No es la economía, ¡es la pesca!

En la novela Gran Sol, Ignacio Aldecoa narra con crudeza la realidad social de los pescadores del norte de España. La mar, afirmaba el escritor, es para los pobres. Solo los trabajadores del mar estaban interesados en lo que pasaba más allá de los puertos. El resto de la sociedad apenas conocía la realidad de uno de los trabajos más penables de las sociedades contemporáneas.

En la actualidad, la pesca continúa siendo una gran desconocida para gran parte de las sociedades europeas. La agenda mediática y política de las instituciones europeas suele estar acaparada por grandes temas, como la seguridad, la defensa comunitaria o la guerra comercial. Solo de manera esporádica aparecen otros asuntos, como es el caso de la pesca, que acaparan la actualidad informativa. En diciembre del 2024, por ejemplo, la propuesta de la Comisión Europea de limitar un 79% los días de pesca para la flota de arrastre en el Mediterráneo hizo saltar todas las alarmas en España. Gran parte de los medios se hicieron eco del debate. Sin embargo, una vez se cerró el nuevo acuerdo pesquero en el que la Comisión Europea cedió parcialmente a algunas de las exigencias españolas -incrementar los días de pesca a cambio de promover una pesca más sostenible-, el tema pesquero vuelve a invisibilizarse hasta el próximo conflicto. Solo algunas noticias secundarias han analizado de manera superficial ciertos debates relacionados con el sector. En mayo del 2025 aparecieron algunas noticias sobre el nuevo acuerdo pesquero entre Reino Unido y la Unión Europea (UE), el cual es clave para comprender el nuevo clima de entendimiento post-Brexit. Y, la semana pasada, Sumar puso el foco en el acuerdo pesquero entre la UE y Marruecos criticando que el Gobierno de España quiere reactivarlo sin tener en cuenta la cuestión del Sáhara.

El escaso interés por este tema contrasta con el impacto que ha tenido este sector en la construcción europea desde sus inicios hasta la actualidad”

El escaso interés por este tema contrasta con el impacto que ha tenido este sector en la construcción europea desde sus inicios hasta la actualidad. En primer lugar, las fronteras actuales de la UE están muy relacionadas con diversos debates y enfrentamientos pesqueros. En 1972 y en 1994, la sociedad noruega votó en contra de la entrada de su país a las instituciones comunitarias, a pesar de que el Gobierno ya había cerrado exitosamente las negociaciones con la Comunidad Económica Europea (CEE). Uno de los principales argumentos de los defensores del “no” a las instituciones europeas fue la protección de sus caladeros marinos en dominios nacionales. De esa manera, evitaban tener que compartir parte de sus recursos -salmón- con el resto de los socios comunitarios. Con unos argumentos similares vinculados a la protección de los recursos pesqueros, en 1982, la ciudadanía de Groenlandia, país que políticamente dependía de Dinamarca, apostó por “no” continuar en la CEE. En aquellos momentos, Soledad Gallego, en un artículo en este mismo diario, argumentó que la sociedad “veía con irritación creciente cómo su pescado era capturado por los barcos de la República Federal de Alemania” y obviaba las contrapartidas que recibía el país en otros sectores. Precisamente los recursos naturales de la isla -no solo pesca, sino también minerales y petrolíferos- y su posición geoestratégica son los motivos por los que Trump quiere controlar Groenlandia. Más recientemente, el triunfo del Brexit en Reino Unido ha sido otro ejemplo de la importancia del sector pesquero. Los trabajadores del mar, que habían sido uno de los colectivos que más se resistieron a la entrada en la comunidad en 1973, se convirtieron en uno de los primeros grupos en sumarse a la salida de la UE. Se puede recordar, como Boris Johnson ofreció un discurso con un arenque en la mano para denunciar las políticas de Bruselas relacionadas con este sector.

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Pescador faenando en el puerto de la Ràpita (Tarragona)  

Anna Ferràs / ACN

En segundo lugar, el tema pesquero también ha sido una de las cuestiones que más enfrentamientos ha generado tanto en los procesos de ampliación comunitaria como en la relación de países intra y extracomunitarios. Entre 1958 y 1976, Reino Unido e Islandia protagonizaron las llamadas guerras del bacalao. En Londres se negaron a reconocer la ampliación de los limites pesqueros nacionales de Islandia y continuaron faenando en caladeros islandeses, provocando la ira en Reikiavik, desde donde se llegó a amenazar a Occidente con cerrar las bases de la OTAN si no se respetaban sus aguas. Solo de esta manera consiguieron que Reino Unido respetase la nueva jurisdicción marítima de Islandia.

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Varios barcos de flota artesanal tras la convocatoria de paro por parte de la Federación Galega de Cofradías de Pescadores en la dársena de A Marina en A Coruña, Galicia (España), a 26 de marzo de 2021. El objetivo del paro es mostrar rechazo ante el nuevo reglamento de control de la pesca de la Unión Europea (UE). Este reglamento establece la obligación de que las embarcaciones de más de cuatro metros deban estar geolocalizadas, se instalen cámaras a bordo y se mantenga un diario electrónico.

La integración de España en la CEE estuvo enormemente condicionada por este tema. De hecho, el capítulo pesquero fue, junto con el agrícola, el último en cerrarse. Además, la tensión generada por las cuotas y licencias de pesca en esas negociaciones, en el contexto de la ampliación de las 200 millas, facilitó que se produjeran episodios de una gran tensión y violencia. En 1984, el pesquero vasco Valle de Atxondo fue ametrallado por una patrulla francesa por pescar ilegalmente en aguas francesas, lo que generó un gran enfrentamiento mediático, social y político entre los dos países vecinos. Estos enfrentamientos no son solo históricos. Recientemente se han vuelto a vivir episodios similares, pero con actores diferentes. En el 2021, Reino Unido y Francia tuvieron que hacer frente a un nuevo episodio de hostilidad en relación con el sector. El Elíseo acusaba a Londres de poner trabas en la concesión de licencias de pesca para faenar en aguas británicas y les amenazaba con impedir a los pesqueros británicos atracar en puertos franceses. A todos estos sucesos habría que sumar algunos casos todavía más complejos y de los que no se conocen la profundidad de las repercusiones. Uno de los más significativos es el acuerdo de pesca entre la UE y Marruecos, anulado en 2024 por la justicia europea por vulnerar el derecho de autodeterminación del Sáhara Occidental, cuestión que, como se ha comentado, ha vuelto a la actualidad.

A pesar de que no es un sector fundamental para el PIB comunitario, todos estos ejemplos muestran que la pesca es una actividad que ha condicionado de manera decisiva el proceso de integración europea. En el contexto actual, marcado por el incremento de desorden internacional, de luchas por los recursos alimentarios y de incremento de las evidencias del cambio climático, es el momento de empezar a incorporar este tema en los análisis relacionados con la política internacional y la integración europea. De lo contrario, no solo no tendremos una radiografía completa sobre el funcionamiento de las instituciones comunitarias, sino que se corre el riesgo de que la extrema derecha se apropie del tema en la esfera pública a través de argumentos culturales y sentimentales que simplifican la cuestión.

¡Es la pesca, estúpido!

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