Trump y sus amigos se forran con las guerras

La contabilidad de la guerra no es igual para todos. Algunos pueden ganar mucho dinero donde otros, la mayoría de la población, lo pierden. Lo que puede ser perjudicial para el ciudadano o el consumidor es a menudo un gran negocio para el fabricante o vendedor. Desde Cicerón es sabido que “el nervio de la guerra es el dinero infinito”.

EE.UU. es el primer productor y exportador mundial de petróleo y de gas y el peculiar funcionamiento de esos mercados implica que cualquier problema que afecte al suministro global y provoque subidas o bajadas de precios repercute sobre los precios de toda la oferta mundial. En pocas palabras, un barril de petróleo o de gas extraído en las mismas condiciones y con los mismos costes antes que después del ataque de EE.UU. e Israel contra Irán cuesta ahora mucho más. Beneficio caído del cielo.

Como es sabido, los grandes apoyos financieros para la última campaña electoral de Donald Trump vinieron, dejando al margen al pródigo Elon Musk, en primer lugar de las petroleras y gasistas norteamericanas. Le seguían las tecnológicas y las criptomonedas y las empresas de defensa. Todas han ido recogiendo beneficios como compensación por sus apoyos económicos al presidente.

Centrándonos en las primeras, que también fueron donantes excepcionales en la ceremonia de toma de posesión del presidente, han compensado su apuesta y Trump las ha tratado con abrumadora generosidad. Exenciones fiscales, cambios regulatorios favorables y ahora… con una lluvia de beneficios con las subidas de precios provocados por una guerra que aún nadie sabe por qué empezó y mucho menos cómo piensa concluir. Igual con las firmas de armamento, gracias al consumo y desgate masivo en sus operaciones militares, especialmente en Irán. Subidas de vértigo en bolsa, aluvión de pedidos y contratos.

Campos petrolíferos en California
Campos petrolíferos en CaliforniaFREDERIC J. BROWN / AFP

La espiral ascendente del precio de la energía repercute ya en el bolsillo de los norteamericanos, aunque menos que en los de los europeos, y eso puede acabar gestando un serio revés electoral para Trump y los republicanos en las elecciones de medio mandato del próximo noviembre. ¿Qué pesará más en los cálculos o impulsos de Trump, el negocio de los amigotes o el voto de los electores?.

Ajeno a las preocupaciones de la calle, Trump ha dicho que “cuando los precios del petróleo suben, ganamos mucho dinero”, justo con el precio en los 100 dólares el barril. No ha tenido pudor en acompasar sus decisiones políticas con su propio enriquecimiento personal y el de su familia directa. Hijos o yernos. Forbes, la referencia en la materia, calcula la fortuna de Trump en 6.500 millones de dólares (5.600 millones de euros). En septiembre la cifra era 700 millones de euros más, pero su negocio de tokens pinchó. No es extraño que haya quien califique su presidencia como la más corrupta de la historia de EE.UU.

Se repite de manera ritual: EE.UU. financia las guerras colocando dólares al resto del mundo

Hace unas semanas, Ken Griffin, responsable del fondo Citadel y donante republicano, lo expresó con claridad: al acusarle de tomar decisiones “muy, muy enriquecedoras para las familias de quienes están en la administración”, tras lo que se preguntó si eso era “servir el interés público”. Una de las escasas voces del mundo financiero críticas con Trump.

En el caso de las operaciones vinculadas a su propia riqueza, la mayoría de los ciudadanos/votantes no percibían un perjuicio directo, aunque la promesa del presidente durante la campaña de abaratar el coste de la vida no se estaba cumpliendo. Ahora, a lo anterior, se suma el aumento generalizado de precios que implica el encarecimiento de la energía. Las encuestas en EE.UU. reflejan un rechazo mayoritario a la guerra de Irán que crecerá conforme la economía y la inflación den las inevitables malas noticias. Crecerá el clamor exigiendo un rápido final.

Trasladada a las últimas décadas la máxima ciceroniana mencionada antes equivale a hablar del presupuesto del departamento de guerra de EE.UUU. y los estados vasallos de su industria del armamento (Europa en papel destacado) y los dólares que la imprenta de dólares de la Reserva Federal fabrica en cantidad indefinida.

En el pasado este comportamiento ha acabado, desde después de la Segunda Guerra Mundial, en crisis financieras cada vez más globales. La guerra de Vietnam provocó el fin de la convertibilidad del dólar y disparó la masa de billetes verdes en el mundo. La guerra fría, con la fase galáctica final de Ronald Reagan, provocó el hundimiento de las cajas de ahorros (saves and loans) y la crisis de la deuda externa, especialmente en Latinoamérica. La larga carrera de guerras en Oriente Próximo (Irak, Afganistán) de finales del siglo XX y principios de este, broche final de George W Bush, dejó la secuela de la Gran crisis financiera del 2008. Si el episodio actual se dilata en el tiempo, como parece ser el caso, la factura será una explosión financiera semejante o mayor que en las anteriores. Crece la presión sobre Trump. incluso desde el partido Republicano para que ponga rápido final a la aventura.

Pero no es tan fácil. Una prematura declaración del final de la guerra y consiguiente repliegue de EE.UU. podría significar una victoria política y estratégica para los ayatolás, con su reputación de invencibles reforzada en la región. Un grave problema también para el proyecto sionista de Gran Israel.

Un grave problema para Trump, pese a sus comprobadas dotes para convertir, sin ruborizarse, un revés para la hegemonía imperial. Por eso hay muchas posibilidades de que la guerra se enquiste.

Si la aventura de Irán se alarga, aumenta la posibilidad de una crisis financiera como la del 2008

Si es así, el ritual se repetirá: necesitará más recursos del resto del mundo, que captará colocando dólares (los déficits de su economía convertidos en estímulos fiscales). Más burbujas en EE.UU. y más déficit de la balanza comercial. El sarcasmo es que al final acabará acusando a los acreedores de sus problemas.

Manuel Pérez Arias

Adjunto al director de La Vanguardia. Periodista especializado en información económica

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