Vance y Rubio, el duelo republicano

El año que viene por estas fechas ya se habrán presentado varias candidaturas para las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del 2028. Las campañas son cada vez más caras y complejas, y no se puede dejar nada al azar.

En el bando demócrata se da por segura la candidatura de Gavin Newsom, exalcalde de San Francisco y actual gobernador de California, pero a buen seguro que concurrirán varias candidaturas más, especialmente si el Partido Demócrata se hace con el control de una o ambas cámaras del Congreso en las elecciones legislativas de noviembre.

Vance tiene la historia a su favor para ser presidente, pero Rubio acaso posee más bagaje político

Pero la actualidad se centra en la soterrada pugna que se desarrolla en el Partido Republicano para designar al sucesor de Donald Trump, toda vez que de momento se han acallado las voces que sugerían la posibilidad de un tercer mandato, flagrantemente inconstitucional, del emperador de Mar-a-Lago. De que sigue siendo el amo y señor del partido, pocas dudas puede haber. En apenas unas semanas ha acabado con las carreras de dos senadores y un congresista republicanos que habían osado criticarle, mediante el procedimiento habitual de hacerles perder las elecciones primarias ante otro candidato más del gusto de la Casa Blanca.

Evidentemente, la actualidad está marcada por la rivalidad sobre la herencia de la púrpura que mantienen –eso sí, con la mayor discreción posible– el vicepresidente James David Vance, 41 años, más conocido como J.D. Vance, y el secretario de Estado –entre otras funciones–, Marco Antonio Rubio, 55 años recién cumplidos, el primer jefe de la diplomacia estadounidense de origen hispano.

Marco Rubio y J.D. Vance sonríen en la charla con su compatriota, el papa León XIV
Marco Rubio y J.D. Vance sonríen en la charla con su compatriota, el papa León XIVSimone Risoluti / Reuters

A favor de Vance está la historia: nada menos que seis de los últimos catorce presidentes, casi la mitad, ocuparon antes la vicepresidencia. Aunque acumula menos funciones que Rubio, desempeña una tarea crucial cara a una futura campaña presidencial, la dirección financiera del Comité Nacional Republicano, lo que le permite estar en contacto con los grandes donantes de fondos. Su populismo en materia económica casa bien con la base obrerista y rural del movimiento MAGA (“Make America great again”), pero suscita dudas sobre sus verdaderas convicciones, al fin y al cabo es un protegido de Peter Thiel, empresario ultraconservador que fundó PayPal con Elon Musk y factótum de Palantir Technologies, compañía puntera en el sector de la defensa.

Más difíciles de asimilar son sus actitudes aislacionistas en materia de política exterior, lo que le ha colocado en una posición incó­moda ante la chapuza perpetrada por Trump y Netanyahu en Irán y Líbano. Especialmente emba­razosa fue su misión a Pakistán para volver con las manos vacías, por no hablar de su mitin en Budapest para apoyar a Viktor Orbán pocos días antes de la abrumadora derrota del político ultra húngaro.

Marco Rubio, en cambio, con amplia experiencia política –presidente de la Cámara de Representantes de Florida, senador federal durante 14 años y rival de Trump en las primarias republicanas del 2016–, puede verse beneficiado por lo sucedido en Venezuela y por lo que pueda pasar en Cuba, la patria de sus padres. Da la sensación, en definitiva, de poseer más bagaje político y convicciones más firmes que las del vicepresidente Vance.

Que ninguno de los dos espere, en cualquier caso, el paso a un discreto segundo plano del presidente Trump, que tiene toda la pinta de intentar ejercer al máximo sus poderes hasta el 20 de enero del 2029, la fecha de la toma de posesión de su posible sucesor.

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