Un cerebro nada artificial

A Dario Amodei le apasiona el cerebro. Después de licenciarse en Física, consiguió un doctorado en biofísica de la Universidad de Princeton, donde se centró en la electrofisiología de circuitos neuronales. Su trabajo le valió un premio de la Hertz Foundation y así obtuvo un puesto de investigador posdoctoral en la Escuela de Medicina (sí, han leído bien) de la Universidad de Stanford.

De la ciencia, tras publicar un estudio profético titulado Concrete Problems in AI Safety, se mudó a la empresa. En sus primeros pasos hacia el sector privado, obtuvo una posición destacada en Google Brain, la empresa del universo Alphabet que se centraba en la creación y mejora de las redes neuronales profundas. Con este bagaje, acabó en OpenAI, donde ascendió al cargo de vicepresidente. Sin embargo, al cabo de cuatro años, se fue, cerrando la puerta de la firma de Sam Altman. Hubo divergencias estratégicas.

Anthropic, rival de OpenAI, ya vale 350.000 millones de dólares y recibe dinero de Google

Es cuando, en plena pandemia, a principios del 2021, junto a su inseparable hermana Daniela (que había trabajado en el Congreso y en la firma Stripe) nació Anthropic (antrópico significa “relativo al ser humano”). Dario Amodei era el jefe de una rebelión, o más bien de una escisión, porque se llevó a una docena de ingenieros de OpenAI para proponer un modelo de IA más enfocado en la seguridad y la ética, bautizado Claude.

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Gusi Bejer / Colaboradores

A diferencia de ChatGPT, Dario Amodei quiere promover un modelo de AI Constitucional. Es decir, que la IA aprenda a juzgar y corregir su propio comportamiento basándose en un código de conducta explícito, unas reglas fijadas de antemano. Además, sus resultados cuentan con ventanas de contexto muy grandes (pueden manejar libros enteros).

La propuesta despierta interés. Hace unos días, Google ha decidido invertir 300 millones de dólares en Anthropic. La firma de Mountan Wiew subirá al 10% del capital de la empresa de Amodei, que utilizará los servicios de Google Cloud (en el enésimo ejemplo de economía circular que está viviendo la IA). Anthropic ya tiene una valoración estelar, cercana a los 350.000 millones de dólares. Por cierto, ante los negocios, no valen los anteriores desencuentros, porque Microsoft, su anterior accionista de referencia cuando Amodei estaba en OpenAI, en un hábil juego a dos bandas, también ha decidido invertir en Anthropic.

Otra contradicción con sus pretensiones éticas salió a flote en julio de 2025 cuando se filtró un documento interno en el que Amodei informaba al personal que la empresa exploraría inversiones procedentes de Emiratos Árabes Unidos (EAU) — y Qatar. Reconocía que aceptar ese dinero probablemente enriquecería “dictadores”, y admitía que “es un gran perjuicio; no me hace ninguna gracia”, pero justificó la decisión argumentando que necesitaban capital para mantenerse competitivos.

Su padre italiano, llamado Riccardo Amodei, era un artesano del cuero y su madre estadounidense, Elena, gestionaba proyectos en bibliotecas. Sus progenitores ya tienen a su hijo como una de las 100 personas más influyentes del 2025 según la revista Time .

Preocupado por el futuro, Dario Amodei ha alertado en una ocasión que la IA podría eliminar hasta el 50% de los trabajos de oficina de nivel administrativo en los próximos cinco años, lo que podría elevar el desempleo en Estados Unidos al 10-20%, el triple de lo actual. Por ello, está a favor de un “impuesto por token” (un impuesto sobre el uso de la IA), donde un porcentaje de los ingresos de las empresas de IA (quizás un 3%) se destinaría al gobierno para ser redistribuido a los más necesitados.

El fundador de Anthropic describe un escenario en el que, gracias a la IA, “el cáncer ha sido curado, la economía crece un 10% al año, las cuentas públicas están equilibradas y el 20% de la población no tiene trabajo” (pero sí la renta universal). Asimismo, Dario Amodei cree que la a IA podría volverse “más inteligente que la mayoría — o todos — los humanos en prácticamente todas las formas”. Esto le lleva a considerar la posibilidad de que algún día las personas vivan “hasta los 150 años”. Más que antrópico, distópico.

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