‘The fucking wing’

Aaron Sorkin nunca pensó al producir El ala oeste de la Casa Blanca ( The west wing ) que, veinte años después de que finalizara su famosa serie, volvería a verla en las pantallas. Aunque ahora rebautizada y con guión de temática casi slasher . Se lo debemos a Donald Trump, que ha superado en su segundo mandato la imaginación de un guionista perturbado. Incluso en las últimas semanas ha conseguido ofrecernos un reality show geopolítico que hemos consumido en tiempo real a través de los móviles y que ha logrado atrapar la atención de la humanidad con escenas que indignan y aterran al mismo tiempo.

Donald Trump habla con un grupo de visitantes en un jardín de la Casa Blanca durante la pasada Pascua
Donald Trump habla con un grupo de visitantes en un jardín de la Casa Blanca durante la pasada PascuaAlex Brandon / Ap-LaPresse

The fucking wing es la serie. Se emite en las redes sociales y pronto nos ofrecerá contenidos de deep fake que agravarán la incertidumbre y el miedo que padecemos a diario. De hecho, cada episodio parece diseñado para subir audiencias. Sin duda para generar más datos y registrar mejor, con fines económicos y políticos, cómo se angustia el ser humano y por qué. Para ello de­sarrolla una trama de agresividad apocalíptica que nos tiene a todos en vilo. Bajo el título de Furia épica nos sumerge en la contemplación pasiva de una crueldad tan fanática como indiscriminada. La protagoniza un elenco sacado de un casting seleccionado por el dedo de Trump entre las filas del MAGA y que subcontrata para sus operaciones de terror más gore a los siameses israelíes de Netanyahu, expertos en violencia genocida en Gaza y pronto en Líbano también. Toda esta ingente labor de rodaje diario se apoya en dos equipos tan brillantes como maléficos. Por las mañanas, se graba bajo la supervisión del pragmatismo financiero e inmobiliario del duo Witkoff-Kushner, y, por las noches, con la inteligencia artificial de Palantir que manejan los filósofos Alexander Karp y Peter Thiel.

Trump utiliza el poder para impugnar el derecho y propagar la brutalidad

Con The west wing de Aaron Sorkin aprendimos que el poder en Estados Unidos era, a pesar de todo, una compleja y contradictoria lucha por el derecho y los valores de una democracia que se reconocía perfectible éticamente. Gracias al quehacer del gabinete de un presidente ficticio que interpretaba Martin Sheen, vimos cómo la democracia trataba de guiarse por algunos ideales y un puñado de principios, aunque la olla a presión de la realidad sobre la que se proyectaban los ponía en crisis constantemente. No diré que la narrativa televisiva de Sorkin era weberiana, pero casi. Reflejaba bastante cómo la política democrática es siempre un difícil ejercicio de inteligencia pragmática que busca un equilibrio ético entre la convicción y la responsabilidad.

Nada que ver con The fucking wing , donde Trump pone el poder al servicio de su narcisismo y lo transforma en una herramienta de impugnación del derecho y propagación de la brutalidad. Lejos de cualquier ficción, aunque lo parezca, subvierte la compleja ética presidencial y da la vuelta al calcetín de los principios que nos enseñó The west wing para hacer de Estados Unidos algo irreconocible en sus dos siglos y medio de historia. Tanto que el actual inquilino de la Casa Blanca parece más próximo a la vesania imperial de Nerón o Calígula que a la nobleza republicana de Washington o Lincoln. Ver al sucesor de Roosevelt o Reagan amenazar a Irán, que sufre una odiosa dictadura, con destruir su civilización y condenarlo a la edad de piedra, no solo atenta contra la justicia de discriminar entre la población civil y sus tiranos, sino que ofende la dignidad universal del derecho a la libertad y la felicidad que fundamenta a Estados Unidos. Ojalá que los estadounidenses condenen a su presidente dentro de unos meses en las urnas. Eso nos hará pensar que es posible verlo fuera de la Casa Blanca junto a la pandilla de fanáticos que utilizan el poder militar norteamericano no para proteger la libertad donde brote en el planeta, sino para convertirlo en un modelo de negocio basado en el chantaje.

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