
Nada está escrito, pero la artillería se despliega para la colisión de dos bloques en 2027. A poco más de un año para las elecciones, hay síntomas de nerviosismo:
Feijóo, Abascal y la habitación caldeada
Las encuestas revelan que el PP ha sufrido un trasvase de 1,2 millones de votos hacia la extrema derecha, aproximadamente el mismo número que la sangría del PSOE a la abstención. Los populares se han embarcado en una cadena de elecciones regionales que evidencian su posición dominante, pero también que tocan techo y dependen de Vox para gobernar. Por tercera vez consecutiva (desde junio del 2025), el CIS (en intención directa, sin cocina demoscópica) asegura que hay más votantes que prefieren a Santiago Abascal como presidente del Gobierno antes que a Alberto Núñez Feijóo.
El PP quiere acelerar los pactos autonómicos con Vox, pero la extrema derecha está crecida. Es posible que Abascal fuerce una repetición electoral en Extremadura salvo que María Guardiola haga un acto de claudicación en toda regla, mientras llega a un acuerdo con Jorge Azcón en Aragón. De esta forma, Vox lanza el mensaje de que solo si el PP se pliega le conceden oxígeno. En Castilla y León, la extrema derecha ya parte de un suelo muy alto. Veremos hasta dónde llega el 15 de marzo. Para Abascal es de suma importancia acudir en las mejores condiciones a la cita de Andalucía del verano y se ha demostrado que estar fuera de los gobiernos, con las manos libres, es lo más rentable para atraer el voto protesta, así que a Vox le convendría no atarse en todas partes a los populares. El anhelo de Abascal es dejar a los socialistas terceros en Andalucía y cerrar un círculo: allí entraron por primera vez en un parlamento, en 2018.
Ante ese avance inexorable, Feijóo ya no puede vender que es posible gobernar en solitario, pero mantiene el discurso antisanchista para evitar más fugas. Lo cierto es que Vox no necesita apenas hacer ruido. Ya le hace el trabajo el PP, que dispone de más altavoz mediático. Con su dureza contra Pedro Sánchez, el PP desanima al votante socialista, pero ayuda a Vox: cuando caldeas tanto la habitación, el personal sale huyendo en busca de un bombero, no de un técnico que arregle el termostato. Si España es un desastre monumental dirigido por alguien indigno e inmoral, como dice Feijóo, el cabreo social recala en opciones más radicales.

Ocurrió esta semana. Feijóo espetó a Sánchez en el Congreso que su gobierno acabaría en los tribunales por el accidente de Adamuz. Abascal dijo que el ejecutivo era culpable de un crimen. Uno colocó el balón, el otro remató.
Un abismo respecto a la estrategia de Juanma Moreno Bonilla en Andalucía, que ha adoptado el tono de Salvador Illa y se presenta como un dechado de moderación. Hoas después de la anterior escena, el presidente andaluz elogiaba la colaboración con el Gobierno central en Adamuz como en la gestión de las inundaciones y recogía el guante del diálogo que le ofrecían los socialistas de su comunidad.
La izquierda y la batería del móvil
En el otro bloque la principal preocupación es la desmovilización del votante del PSOE y también a su izquierda, un espacio que recuerda al usuario de un teléfono móvil equipado con todo tipo de aplicaciones, pero al 1% de batería y sin enchufe a la vista. La Moncloa trabaja con la máxima de reactivar el voto dormido con el mensaje de la resistencia frente a la ola de la ultraderecha, aunque el malestar por los precios de la vivienda y del coste de la vida en general es un reto para el Gobierno al que hay que añadir el deficiente funcionamiento de servicios como el de los trenes.
La primera prueba del desembarco de ministros en elecciones autonómicas no ha salido bien en Aragón, aunque lo que pretende Sánchez es reforzar el control territorial a medio plazo. Si pierde la Moncloa en 2027, los socialistas vivirán un terremoto interno entre dos formas de concebir la estrategia del PSOE. La de Sánchez, convencido de que las alianzas con la izquierda alternativa y el independentismo son imprescindibles, y los que sostienen que se han hecho excesivas concesiones. Si Sánchez pierde la Moncloa, aflorará la brecha. Aunque los críticos censuren que el partido funciona sin democracia interna, el meollo de la fricción está en los acuerdos con el independentismo, sea catalán o vasco.
A ello se suma que algunos candidatos autonómicos y locales expresan ya su temor a ser los primeros en recibir el castigo electoral del antisanchismo y reclaman que las generales sean ants de las municipales de mayo de 2027. Unas elecciones reflejan un estado de ánimo y algunos dirigentes socialistas evidencian cierto nerviosismo.
A la izquierda del PSOE el panorama es más desalentador. Por eso, iniciativas como la de Gabriel Rufián, que reclama un artefacto unitario que sacuda el tablero, llaman la atención. Pese a ello, no parece que el paisaje de las siglas vaya a variar mucho. Los cuatro partidos que se presentaron como Sumar revalidan su alianza, aunque concurrirán con otro nombre y es muy probable que con otro candidato que no sea Yolanda Díaz, si nos atenemos a las insinuaciones de Antonio Maíllo, líder de IU, que no suele hablar por hablar. De ser así, la coalición tiene por delante un difícil relevo que además resulte atractivo para otras formaciones como Més per Mallorca o Compromís. La confluencia con Podemos en unas generales se da por imposible.
Rufián cree haber encontrado el enchufe para cargar el móvil, pero por ahora el conector no es compatible
Rufián cree haber encontrado un enchufe para recargar ese móvil que está en las últimas, pero de momento el conector no coincide con el de nadie. En realidad, lo que atrae de esa propuesta es el propio lenguaje de Rufián. Si Abascal triunfa dirigiéndose a “la España que madruga”, el portavoz republicano sabe hablar directamente a los españoles que madrugan y a sus hijos desde una posición antagónica, pero su voz por ahora solo representa a una parte de ERC.

