Optimismo depresivo

Las idas y venidas de Trump sobre Irán agotan. En particular, porque llueven sobre mojado: llevamos demasiado tiempo angustiados por un incierto futuro que se ensombrece con facilidad. No me extraña la creciente necesidad de olvidar el presente y, como muchos jóvenes, regresar a la máxima del carpe diem del poeta romano Horacio: vivamos hoy, mañana ya veremos.

Porque, aunque es cierto que la macroeconomía y la situación personal no son lo mismo, hay que convenir que los acontecimientos macro siempre nos afectan y, desde el cambio de siglo, los vividos han generado un constante tiovivo emocional. Así, tras unos primeros dos mil de mejora del nivel de vida, elevada inmigración y mercado de la vivienda con alquileres contenidos, llegó el primer golpe: crisis de las subprime en EE.UU., espantosa destrucción de empleo (unos 4 millones en España y 700.000 en Catalunya), angustias financieras, intervención europea y el temor al posible abandono del euro. Pasaron los años, y como no hay mal que cien años dure, tras la tempestad llegó la calma: en el 2015 y el 2016, reabsorbidos los más serios problemas de endeudamiento, comenzamos a crecer de nuevo. Y en eso estábamos cuando la covid, y la excesiva dependencia de servicios personales, mostró a las claras nuestras debilidades: en el 2020 el PIB se hundió un insólito 12%.

A pesar de tanta adversidad, hay datos para no resistirse a un alegato positivo

Cuando comenzábamos a absorber los peores efectos de la pandemia, los impactos de la guerra en Ucrania deprimieron el crecimiento en Europa y situaron el IPC en el entorno del 10%, obligando al BCE a elevar tipos de interés (verano del 2022), un endurecimiento monetario que alcanzó su cenit en otoño del 2023 aunque, impulsado por la demanda de servicios personales, el empleo mejoró extraordinariamente. En estas estábamos cuando, hace ahora un año, el choque arancelario de Trump provocó nuevas angustias, que estábamos superando cuando la guerra en Irán nos ha golpeado de nuevo. No extraña, pues, que esta semana, el tono de los encuentros semestrales del FMI en Washington sea sombrío: si la guerra no finaliza pronto, lo pasaremos realmente mal. Demasiadas noticias preocupantes, demasiadas advertencias sobre el futuro, demasiadas tensiones sociales, demasiadas angustias económicas: difícil aguantar esa realidad sin deprimirse.

A pesar de tanta adversidad, no me resisto a un alegato positivo: nuestra deuda neta exterior ha caído espectacularmente (de cerca del 100% del PIB en el 2008 a escasamente el 40% hoy); las exportaciones se han elevado a valores históricos; desde el 2012, el saldo exterior es positivo por vez primera en la historia del país; y el crecimiento del empleo la última década ha sido extraordinario: 4,3 millones en España y 800.000 en Catalunya. La situación es difícil pero es mejor, mucho mejor, de la que teníamos hace escasamente 15 años.

Cansados, sí. Deprimidos, seguro. Pero optimistas, también.

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