Trump y la tradición del imperialismo liberal

Estados Unidos invadió Irak el 20 de marzo del 2003 con el apoyo del Reino Unido y España. El presidente George W. Bush creía que era necesario para sustituir una tiranía por una democracia que transformaría Oriente Próximo. Eran tiempos de neoconservadurismo, también conocido como conservadurismo compasivo, una estrategia política que utilizaba la fuerza militar para conseguir objetivos estratégicos con la excusa de llevar la libertad y democracia a sociedades sometidas a un dictador, como era el caso de Irak.

Tres meses después, Xavier Batalla, entonces corresponsal diplomático de La Vanguardia, describió aquella invasión como un ejemplo más de que Estados Unidos se había convertido en un imperio clásico, propio de los siglos XIX y XX.

El 11 de septiembre del 2001 Estados Unidos sufrió un ataque devastador. Al Qaeda causó casi 3.000 muertos en Nueva York y Washington. Bush decretó entonces una “guerra contra el terror” y el 7 de octubre ordenó atacar Afganistán, base de Al Qaeda.

Estados Unidos se había convertido en el policía del mundo, papel que del que hoy alardea Donald Trump y que explica muy bien la decisión de atacar Irán por segunda vez en apenas ocho meses.

Xavier Batalla falleció en el 2012 y el jueves se celebró en el Col•legi de Periodistas de Catalunya el memorial que cada año recuerda su enorme contribución al conocimiento del mundo. Su viuda, Judith Adam y su hija Laura Batalla, que ha sido asesora política de varios parlamentarios europeos, organizaron un acto presidido por Jaume Duch, conseller d’Acció Exterior, y con participación de los periodistas Teresa Turiera-Puigbó, Marc Marginedas y Xesco Reverter.

Batalla, en su columna del 14 de junio del 2003, cita a Max Boot, editorialista de The Wall Street Journal, un ferviente neoconservador de raíces hobbesianas. El mundo era para él un lugar hostil que solo podía abordarse desde la fuerza. “El imperialismo liberal es nuestro futuro”, había dicho unas semanas antes en un discurso ante el Council for Foreign Relations en Washington. Creía que la debilidad de Estados Unidos había facilitado los ataques de Al Qaeda. Defendía que el imperialismo “era rentable”, el poder duro mucho más valioso que el blando.

El teórico del poder blando era el profesor Joseph Nye, subsecretario de Defensa con Bill Clinton. Consideraba que EE.UU. no tenía que ocupar ningún país porque su hegemonía no dependía de la fuerza de las armas sino del comercio y la cultura, lo que él denominaba poder blando.

Nye creía en la fórmula del cambio político a través del intercambio comercial y cultural. Pero en aquel 2003 su pensamiento estaba en clara minoría.

Boot, como explicaba Batalla, tenía el respaldo de muchos funcionarios, no solo en Estados Unidos, sino también en el Reino Unido. Eran gente como Robert Cooper, consejero del entonces primer ministro Tony Blair, convencido de que el intervencionismo era necesario para contener al mal del terrorismo, es decir, a Al Qaeda y los países que la acogían.

Max Boot pensaba muy parecido a como piensa hoy Donald Trump. El mundo necesitaba un policía, pero este gendarme no podían ser las Naciones Unidas porque su papel en la guerra de los Balcanes había sido desastroso. Tampoco podía ser la OTAN porque su espacio de responsabilidad era básicamente el europeo. Y, en ningún caso, podía ser la Unión Europea, una organización que veía inútil por la división de sus miembros. Solo Estados Unidos podía actuar porque era “el más ferviente defensor de la libertad y el más poderoso militarmente”.

Estados Unidos atacó Irak con pruebas inventadas sobre su arsenal. Las agencias de inteligencia no habían alertado de una amenaza, pero la administración Bush insistía en que disponía de armas de destrucción masiva, químicas y bacteriológicas, que eran un peligro inasumible. El Consejo de Seguridad no dio luz verde, pero Estados Unidos atacó de todas maneras.

Trump también exageró la amenaza iraní para justificar una ofensiva que lanzó contraviniendo los principios de la ONU y también los suyos propios, pues ganó las últimas elecciones con la promesa de no iniciar ninguna guerra.

Batalla recuerda, citando al Financial Times, que muchos aliados de Estados Unidos vieron el ataque preventivo contra Irak del 2003  “como un regreso al imperialismo del siglo XIX”. El del 28 de febrero contra Irán es muy similar.

“El idealismo estadounidense -escribe Batalla en su columna- se pasó el siglo XX tratando de inculcar a los europeos, antes entusiastas de la fuerza, que la única manera de poner orden en el mundo es con el derecho internacional, la paz y la democracia. Pero ahora, cuando la Vieja Europa ha aprendido la lección, resulta que la Nueva América quiere ser imperial.”

Han pasado 23 años y la actitud imperial de Estados Unidos es hoy tan o más evidente que entonces. 

La ocupación de Afganistán duró casi 20 años y la de Irak casi nueve. Ninguna de las dos sirvió para alcanzar los objetivos políticos previstos. Irak sigue siendo hoy un país roto y los talibanes regresaron al poder en Afganistán.

¿Será Irán la tumba política de Trump?  

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

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