entierro. La clausura del último o único bar es la mejor manera de acelerar su agonía. Un pueblo sin bar es un pueblo sin alma.

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Que nadie diga que no hemos sido avisados

Tampoco se libran de esta tendencia los bares de las grandes cuidades, que tantas transformaciones han sufrido desde el crac del 2008 o de los dos años largos de la covid. En Barcelona, sin ir más lejos, ya hace tiempo que muchos de los bares de toda la vida son regentados por chinos. Nada que objetar, salvo que bien poco tienen que ver con los de antes. Les falta calidez, comunidad, alma.

Los nuevos bares -es un decir, puesto que suelen carecer de barra de bar- que han surgido en los últimos años parecen diseñados como la negación de los centros de concordia y acogida que tanto elogiaba Steiner. La iluminación ciega; el servicio es inexistente: los clientes, cada uno embobado ante una pantallita, no son más que fugaces empleados de paso, portadores de bandejas que encima pagan la consumición.

Astronómicos alquileres

Además, los astronómicos alquileres sólo se los pueden permitir las franquicias, que no suelen ser precisamente de aquí, y a las que les importa un comino las costumbres locales. En cuanto a las antiguas casas de comida con su asequible menú, de ese servicio ahora se ocupa el reparto a domicilio o el táper traído de casa, que uno consume a solas en un banco mirando la pantalla del móvil rodeado de palomas.

Si a la degradación parlamentaria se le añade el agónico deceso de los bares y cafés, uno empieza a darse cuenta de que hemos sufrido en los últimos años sin darnos cuenta una invasión en toda regla. Es triste, pero es así. Por desgracia, se diría que ya no hay vuelta atrás. Un pueblo sin ágora no es más que un deshumanizado código vial con muchas prohibiciones y más multas.

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