Europa: tenemos lo necesario

¿Somos los europeos capaces de alcanzar un acuerdo? Esta es, sin duda, una cuestión existencial a la que los europeos debemos responder hoy, especialmente quienes asumimos la responsabilidad de dejar a las generaciones futuras una Europa fuerte, con voz propia; una Europa que siga siendo el proyecto de paz y democracia que nos legaron nuestros padres fundadores, desde Schuman hasta Willy Brandt; una Europa que sea un actor decisivo.

La guerra ha vuelto a resurgir en el continente europeo. La agresión de Rusia contra Ucrania ha hecho añicos las premisas arraigadas durante mucho tiempo sobre la seguridad en Europa y nos ha recordado que la paz no puede darse por sentada. Al mismo tiempo, las potencias autoritarias actúan con creciente confianza, se recurre cada vez más a la coerción económica como instrumento de política estatal y el orden internacional basado en reglas confronta una presión creciente.

Esas son amenazas reales, pero también constituyen argumentos para avanzar con una determinación aún mayor. La única manera de impulsar nuestro proyecto común no es con más nacionalismo, sino con mayor unidad. No solo con más normas y procedimientos, sino con mayor voluntad política. Estas son las dos fuerzas impulsoras de Europa, y, por eso, quienes desean que seamos débiles, pequeños y estemos divididos –los enemigos de Europa, tanto fuera como dentro de nuestras fronteras– nos atacan precisamente en esos ámbitos. El hecho de que dos países tan alejados geográficamente y con historias tan diferentes como España y Polonia compartan una visión para un futuro común es lo que da vida al proyecto europeo.

La bandera de la UE ondeando en el Parlamento Europeo, en Estasburgo
La bandera de la UE ondeando en el Parlamento Europeo, en EstasburgoFREDERICK FLORIN / AFP

Una Europa fuerte, democrática y segura, que construyamos sobre una auténtica soberanía europea, debe basarse en tres pilares fundamentales.

El primero es la economía. Como se señala en los informes Letta y Draghi, debemos completar el mercado único para impulsar la competitividad de nuestras empresas, culminar la integración de los mercados de capitales, construir un verdadero mercado digital europeo y evitar que la innovación que se genera en Europa sea financiada y explotada principalmente por actores externos. Al mismo tiempo, debemos asegurarnos de culminar el proceso de reducción de las disparidades de desarrollo dentro de la Unión Europea. Por eso trabajamos conjuntamente en el seno del grupo informal de Amigos de la Política de Cohesión. Asimismo, estamos abiertos a profundizar las relaciones comerciales con terceros países, al mismo tiempo que protegemos nuestra industria, reforzamos determinados sectores y aprovechamos las ventajas que nos ofrece nuestro mercado.

En segundo lugar, debemos reforzar la Europa de la democracia y los valores. Nuestra fortaleza no deriva únicamente del tamaño de nuestro mercado ni de la sofisticación de nuestras instituciones. Deriva de nuestro compromiso con la democracia, el pluralismo político, el Estado de derecho y la protección de las libertades individuales. Estos principios no son aspiraciones abstractas, sino que constituyen el fundamento de la estabilidad, la prosperidad y la legitimidad de Europa, que hoy se enfrentan a una presión creciente. La guerra de Rusia contra Ucrania no es simplemente un ataque contra un Estado soberano; es un ataque al principio de que las fronteras no pueden modificarse por la fuerza y de que las naciones tienen derecho a elegir su propio futuro. Al mismo tiempo, las instituciones democráticas de toda Europa están siendo puestas a prueba por la polarización, la desinformación y los desafíos al Estado de derecho. No podemos dar por sentado que los logros de las generaciones precedentes se mantendrán por sí solos.

En este sentido, la ampliación constituye algo más que un mero desafío técnico. La Unión Europea ya dispone de mecanismos eficaces para garantizar la integración exitosa de nuevos miembros en ámbitos como la economía, la agricultura, la política industrial y la estabilidad fiscal. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que resulta más difícil garantizar el respeto continuado de los valores democráticos. No basta con cumplir los requisitos democráticos en el momento de la adhesión a la Unión Europea, sino que debe contarse con mecanismos que permitan hacer frente a retrocesos democráticos inaceptables una vez que un país se haya convertido en Estado miembro.

El tercer pilar se refiere a la seguridad y la defensa. Rusia, que sigue combatiendo en el Donbass por decimotercer año consecutivo, no ha logrado alcanzar sus objetivos y ha pagado un alto precio por su agresión. Europa ha sabido estar a la altura y ha mantenido una postura coherente. Las sanciones han debilitado sus perspectivas económicas a largo plazo y la guerra ha puesto de manifiesto importantes limitaciones en sus capacidades militares. Sin embargo, la amenaza no ha desaparecido y el resultado de esta guerra configurará el orden de seguridad europeo durante décadas. Si la agresión se ve recompensada, volverá a repetirse, pero si Ucrania prevalece, Europa reafirmará un principio fundamental: la primacía del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, según los cuales las fronteras no pueden modificarse por la fuerza y las naciones soberanas son libres de elegir su propio futuro. Por tanto, apoyar a Ucrania no es simplemente un acto de solidaridad, sino que se trata de una inversión en la propia seguridad de Europa. Una Europa que, desde África hasta Oriente Medio, desempeña un papel activo en la promoción de la paz, la seguridad y la estabilidad.

Tanto la guerra en Ucrania como la escalada del conflicto en Oriente Medio nos obligan a plantearnos una política común de seguridad y defensa más ambiciosa, que nos permita tener nuestra seguridad y nuestra capacidad de disuasión en nuestras propias manos. La fortaleza disuade; la debilidad provoca. La cooperación con Estados Unidos sigue siendo esencial, pero lo cierto es que los propios estadounidenses nos están animando a los europeos a asumir una parte cada vez mayor de la responsabilidad de nuestra propia defensa. Para fortalecernos, necesitamos desarrollar nuestras capacidades europeas en consonancia con nuestros aliados de la OTAN. Puede parecer un desafío enorme, pero hay motivos para el optimismo. Tenemos un precedente magnífico en Airbus, un proyecto que comenzó con una clara desventaja tecnológica frente a Estados Unidos y que ha llegado a convertirse en un líder mundial. La industria europea de defensa podría seguir un camino similar.

Para avanzar en todos estos ámbitos –la economía, la democracia y la seguridad– no tenemos que esperar a que los 27 estados miembros estén plenamente de acuerdo. Podemos progresar mediante un sistema de proyectos ambiciosos al amparo del mecanismo de cooperación reforzada, como ocurrió con la creación del espacio Schengen o de la Fiscalía Europea. La clave es que estas iniciativas pioneras permanezcan abiertas para que otros Estados puedan sumarse posteriormente. Reconocemos el valor del consenso para fomentar la implicación en las principales iniciativas de la Unión Europea, pero debemos reflexionar sobre las lecciones aprendidas de situaciones en las que un solo Estado miembro ha bloqueado decisiones fundamentales para la Unión.

En este contexto, la elección de Europa es clara. Podemos actuar unidos y seguir siendo un actor global capaz de influir en el curso de los acontecimientos, o podemos resignarnos a convertirnos en meros espectadores de decisiones tomadas en otros lugares. La cuestión es quién se convertirá en el tercer polo de poder mundial. Nosotros tenemos claro cuál debería ser la respuesta.

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