Este fin de semana, Barcelona –la ciudad donde nació la UGT hace casi 140 años– acoge una cumbre sindical internacional en un momento decisivo. No es una reunión más, sino una respuesta colectiva a un mundo cada vez más polarizado, donde se debilitan las reglas del derecho internacional y la ley del más fuerte amenaza con imponerse sobre la justicia, la cooperación y la paz.
Vivimos una etapa convulsa, marcada por la inestabilidad geopolítica y una creciente concentración de riqueza y poder en manos de quienes controlan la tecnología, la inteligencia artificial y, especialmente, la energía. No es solo un fenómeno económico: esa acumulación está alimentando tensiones globales y estrategias de dominación que ponen en riesgo la paz, al utilizar el control de los recursos energéticos como instrumento de presión y conflicto.
Barcelona acoge una cumbre sindical ante los desafíos globales de un mundo en disputa
Se trata de una nueva forma de acumulación que amplía las desigualdades, condiciona la organización del trabajo y pone en riesgo los pilares del Estado del bienestar. Hoy, el poder no solo se mide en capital, sino en la capacidad de decidir sobre datos, algoritmos, energía y condiciones laborales, muchas veces sin control democrático.
En este contexto, el avance de los extremismos de derecha representa una amenaza directa. No solo cuestionan derechos laborales y sociales, sino que debilitan la negociación colectiva, atacan a las organizaciones sindicales y promueven discursos que enfrentan a los trabajadores entre sí. Bajo una apariencia de defensa de lo nacional o lo popular , encubren políticas que favorecen la desregulación y refuerzan el poder de quienes concentran la riqueza.
Frente a ello, más de un centenar de organizaciones sindicales de todos los rincones del mundo se reúnen en Barcelona para construir una respuesta común. Esa diversidad es una fortaleza: distintas realidades y modelos, pero retos compartidos. Representan a millones de trabajadoras y trabajadores organizados y constituyen uno de los principales contrapesos frente a los excesos del poder económico.
Los sindicatos, a través de la Confederación Sindical Internacional (CSI), que aglutina a más de 191 millones de personas afiliadas voluntariamente, compartimos el objetivo de que esta Movilización Progresista Mundial contribuya de forma decisiva a extender los valores de solidaridad, inclusión y justicia que representan el movimiento obrero. Porque los desafíos —la precariedad, la transición tecnológica, la crisis energética o la distribución de la riqueza— son globales, y solo desde la cooperación podremos afrontarlos con eficacia. La disyuntiva es clara: o avanzamos hacia un modelo basado en la justicia social, el reparto equitativo y la democracia, o dejamos que se imponga un sistema donde el poder económico y tecnológico decide sin límites.
Barcelona será, estos días, un espacio de unidad y de compromiso. Porque frente a la desigualdad, el miedo y la división, la respuesta sigue siendo la misma: más derechos, más organización y más democracia.
