Un Brasil patas arriba a la espera de la segunda vuelta

En contra de la mayoría de los pronósticos, que hablaban de una ajustada victoria de Lula en la primera vuelta, Flávio Bolsonaro se llevó el gato al agua. Su apretado triunfo –menos de dos puntos y poco más de 2.200.000 votos– no fue suficiente para evitar el balotaje, que terminará de decidir el nombre del próximo presidente de Brasil.

Los especialistas en procesos electorales suelen afirmar que toda segunda vuelta es una nueva elección, en la que se comienza prácticamente de cero. Algo de eso hay, sin embargo, en este caso, y a la espera de que se conozcan las primeras encuestas relativas al desenlace del 25 de octubre, los datos parecen beneficiar a Bolsonaro. No solo parte con ventaja, sino que es bastante posible que el voto de los 10 candidatos restantes, menos del 8%, se decante por el candidato del Partido Liberal (PL).

Simpatizantes de Lula da Silva ayer esperando el resultado electoral en Sao Paulo
Simpatizantes de Lula da Silva ayer esperando el resultado electoral en Sao PauloLuis Robayo / AFP

La gran esperanza de Lula para remontar este resultado adverso es movilizar a la gran bolsa de abstencionistas (un récord del 21%, pese al voto obligatorio). Sin embargo, será algo complicado dado el poco entusiasmo, cuando no rechazo, que generó su candidatura. A sus 80 años, y pese a su trayectoria anterior, Lula ya no es ni el candidato del futuro ni el candidato del cambio. Tampoco el PT es la fuerza hegemónica que supo ser. Uno de los grandes errores de Lula fue no haber impulsado la profunda renovación del partido, permaneciendo como su único caudillo.

Bolsonaro hijo ha cosechado un mejor resultado que el esperado. Pese a su escaso carisma ha aprovechado de forma eficiente la imagen de su padre, lo que también ha permitido que la marca familiar incremente su presencia en el Parlamento (ingresan su madrastra y dos de sus hermanos). Por su parte, Lula se vio afectado por el agotamiento de buena parte de sus potenciales seguidores, por la percepción de los votantes de menores ingresos, sus apoyos más leales, de que la economía y las políticas públicas no resolvían sus problemas (buena parte de ellos está fuertemente endeudada), por los casos de corrupción, no solo el del banco Master sino también el que afectó a su hijo Lulinha, y, finalmente, por la lucha fratricida dentro del Supremo Tribunal Federal (STF).

El domingo 4 también se renovó la totalidad de la Cámara de Diputados y los dos tercios del Senado. El resultado mostró un importante avance del PL, de los Bolsonaro, aunque sin obtener la mayoría absoluta en ninguna de ellas, donde se mantiene la fragmentación. Habrá 13 partidos en el Senado y 15 o 16 en Diputados, con una presencia destacada del llamado Centrão, el conjunto de partidos de derecha y centro derecha que pugna por el control de la tarta presupuestaria. En las últimas décadas el Centrão ha presidido ambas cámaras y ha condicionado la labor del gobierno.

El Parlamento ejerce un control importante sobre el Ejecutivo: tiene la llave del presupuesto e incluso, a través del juicio político, el Senado puede remover a los magistrados del STF. La identidad y la pertenencia política de los presidentes de ambas cámaras será importante para medir la gobernabilidad del nuevo gobierno, pero esto dependerá de quién sea el próximo presidente, un dato clave para el futuro del país que se develará en solo tres semanas.

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