Otra crisis energética

Las guerras de Ucrania e Irán coinciden en su impacto energético. En un principio, la mayoría de los países europeos decidieron prescindir progresivamente del petróleo y del gas rusos, con mayores incomodidades para los sancionadores que para el sancionado, que podía seguir vendiendo al resto del mercado. Sin embargo, en las últimas semanas Ucrania ha aprendido a focalizar su limitada capacidad de fuego en refinerías y puertos de exportación, lo que está limitando la salida del petróleo ruso. Respecto a Irán, desde el principio este país ha jugado la carta de la restricción del acceso de la energía del Golfo Pérsico al mundo: bloqueando el estrecho de Ormuz y dañando infraestructura de otros países de la región. La consecuencia es que la oferta de petróleo, gas y fertilizantes ha caído significativamente, y los expertos explican a quien quiera oírles que, aunque la guerra terminara de inmediato, el flujo tardaría meses en recuperar la normalidad.

Es cierto que la economía mundial es mucho menos dependiente del petróleo que cuando los brutales choques de 1974 y 1979, pero no es menos cierto que la economía mundial es ahora mucho mayor: concretamente dos veces y media más.

Producir un kilo de pollo exige consumir aproximadamente medio litro de gasoil

Nadie tiene idea de qué relación existe entre el porcentaje en el que se reduce la oferta y el porcentaje en el que aumentan los precios. Cuando –como en el caso de la energía– el bien es imprescindible, la respuesta puede ser enorme. De hecho, lo fue en las crisis de 1974 y 1979. El problema es mayúsculo, y me temo que corremos el peligro de enfocar la inminente crisis energética de la misma forma –equivocada– como tendemos a enfocar la crisis de la vivienda: como un problema de precios que debe gestionarse controlándolos, cuando el problema es de escasez.

Si el problema fuera que el petróleo y el gas natural suben de precio, reducir el IVA que les grava podría solucionarlo, pero el problema es que –de repente– una parte considerable (un 15% en el Golfo) del flujo mundial de petróleo y gas se ha interrumpido. Por tanto, durante un período de tiempo que no sabemos cuándo durará deberemos prescindir de esa parte, y el problema es que es literalmente vital: producir un kilo de pollo exige consumir aproximadamente medio litro de gasoil, y un kilo de arroz unos 150 cl.

No critico las reducciones del IVA decretadas por el gobierno español. Constituyen una respuesta urgente a un problema inesperado. Lo que estoy tratando de argumentar es que con toda probabilidad necesitaremos –aquí y en todas partes– medidas mucho más sofisticadas para racionar de una manera u otra la energía. Y también que haremos bien en repensar nuestra dependencia de ciertas industrias que se basan en la energía barata, y los vuelos low cost son una de ellas: cada pasajero de un vuelo Barcelona-Palma consume 20 litros de queroseno (siempre que el avión vaya lleno). Con un precio disparado, podemos seguir recibiendo turistas de temporada, pero difícilmente de fin de semana.

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