Papel estratégico del turismo

Los debates sobre las aporta­ciones del turismo combinan habitualmente dos criterios: por un lado, los indicadores más directos como la contribución del sector al PIB y al empleo
–con datos comparativamente elevados en Barcelona, Catalunya y España–, y por otro, los impactos indirectos o “externalidades”, con aspectos positivos como la imagen internacional y de otros de negativos como la congestión o el impacto sobre la vivienda, que dan lugar a recelos.

Un criterio adicional sería el de la contribución del turismo a la posición exterior de un territorio. Una aproximación macro a partir de las balanzas de pago de España ofrece una perspectiva interesante. Hay consenso en que uno de los cambios en positivo de la economía española desde principios del siglo XXI ha sido la transición de una posición muy deficitaria en los primeros años del siglo – en el que la “necesidad de financiación” o déficit llegó a ser la segunda mayor del mundo– a una posición de superávit que se ha consolidado entorno el 4% del PIB. Hay que destacar aquí que las aportaciones del turismo son similares a los datos de estos superávits.

Dentro del sector conviven actividades de diferente tipología y valor añadido

Con los datos del Banco de España, en el 2023 el turismo generó un superávit del 3,9% del PIB porque nuestros visitantes gastaron más dinero aquí de lo que los españoles gastaron en el exterior. Con esta aportación turística, España tuvo un superávit exterior del 3,7% del PIB, es decir, ingresó más dinero del exterior de los que tuvo que pagar. El turismo es el factor clave que explica la “capacidad de financiación” (superávit) en las cuentas exteriores. En el 2024 el superávit turístico del 4,3% del PIB coincide con un saldo exterior del 4,2% y los datos provisionales del 2025 repiten esta correlación entre un 4,2% en turismo y un 4% de las cuentas exteriores. Los factores que inciden sobre la balanza de pagos son complejos, y ha habido cambios en positivo como la mejora del potencial exportador del tejido productivo tanto en mercancías como en servicios no turísticos o los fondos europeos, pero hay que valorar que el colchón que representa el turismo ha permitido hacer frente a vicisitudes como las elevaciones de las facturas energéticas, los valores negativos en renta primaria y secundaria y las tensiones derivadas de las decisiones arancelarias y comerciales.

Hay que constatar que dentro del sector turístico conviven actividades de diferente tipología y valor añadido. Barcelona tiene aquí un punto fuerte que ya se aprovecha y que hay que profundizar: hay vertientes del turismo como la vinculada a patrimonio cultural y a acontecimientos que aprovechan externalidades positivas en ámbitos tan diversos como el académico, científico y sanitario, o en gastronomía y deportes, que han posicionado como referentes mundiales.

Las iniciativas del sector privado son potentes y se ven reforzadas por las políticas públicas que tienen como vector destacado la facilitación e incentivación de esta actividad de más alto valor añadido. Y hay que recordar que hay algunas condi­ciones básicas que pueden aprovechar estas oportunidades en nuestro país, que van desde los temas de seguridad –físicos, jurídicos y económicos– hasta un buen funcionamiento de las infraestructuras. Tenemos que evaluar sin apriorismos ideológicos si un volumen creciente de regulaciones equivalen a mejores incentivos, así como recordar la obviedad que eficiencia y cohesión social no son objetivos contrapuestos, sino que se complementan tal como nos recordaba Mario Draghi hace poco: para financiar las prestaciones del Estado de bienestar de manera sostenible el prerrequisito es alcanzar dosis de eficiencia y productividad atractivas que generen los recursos.

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