Philip Morris en Silicon Valley

Una niña de diez años entra en un bar y pide un paquete de Philip Morris. El barman le pregunta qué edad tiene. “Dieciocho años”, miente la menor. “No me lo acabo de creer, pero si me lo ha dicho debe ser verdad”, piensa el barman mientras le cobra el paquete. Sustituyan el bar por Instagram, el barman por Mark Zuckerberg y la niña por Kaley, una chica de California que creó su cuenta en YouTube con seis años y en Instagram con nueve.

Kaley ha llevado a los tribunales a Alphabet y Meta, las matrices respectivas de ambas plataformas. Los documentos internos de Meta presentados en el juicio —un proceso en el que hasta el propio Zuckerberg declaró— demuestran que la empresa sabía que Instagram era perjudicial para los menores y decidió no hacer nada al respecto. Tenían informes internos, y callaron mientras Kaley desarrollaba ansiedad, dismorfia corporal y pensamientos suicidas. Este 25 de marzo, el jurado del Tribunal Superior de Los Ángeles ha condenado a Meta y YouTube a pagar 6 millones de dólares en concepto de daños. Al día siguiente, otro jurado en Nuevo México condenaba a Meta a pagar 375 millones por violar las leyes estatales de protección de la infancia en un caso similar.

El discurso de las redes sociales del siglo XXI se pareceal del tabaco del XX

La sentencia de Los Ángeles es la primera de una serie: hay unos 2.000 casos similares esperando turno en los tribunales de EE.UU. El sociólogo Jonathan Haidt, autor de The Anxious Generation ( La generación ansiosa , Deusto, 2024), lleva años documentando la caída de los indicadores de salud mental juvenil a partir de 2012, cuando coincidieron por primera vez móviles, redes sociales y conexión omnipresente.

Algunos ya lo llaman el momento del tabaco de la tecnología, análogo al de noviembre de 1998 cuando la industria tabacalera tuvo que aceptar, ante los tribunales, que el tabaco era perjudicial, que lo sabían y que lo habían ocultado deliberadamente.

El discurso de las redes sociales del siglo XXI se parece demasiado al del tabaco del XX: campañas de relaciones públicas, informes encargados a conveniencia y externalidades negativas socializadas mientras los beneficios son privados. No es un error de diseño; ocurre por diseño: scroll infinito, reproducción automática, filtros de belleza que distorsionan la realidad, notificaciones a todas horas… un combinado pensado para maximizar el tiempo de pantalla, especialmente de los más jóvenes.

Los veredictos americanos deberían ser un aviso para Europa. No es que no tengamos regulación —la DSA, el GDPR, las iniciativas de acceso de menores— sino que tenemos mucha norma y poca ejecución. ¿No dicen que debemos copiar la innovación de EE.UU.? Pues copiemos también la de sus tribunales.

Parece que el momento del tabaco ha llegado a las redes sociales.

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