“La política hace extraños compañeros de cama”, decía el escritor estadounidense Charles D. Warner. La cama se nos queda diminuta. El ansia globalizada por el poder y la pasta provoca hoy extrañas y espectaculares orgías.

Nunca preguntes a una mujer por su edad, a un hombre por su salario ni a Putin por el pacto Ribbentrop-Mólotov.
Fue un acuerdo tan súbito y pornográfico entre dos regímenes que se repelían que el ministro de Exteriores soviético –Mólotov–, al no tener ninguna esvástica para recibir en el aeropuerto de Moscú a su homólogo nazi –Ribbentrop–, encontró de urgencia una bandera nazi en los estudios de cine moscovitas donde se rodaban películas… antinazis.
Nazis y sóviets acababan de matarse en España y ahora, días antes de que Alemania invadiera Polonia, sellaban un inesperado acuerdo para invadir y repartirse cinco países de Europa. “El fascismo es una cuestión de gustos”, dijo Mólotov para justificar el pacto. Y se quedó tan ancho.
Fascistas y comunistas de todas las naciones se quedaron en blanco, es decir, a la espera de instrucciones. Y los judíos, estupefactos. Nueve días después, el Tercer Reich invadía Polonia por el oeste y un par de semanas más tarde, según lo pactado, la Unión Soviética invadía varios países por el este. Hubo desfiles conjuntos de soldados en Brest-Litovsk y delegaciones militares nazis en la plaza Roja. Una cuestión de “gustos”, como el sexo.
Siguiendo órdenes de Moscú, el Partido Comunista de Estados Unidos llegó a organizar –junto a los trumpistas de entonces– piquetes contra las fábricas que enviaban armamento a Inglaterra. Durante el primer año de guerra, Moscú ayudó a Berlín con trigo y petróleo, y llegó a ofrecer a los nazis una base de submarinos cerca de Múrmansk. Hasta que el Tercer Reich se giró de golpe e invadió la Unión Soviética: los pactos antinatura tienen estas pequeñas sorpresas.
“Era como todos en esa época hacían la política exterior”, afirmó Putin hace unos años para justificar el pacto. “Deberíamos saberlo”, añadió. ¿Y qué más deberíamos saber, camarada? Pues que ha ocurrido siempre, pero que hoy, con los autócratas y oligarcas reproduciéndose como gremlins, estos pactos contra la ley de la gravedad mental han regresado. Con intensidad y transversalidad: lo practican todas las razas, religiones e ideologías.
La República Islámica de Irán, por ejemplo, como otros regímenes musulmanes, tiene la piel extrafina y a la mínima lanzan fatuas mortales contra caricaturistas o prosistas blasfemos y, al mismo tiempo, sin inmutarse, tratan con suma exquisitez a China: su silencio es absoluto ante la implacable represión de Pekín contra la minoría musulmana uigur, con sus torturas y campos de reeducación.
En el área del Pacífico, los piropos que Trump, líder del mundo capitalista, lanza a los grandes líderes comunistas asiáticos son casi de masaje con final feliz.
Por Kim Jong Un, el tirano de Corea del Norte, siente pura adoración después de haberse insultado en su primer paso por la Casa Blanca: Trump se burló de Kim como un “pequeño hombre cohete” y el asiático se la devolvió calificándolo de “viejo chocho”. Pero ya sabemos que el odio y el amor están hechos de la misma pasta. “Es mi amigo. Soy la única persona en el mundo que a él le gusta. Y a mí me gusta él”, dijo hace pocos días Trump de Kim. El presidente de Estados Unidos ha llegado a hablar del “amor” mutuo que se profesan. Y, oigan, si se quieren de verdad no será este cabaret el que les corte el affaire .
Para Xi Jinping –presidente de la República Popular China y doctor en Teoría Marxista y en Educación Ideológica–, Trump ha reservado elogios que nunca ha dedicado a ningún político del Partido Demócrata ni líder europeo, supuestos aliados: hace pocos días calificó a Xi de “gran líder” y dijo que están unidos por una “amistad verdaderamente grande”. Otro prometedor rollito de primavera.
Confiesa este amor por los caudillos de la hoz y el martillo mientras acusa al Partido Demócrata de “comunista” y apuntala al chavismo a cambio de oro negro: como leí en un tuit, Trump ha capturado a Ali Babá (Maduro) y ha pactado con los cuarenta ladrones (el clan Delcy), porque la democracia, como el fascismo, es cuestión de “gustos”. Mólotov, siempre Mólotov.
Entre el trumpismo y el putinismo casi no ha hecho falta ni pacto, todo ha fluido con solo mirarse. Ahí está la foto que la CBS publicó hace dos días de Katie Wiles –hija de la jefa de Gabinete de Trump– con un subfusil junto al líder de la Republika Srpska en lo que parece ser el campo donde los rusos entrenan a sus milicias moldavas.
Pero nada huele más intensamente a pacto Ribbentrop-Mólotov que el pacto recién firmado en Alemania entre los ultraderechistas del AfD con los izquierdistas del BSW para hacerse con la presidencia del Parlamento de Sajonia-Anhalt. Los dos extremos morreándose en el mismo paisaje de 1939.
Los firmantes se compenetran bien porque, entre otras cosas, son prorrusos , que en la práctica significa ser pro Putin: el opositor ruso y ajedrecista Kaspárov sí que es prorruso, porque quiere una Rusia no totalitaria, y cualquier día el Kremlin le unta el sushi de polonio.
Lo más cómico de este cabaret de rímel corrido es que Putin inició la invasión de Ucrania para “desnazificarla” mientras su mayor aliado en Alemania, la AfD, tiene como objetivo –además de retirar todas las ayudas a Kyiv– que los alemanes dejen de sentirse responsables por lo que hizo el Tercer Reich. Al fin y al cabo, para la líder del partido, “Hitler era comunista”. Solo les falta decir que los nazis fueron una mera cagadita de pájaro en los más de mil años de la brillante historia de Alemania… Ay, calla, que esto es lo que llegó a decir, literalmente, el número dos del partido.
Todo es cuestión de “gustos”. Hasta que Mólotov se convierte en cóctel.

