El primer ministro británico, Keir Starmer, ha probado con Trump el masaje sueco y el tailandés, el deportivo y el aromático, el terapéutico y el anticelulítico, le ha aplicado técnicas suaves de roce y más enérgicas de fricción, los estiramientos y la presión rítmica con los dedos y las palmas de las manos del shiatsu japonés, reflexología y pellizcos, vibración y percusión. Se los ha hecho con ropa y sin, con aceites y sin ellos, con música y en silencio. Todo, con tal de apaciguar a la fiera.
A millones de británicos semejante sumisión les ha parecido humillante, pero el líder laborista ha defendido los resultados obtenidos, en forma de un tratado comercial y unas tarifas menos punitivas que a los países de la Unión Europea. Y la ha justificado en la histórica “relación especial” entre los primos separados por el Atlántico, y el deseo británico de hacer de puente entre Estados Unidos y el Viejo Continente.
Si Europa ha mostrado ahora los dientes a Trump, el Reino Unido también, aunque sean los dientes de un perro labrador en vez de los de un pastor alemán. La amenaza de aranceles de un 10% por participar en el envío de tropas a Groenlandia como desafío a sus designios sobre la gigantesca isla (en realidad un puñado de soldados en una misión de reconocimiento más simbólica que otra cosa) ha desbordado el vaso de la paciencia de Starmer, y le ha hecho ver que no plantar cara al dragón no sirve de nada, y que la tinta con la que escribe Trump sus compromisos se convierte sistemáticamente en borrones.
Incluso el ultra Farage, buen amigo de Trump, critica los aranceles y rechaza el chantaje comercial como arma
El premier no se ha atrevido a llegar tan lejos como Macron, que propone medidas punitivas, ni ha dicho como Sánchez que la captura a la fuerza de Groenlandia haría a Putin el hombre más feliz del mundo, pero se ha sumado a la posición europea de que la decisión sobre el futuro de la isla corresponde a los daneses y a los groenlandeses. “Eso es innegociable”, declaró la ministra de Cultura, Lisa Nandy, ejerciendo de portavoz del Gobierno. Starmer ha calificado los nuevos aranceles como un “grave error”, la crítica más fuerte que ha hecho a Trump hasta hoy.
La hartazón de la clase política británica con las tácticas trumpianas de matón de barrio es generalizada, y los líderes de todos los grupos políticos (también los conservadores y el ultra Nigel Farage, que presume de su amistad con la Casa Blanca) han rechazado el chantaje económico para conseguir la anexión de Groenlandia, a pesar de que los aranceles, si se hacen realidad, podrían llevar la economía británica a la recesión.
En el circo de la política internacional, como un buen prestidigitador, Starmer ha intentado mantener en el aire las pelotas de la amistad con Trump y un acercamiento post Brexit a la UE sin que se le caiga ninguna, y hasta ahora lo ha conseguido, postrándose ante el presidente norteamericano si era necesario. Pero los últimos acontecimientos le están demostrando que los favores de Trump son papel mojado, pan para hoy y hambre para mañana, y que siempre exige más sin dar nada a cambio.
El puente sobre el río Kwai voló por los aires, y el británico entre Washington y Europa puede correr la misma suerte. Más pronto o más tarde, Londres tendrá que escoger. El apaciguamiento no le funcionó a Chamberlain, y tampoco le funciona a Starmer.
