Trump usa Ormuz para chantajear al mundo

En 1980, el presidente de EE.UU., Jimmy Carter, en su discurso del estado de la nación de enero enfatizó: “nuestra postura es absolutamente clara. Cualquier intento de alguna potencia extranjera por obtener el control de la región del Golfo Pérsico se considerará un asalto a los intereses vitales de EE.UU. y tal asalto se repelerá del modo que creamos necesario, incluyendo la fuerza militar”. Aquellas palabras pasaron a ser conocidas como la doctrina Carter. Un año antes la revolución iraní había destronado al Sha y solo hacía un mes desde que los soviéticos invadieron Afganistán.

Su sucesor, Ronald Reagan, complementó esa retórica con decisiones estratégicas y simbólicas. Proclamó la firmeza de su control no solo frente a fuerzas externas si no también contra los países de la zona, especialmente la nueva Irán. Aprobó un programa de ventas masivas de armas y construcción de bases en Arabia Saudí. Después convirtió las fuerzas militares de reacción rápida para el Golfo, situadas en Florida, en el nuevo Comando central, Centcom. Etiqueta reveladora de la enorme importancia otorgada a la zona, a la vez que evocadora del principio geopolítico del espacio euroasiático, “pivote de la historia”. Desde ahí controlaba el flujo de petróleo a los socios europeos, siempre subordinados.

Desde entonces, el mundo y la economía han cambiado mucho y con ella el papel del Golfo Pérsico, pero no para restarle importancia. Es más que entonces una de las palancas fundamentales de poder estratégico y presión de EE.UU.. El flujo de materias primas que circula por el va mucho más allá del petróleo. Además de los fertilizantes agrícolas, otras esenciales para la economía globalizada, críticas para la fabricación de mercancías de alto valor añadido, desde baterías de automóviles eléctricos a chips: helio, petroquímicas, aluminio, azufre…

Donald Trump, en Memphis, el pasado lunes 
Donald Trump, en Memphis, el pasado lunes Bruce Newman / Ap-LaPresse

Cuando Carter formuló su doctrina, EE.UU. importaba el 35% del petróleo que consumía, más del 10% desde el Golfo. Desde hace un lustro, ha pasado de ser importador a exportador neto; el primero del mundo. No depende de los buques que circulan por Ormuz.

Eso explica el desinhibido regocijo con el que Donald Trump reaccionó cuando el petróleo se enfiló por encima de los 100 dólares el barril. Según el, un gran negocio para EE.UU. (y sus amigos petroleros, financiadores de su campaña), aunque perjudique a los consumidores y por tanto a sus perspectivas electorales, justo cuando su popularidad está más baja.

El mensaje de Larry Fink (BlackRock): o con Trump y petróleo a 40 dólares o no y entonces a 150 y recesión

Porque los que sí siguen dependiendo del suministro del Pérsico son los europeos (aunque su principal proveedor ya ese mismo amigo americano) y sobre todo, China, su gran rival, junto con los otros dos motores de la economía asiática, India y Japón.

Controlar la llave del grifo tiene un incalculable valor. Poder para imponer los propios intereses. Para establecer los términos de la negociación. Capacidad de extorsión y chantaje y nadie mejor que Trump para ejercerlos. Tanto que se pueden imaginar nuevos escenarios de negociación entre Washington y Pekín. Intercambio de petróleo por tierras raras podría ser una futura propuesta de Trump a Xi Jinping si tras su aventura en el Golfo alcanza un control total.

Tener la llave de ese negocio implica que las compras y ventas se realizan con dólares, cuyo uso generalizado en la economía mundial es otra de las herramientas imprescindibles de la hegemonía estadounidense. Cuanto más fluido circule el billete verde y se emplee para cerrar operaciones, más fácil es para EE.UU, financiar sus déficits sin ajustarse el cinturón ni padecer restricciones o subir impuestos a las grandes fortunas de su país. Si hace falta dinero, se imprimen más dólares para pagar a los que le venden sus productos a EE.UU.. Esto es lo que va a ocurrir ahora. Trump ya ha pedido 200.000 millones de dólares adicionales, de déficit, par seguir financiando una guerra que consume 2.000 millones al día. Ese elevado volumen ya indica que las previsiones del Pentágono son de una guerra larga.

El negocio del petróleo es una enorme esponja de billetes, pues se trata del primer mercado mundial de materias primas. Unos 3 billones anuales, en torno al 10% de todos los billetes verdes que circulan por el mundo.

Después, los países productores los emplean para comprar en EE.UU. inmuebles, empresas, bienes de lujo y letras del Tesoro. Y así se alimenta la máquina económica de la superpotencia; sin ese flujo circular la decadencia estaría asegurada. Supremacía militar, control de las materias primas, hegemonía política y dominio económico, todo ello es lo que da sentido al esfuerzo bélico de EE.UU. en la zona.

Todos esos componentes esenciales están en juego ahora en el golfo Pérsico. Debe seguir siendo el guardián del flujo de materias primas energéticas, situando a una parte importante del resto del mundo en situación de dependencia de su ejército y de su buena voluntad para mantener ese suministro.

EE.UU. es autosuficiente en petróleo; con el control del Golfo impone su poder al mundo y coloca dólares

Una retirada sin borrar del mapa el régimen iraní o sin incapacitarlo para guerrear contra sus vecinos, no lo asegura. Avivaría las dudas sobre su debilidad estratégica, algo así como asistir pasivamente a la invasión de Taiwan por China. Los otros países del Golfo enfrentados a Teherán y que ahora reclaman a Trump que ya que ha encendido la mecha de la guerra, acabe con su enemigo para asegurar su supervivencia. Si no remata la tarea, los ahora aliados buscarán un paraguas más seguro, ¿Acercándose a Irán?, ¿Aceptando parte de sus condiciones? La influencia política de Washington quedaría seriamente dañada. Un protector que inicia guerras que dejan a sus vasallos expuestos sin acabar con el enemigo, no ofrece seguridad. A lo mejor la opinión pública estadounidense se tragaría el anzuelo, pronto lo sabremos, en noviembre, pero las elites gobernantes del Golfo seguro que no. Por eso es tan importante una victoria de verdad para Trump.

Nadie mejor que Larry Fink, personaje con una influencia descomunal, presidente de BlackRock, el primer fondo de capital del mundo, más de 10 billones de dólares, y amo de Davos. Esta semana ha explicado en la BBC que solo hay dos escenarios posibles: “Si se pone fin a la guerra y aun así, Irán sigue siendo una amenaza para el comercio, una amenaza para el estrecho de Ormuz, una amenaza para esta coexistencia pacífica de la región, entonces diría que podríamos tener años con el petróleo por encima de los 100 dólares, más cerca de los 150 dólares, lo que tendría profundas implicaciones en la economía”, una “recesión seria y prolongada”. La alternativa, una victoria militar de EE.UU. significa “un precio del petróleo de 40 dólares implica abundancia y crecimiento”. Así que ya saben lo que les toca a europeos, chinos y asiáticos. Es decir, o se apoya a Trump en esta guerra o el caos. Un chantaje explícito.

Manuel Pérez Arias

Adjunto al director de La Vanguardia. Periodista especializado en información económica

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