2026 confirma que hemos entrado en un cambio de época. La seguridad ha dejado de ser un debate periférico para convertirse en una condición previa del progreso, la prosperidad y la confianza social. Eso implica garantizar comunicaciones seguras, proteger infraestructuras críticas, anticipar amenazas híbridas y asumir que la dependencia tecnológica en seguridad se ha erigido en un vector central de nuestra resiliencia colectiva y de nuestra soberanía. Reforzar capacidades, reducir vulnerabilidades y actuar con una visión integrada entre el espacio aéreo y el ultraterrestre ya no es una opción: es una necesidad.
Este impulso tiene traducción presupuestaria y programática. El Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa prevé movilizar más de 35.000 millones de euros en 2026 para alcanzar el 2% del PIB, con una apuesta explícita por nuevas tecnologías de telecomunicación y ciberseguridad —que concentran el 31% de la inversión— y por tecnologías de doble propósito como la inteligencia artificial, la computación cuántica, el 5G y la internet de las cosas. A escala europea, la Comisión avanza en instrumentos que conectan investigación colaborativa y preparación industrial. El programa del Fondo Europeo de Defensa ya está operativo, mientras que el Programa de Defensa se erige como palanca para fortalecer la base industrial y la seguridad de suministro del continente.
En este contexto, el sector aeroespacial vive un momento de expansión excepcional. La falta de proveedores genera tensiones agudas en la cadena de suministro que se traducen en retrasos significativos para fabricantes como Airbus. Paralelamente, la coyuntura geopolítica ha impulsado el sector de defensa y seguridad —que comparte, en muchos casos, a los mismos proveedores— hacia un crecimiento que se estima sostenible a largo plazo. Para Catalunya, que cuenta con un tejido industrial aeroespacial de referencia, esta confluencia representa una oportunidad estratégica de primer orden.
Catalunya, que cuenta con un tejido industrial aeroespacial de referencia, es una oportunidad estratégica de primer orden
La urgencia de la diversificación productiva no admite aplazamientos. Hay que transitar de los sectores tradicionales maduros hacia actividades de alto valor añadido y proyección de futuro. El sector aeroespacial y de defensa reúne precisamente estas condiciones: es intensivo en tecnología, genera empleo cualificado y opera en mercados con demanda creciente y sostenible. Más del 80% de las empresas tecnológicas catalanas son pymes y superar las barreras de entrada en un sector tan exigente requiere recursos y capacidades que van más allá de lo que puede movilizar una empresa por sí sola.
La respuesta pasa por articular alianzas sólidas entre empresas, centros tecnológicos y universidades para constituir consorcios capaces de optar a proyectos de mayor dimensión y, por lo tanto, de crecer con ambición y visión de futuro. La política industrial tiene que facilitar este tráfico, no dejarlo al azar.
AeroS es la organización que agrupa el ecosistema aeronáutico, espacial y de defensa de Catalunya, con un objetivo claro: impulsar oportunidades de negocio y proyectos colaborativos para que pymes, startups e industria consolidada puedan competir en una cadena de valor exigente e intensiva en innovación, porque sumando se multiplican resultados. Lo hacemos con la convicción de que la colaboración publico-privada es la manera más eficiente de convertir capacidad potencial en capacidad demostrada, para generar confianza, inversión y talento.
La TaskForce, creada por AeroS, ha empezado a trabajar para fortalecer y ampliar las capacidades duales y canalizar las relaciones con los ministerios de Defensa e Industria y Turismo. El primer diagnóstico es exigente y, por eso, útil. Según el análisis presentado por la TaskForce sobre los Programas Especiales de Modernización (PEM) 2025, ninguna empresa catalana aparece como adjudicataria principal y el reparto territorial se ha concentrado en otras comunidades. No es una lectura resignada; es una señal para actuar sobre factores concretos: anticipación, consorcios, certificaciones, seguridad industrial y conocimiento real del ciclo de adquisición.
Por eso, hemos pasado de la diagnosis a las herramientas. En marzo de 2026 hemos inaugurado un programa ejecutivo con AP Institute para facilitar la entrada de empresas en el sector de la defensa, con metodología y visión práctica sobre como acceder, posicionar y crecer en un entorno regulado y, en paralelo hemos reforzado la dimensión europea entrante en el European Aerospace Cluster Partnership, una puerta de acceso directa en alianzas entre clústers y proyectos transfronterizos.
En el ecosistema catalán conviven empresas con capacidad industrial y tecnológica —como Indra, GDELS-Santa Bárbara, Airbus, Vueling, Gutmar, Pangea Aerospace o Sateliot— con centros de investigación e infraestructuras de primer nivel. El impacto potencial de esta apuesta es mesurable. Según un informe elaborado por PwC en el 2023 este sector contribuyó con 19.688 M€ al PIB, 215.607 puestos de trabajo, 8.258 millones de euros en exportaciones y 2.403 millones de euros en I+D+i. Cifras que describen un motor de innovación y empleo cualificado con efecto tractor sobre proveedores.
En el ecosistema catalán conviven empresas con capacidad industrial y tecnológica con centros de investigación e infraestructuras de primer nivel
¿Qué hay que hacer, entonces? Primero, gobernanza compartida: que administraciones y empresas alineen prioridades, calendario e instrumentos, con ventanillas únicas de orientación para pymes. Segundo, excelencia operativa: invertir en calidad, trazabilidad y estándares como el EN9100, clave para competir a la cadena aeroespacial. Tercero, seguridad y ética: prepararse para trabajar con información sensible, reforzar ciberseguridad y cumplir requisitos de habilitación, siempre bajo control democrático y con un compromiso nítido con la protección de derechos y el interés general.
El llamamiento es simple y exigente al mismo tiempo: unidad y colaboración. Si lo hacemos bien, Catalunya se puede convertir en un polo del sur de Europa en tecnología dual: más empleo cualificado, más capacidad exportadora, más soberanía tecnológica y más resiliencia para la sociedad.
