Lejos de permitirle inaugurar la nueva pax americana que Trump creía a punto de alcanzar a principios de este año, la incursión relámpago en Venezuela y el apresamiento de Maduro podrían marcar un punto de inflexión en el más formidable ataque perpetrado contra el sistema internacional desde el final de la Guerra fría, aunque también el más innecesario. Ninguno de los objetivos que Trump ha perseguido desde su vuelta a la Casa Blanca exigía recurrir a la retórica y las acciones de las que se ha servido, y con las que lo único que ha conseguido hasta el momento es situar a Estados Unidos en una tenebrosa soledad internacional, no en un espléndido aislamiento.
Tanto el control del programa nuclear iraní como el reforzamiento de la seguridad en el Ártico, además de la búsqueda de soluciones en Gaza y Ucrania, eran objetivos en los que Trump habría podido llegar mucho más lejos sirviéndose de los acuerdos diplomáticos existentes que de sus instintos de arrogante agente inmobiliario. Entre otros motivos porque las mismas políticas que están facilitando la convergencia de intereses entre las potencias que se sienten amenazadas por Trump son las que, como reverso, están provocado una fractura interna de tintes guerracivilistas en Estados Unidos, debilitándolos.
El tratado de libre comercio que la Unión Europea acaba de firmar con la India ha sido la causa de que Trump haya tenido que revisar la anterior decisión de incrementarle los aranceles, abandonando la estrategia con la que Washington había intentado mantener un difícil equilibrio entre el potencial del país, necesario, se decía, para contener a China, y la inquietante deriva ultranacionalista del primer ministro Modi. A efectos del inestable contexto internacional del que Trump sería uno de los máximos responsables, esta marcha atrás importa por dos razones.
El presidente de EE.UU., Donald Trump, y el primer ministro indio, Narenda Modi
La primera, porque demuestra que una estrategia más decidida por parte de la Unión -una estrategia que, sin perder de vista las acuciantes necesidades de defensa, no se conciba únicamente dentro de los estrictos términos militares-, puede arrebatar a Trump la iniciativa y obligarle a responder a las acciones de Europa en lugar de ser Europa la que siempre tenga que responder a las suyas. La evidencia a la que Trump ha debido plegarse tras los recientes acuerdos europeos con Mercosur y con la India es que Estados Unidos puede, si así lo quiere, construir un inexpugnable gueto comercial y precipitarse dentro, pero no acabar con el libre comercio.
Y la segunda razón por la que importa la marcha atrás de Trump es que, ahora sí, las demás potencias tienen que decidir qué tipo de relación quieren con China. Los primeros movimientos de aproximación bilateral están contribuyendo a mantener un precario equilibrio internacional, evitando así el colapso definitivo de un sistema en cuyo centro se encuentra Naciones Unidas. Pero es que de lo que se trata en último extremo es de eso, de evitar que el sistema colapse, y para evitarlo los movimientos de aproximación bilateral tendrían que dejar paso a movimientos estratégicamente dirigidos a ocupar junto con China el vacío que los Estados Unidos de Trump buscan crear en el corazón de Naciones Unidas, propiciando su final.
Ante esta perspectiva, la pregunta más relevante no es si se debe o no negociar con China, porque la respuesta es evidente; la pregunta más relevante es, por el contrario, en qué marco debe desarrollarse la negociación, porque, dependiendo de ese marco, se podrán salvar o no algunos de los principios internacionales imprescindibles en estos momentos de peligro. El principio de libre comercio está amparado por el sistema multilateral, y China hasta ahora lo defiende. También el principio de integridad territorial forma parte de ese sistema, y pese a que China no ha renunciado a sus ambiciones sobre Taiwán, la aproximación multilateral sigue siendo posible porque de momento no se ha servido de los impúdicos argumentos expansionistas de Trump sobre Groenlandia, como sí han hecho Putin con Ucrania y Netanyahu con Gaza.
Desde luego, razones como éstas no son suficientes para invitar al optimismo, pero sí, al menos, para rechazar algunas actitudes frente a Trump observadas en Europa. El apaciguamiento, por descontado. Pero también el pesimismo sobre las capacidades europeas. Como ha venido a demostrar el repliegue de Trump tras los acuerdos con Mercosur y con la India, Europa y su Unión deberían tomar conciencia de la pax que representan, no declararse en rendición emocional antes de tiempo.
