La otra guerra de Trump sigue su curso, tapada por el conflicto bélico en Irán que ha puesto al mundo en jaque y tiene temblando a la economía global.
Pero, en el Caribe y en el este del Pacífico, el ejército de Estados Unidos no deja de lanzar bombardeos contra supuestas narcolanchas, sin que se haya dado prueba alguna de quienes so los muertos o qué material se les incautó al ser hundidos–, desde que el pasado septiembre empezaron las hostilidades.
Las más de 60 operaciones crean temor en las comunidades costeras de Colombia y Ecuador
El caribeño frente ha registrado mucha actividad en los últimos días. El Pentágono informó el sábado de otro ataque contra una embarcación acusada de traficar con drogas en el Pacífico oriental. El balance fue de tres muertos en lo que fue la cuarta acción en una semana y elevó el número total de victimas mortales a 205.
El Comando Sur de EE.UU. anunció el ataque con su lenguaje habitual. Explicó que la embarcación estaba “involucrada en operaciones de narcotráfico” y era operada por una organización terrorista designada por la Casa Blanca. Una vez más no presentó pruebas que respaldaran esa acusación.

Se trata del episodio más reciente de una campaña que dura ya nueve meses y se puso en marcha contra supuestas embarcaciones que son manejadas por carteles de la droga en aguas internacionales de América del Sur.
Un video difundido el Departamento de Defensa en las redes sociales mostró una pequeña embarcación flotando en el océano antes de ser alcanzada y envuelta en una bola de fuego.

El vídeo en esta ocasión tenía aparentemente un rasgo diferenciador. Las imágenes son en color en lugar del blanco y negro que era habitual.
Después de la orden dada por el general Francis L. Donovan, máximo responsable del citado Comando Sur, ese supuso el caso más reciente, pero esto mismos se ha ido repitiendo en más de 60 operaciones similares.
Los ataques se han caracterizado por el secretismo: apenas cuerpos recuperados de fallecidas y escasos hallazgos de droga
A lo largo de estos meses, y sin excepción, los ataques se han caracterizado por el secretismo. Muy pocos cuerpos de los fallecidos se han recuperado y existe escasa evidencia física o ninguna de restos o de las drogas que la administración de Donald Trump sostiene que las embarcaciones transportaban.
Según una gran cantidad de analistas jurídicos, esos bombardeos son ilegales porque las fuerzas armadas tienen prohibido atacar deliberadamente a civiles, incluso si se cree que han cometido un delito, a menos que representen una amenaza inmediata.

Incluso si transportan drogas, insisten esos expertos, las investigaciones han demostrado que se trata de correos del narcotráfico que han sido chantajeados, coaccionados e intimidados para pilotar las embarcaciones. Por lo general, son personas desempleadas o endeudadas, en situación de vulnerabilidad e indefensión.
Otros sencillamente consideran estos operativos constitutivos de crímenes de guerra.
El lenguaje del secretario de Defensa, Pete Hegsteh, no especifica nada, salvo que compara a estos presuntos narcos con los militantes yihadistas que atacaron a EE.UU. el 11 de septiembre del 2001.
Esos analistas recalcaron también que no consta que estos ataques hayan tenido algún impacto en la cantidad de cocaína y otras sustancias que llegan desde Sudamérica al mercado estadounidense.
La Unión por las Libertades Civiles (ACLU) cree que las alegaciones de Washington contra los lancheros son “acusaciones infundadas y destinadas a sembrar miedo”
La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU) considera que las alegaciones del gobierno de Washington contra las personas a las que pone en el punto de mira no son más que “acusaciones infundadas y destinadas a sembrar miedo”.
Así que, además de los muertos, existe otra dimensión en estas acciones letales. Las comunidades costeras de Colombia y Ecuador, de donde se cree que partieron la mayoría de las embarcaciones, contabilizan las pérdidas no solo en familiares que nunca regresaron, sino también en la manera en que los ataques han trastocado la vida de quienes dependen del mar para subsistir y que ahora le temen, tal como informó The New York Times .

Los habitantes reconocieron al Times cómo comunidades enteras han abandonado la pesca porque las pequeñas lanchas utilizadas por traficantes y pescadores suelen ser prácticamente indistinguibles.
A las fuerzas de la naturaleza y a los piratas, los pesadores se enfrentan ahora a esos bombardeos. Ese temor ha propiciado que muchas personas de zonas costeras hayan renunciado y dejado de salir a pescar.

