El miércoles, los alcaldes de Madrid y de Barcelona comparecían en el Senado para explicar sus recetas para afrontar el problema de la falta de vivienda, y en concreto, en el caso de Barcelona, para opinar sobre el impacto de la declaración de zonas tensionadas. Me dicen que Collboni habría insistido en que “la no regulación explica las causas de la crisis de la vivienda”. ¿Collboni había afirmado tal cosa?
Para encontrar la respuesta a esta pregunta he visionado la totalidad de su comparecencia, y lo cierto es que ni Collboni dijo tal cosa ni la insinuó. En lo que insistió fue en que la solución definitiva se conseguirá cuando se hayan construido 10.000 nuevas viviendas públicas en la ciudad, cuando el 15% del parque esté constituido por oferta de alquiler de titularidad pública, cuando otras 10.000 viviendas hayan dejado de ser de uso turístico y cuando el sector privado haya construido en los solares que el Ayuntamiento está preparando. Como esto tomará más de una década, Collboni sostuvo que mientras tanto es necesario “tomar medidas”, y que la regulación permite “parar el golpe”, “ganar tiempo” y “evitar que nuestros jóvenes sean expulsados de sus ciudades” por el aumento de los precios.
¿Por qué es escasa la vivienda en ciudades como Barcelona? La respuesta es el éxito
Ahora bien, y como tantas veces, nos encontramos con una solución sin diagnóstico. ¿Por qué es escasa –y, por tanto, cara– la vivienda en Barcelona y en tantas ciudades europeas? La respuesta es el éxito: todas las ciudades atractivas tienen un problema de vivienda, y con atractivas quiero decir las que atraen a turistas, expatriados, estudiantes e inmigrantes. Todos ellos deben dormir en algún sitio y compiten por la vivienda con los residentes. Estas ciudades divergen en qué hacer mientras tanto –Madrid apuesta por no regular y Barcelona, por hacerlo–, pero todas comparten la solución: construir.
Ahora bien, Barcelona no puede construir como cualquiera de ellas. El único obstáculo geográfico al que se enfrenta Madrid –la sierra– está en el noroeste y se sitúa a 10 km de la Cibeles; París no tiene ninguno a 25 km del Arco de Triunfo; el centro de Milán está a 30 km de las estribaciones de los Alpes, y ni Londres, ni Berlín ni Moscú tienen ninguno. El Cinc d’Oros, en cambio, está a 3 km del mar y de Collserola, y a 10 km de las montañas del Ordal y de la Conreria.
Barcelona, pues, además de construir debe hacer dos cosas. La primera, dotarse de una red de ferrocarriles de media distancia que expanda la ciudad real hasta 50 km a su redonda. Esto nos tomará mucho más de una década si nos lo tomamos tan en serio como ahora nos estamos tomando las cercanías. La segunda, administrar su atractivo, o sea, ser mucho más selectivos. Sobre todo en turismo, pero también en estudiantes extranjeros, en inversiones productivas y en inmigrantes. No todo cabe, y, por tanto, solo tenemos que acoger lo que más aporte.
