China ya no tiene emperador, ni estados tributarios. Pero eso no quiere decir que no haya cola para ser recibido en Pekín por Xi Jinping. El presidente chino acogía este jueves al premier británico Keir Starmer, dos días después de despedir al primer ministro finlandés, Petteri Orpo. No menos trascendental fue la visita de hace dos semanas del mandatario canadiense, Mark Carney -a quien precedió el jefe de gobierno irlandés, Micheál Martin- o la de presidente francés, Emmanuel Macron, el mes pasado.
Xi Jinping tiene motivos para exhibir la más discreta de las sonrisas, tras su pose de esfinge. No en vano, han pasado solo seis meses desde que Ursula von der Leyen y António Costa acudieran a la cumbre China-UE con un catálogo de exigencias, un memorial de agravios y opiniones fuertes sobre asuntos internos. Fueron recibidos con el más exiguo protocolo y despedidos de la misma manera, el mismo día, como estaba pactado. Desde entonces, la acumulación de embestidas al orden internacional parecen haber desplazado el eje de rotación de la Tierra.
Y eso que Donald Trump apenas lleva un año en la Casa Blanca. Asimismo, solo han pasado nueve meses desde que su secretario del Tesoro, Scott Bessent, dijera -al hilo de la visita a Xi Jinping del presidente español, Pedro Sánchez- que “acercarse a China sería como cortarse el cuello”. El jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, también le afeó la visita por “imprudente” y “unilateral”. “No gusta en la UE”, advertía.
Mucho ha llovido en tan poco tiempo y las visitas de mandatarios europeos a Pekín ya no deben envolverse en superioridad moral, ni van acompañadas de una carabina comunitaria. China no ha dejado de ser, para la UE, “un rival sistémico” -expresión detestada en Pekín- pero la actitud es constructiva.
Cuando solo han pasado seis meses desde que Von der Leyen y Costa expresaran ante Xi Jinping su preocupación por Hong Kong -y por Xinjian y el Tíbet- el primer ministro de la expotencia colonial, Keir Starmer, se ha presentado en Pekín para hablar de temas aparentemente más urgentes. Dando carpetazo a casi ocho años de boicot oficioso (Theresa May fue la última premier británica en visitar a Xi). No es el único peaje que ha pagado Starmer para ser recibido en los aledaños de la Ciudad Prohibida. Hace una semana tuvo que dar luz verde a la construcción de la nueva y gigantesca embajada de China, junto a la Torre de Londres, que también llevaba ocho años empantanada.
Multilateralismo
Las embestidas de Trump hacen buena a China, el antiguo “rival sistémico”
Curiosamente, fue bajo un primer ministro tory y de la vieja escuela, David Cameron, cuando se llegó a hablar de “época dorada” en la relación con China. Fue cuando Xi fue recibido con pompa por la reina Isabel. Desde entonces, cada nuevo primer ministro británico degradó un poco más la relación política -no tanto la económica- en línea con EE.UU. Una espiral descendente a la que el gobierno de Starmer le quiere dar la vuelta, por pragmatismo: “Debemos cooperar cuando podamos, competir cuando debamos y plantar cara cuando haga falta”.
En honor a la verdad, en el apogeo del pulso arancelario que Donald Trump le echó a Xi Jinping, fueron pocos los que se arriesgaron a predisponer en su contra al presidente estadounidense. Pero eso pulso no se resolvió como esperaba y el mundo ya es otro. Algo que reconoce hasta la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU., que rehúye el choque frontal con China (y con Rusia). Otra cosa es Europa o sus propios vecinos.
Starmer quiere dar la vuelta a las relaciones con China por pragmatismo: “Debemos cooperar cuando podamos, competir cuando debamos y plantar cara cuando haga falta”
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, cogió el toro por los cuernos y se plantó en Pekín para rectificar años de seguidismo de Washington de la mano de Justin Trudeau.
Carney -a la postre exgobernador del Banco de Inglaterra- renegoció aranceles con Xi Jinping y luego hizo un discurso muy comentado en Davos sobre el final del mundo como lo conocimos. No se sabe qué le dolió más a Donald Trump, que días después le amenazó, no con cortarle la cabeza sino con doblarle los aranceles, en caso de que suscribiera un tratado de libre comercio con China. Extremo que Carney ha tenido mucho cuidado en descartar.
Keir Starmer, por su parte, ha acudido a Pekín -y luego a Shanghai- acompañado de sesenta eminencias de la empresa y la cultura. “Estáis haciendo historia”, les dijo el primer día, antes de levantar lo que pudiera quedar de repudio al todopoderoso secretario general del Partido Comunista de China. “Estamos decididos a mirar adelante, a aprovechar las oportunidades, a construir relaciones… y a estar siempre absolutamente enfocados hacia nuestro interés nacional”.
Cabe señalar, por último, que el canciller alemán Friedrich Merz, que hace pocos días estuvo en India, ha considerado prudente que Francia y Reino Unido le precedieran, pero su visita de estado a Pekín se espera ya para finales de febrero. Si esto no es un viraje a China es, por lo menos, un peregrinaje.
