Jeffrey Epstein, la historia de un suicidio y una conspiración

Aquel 10 de agosto del 2019 una noticia sorprendió a Estados Unidos. Jeffrey Epstein, el pervertido sexual amigo del presidente Donald Trump, del expresidente Bill Clinton, del entonces príncipe Andrés de Reino Unido y de una larga retahíla de millonarios y personalidades influyentes, fue hallado muerto en su celda del Metropolitan Correctional Center (MCC), en el bajo Manhattan.

Lo encontraron colgado en la ronda matinal. Llevaba encerrado desde el 6 de julio y sin derecho a fianza. Todo apuntaba y así lo ratificó la autopsia, que se había suicidado. Pero de inmediato se propagaron las conspiraciones de que alguien lo había matado.

“Algunas personas me calificaron de teórico de la conspiración por el asunto Epstein”, reconoció este miércoles JD Vance, hoy vicepresidente y entonces senador republicano que puso en marcha como pocos el ventilador de los rumores.

Vance se expresó así tras publicarse en The New York Times un documentado reportaje en el que se describen las últimas semanas del depravado traficante y abusador de mujeres y menores de edad, que lleva meses golpeando la credibilidad de la Casa Blanca por el intento del presidente Donald Trump de esconder esos archivos.

“La imagen que surge no es la de una elaborada conspiración, como habría requerido un asesinato, sino la de una desafortunada, aunque no improbable, convergencia de fallos institucionales, errores humanos y acontecimientos fortuitos, que crearon una oportunidad para que Epstein actuara conforme a un deseo ya bien establecido y que anteriormente había intentado llevar a cabo sin éxito”, subraya el Times.

“Solo dolor para mí y para otros en el futuro”, escribió Epstein en alguna de esas jornadas de encarcelamiento. “Días después, se le presentaría una oportunidad para escapar de ese futuro”, sostiene la cabecera neoyorquina.

Algunas preguntas importantes sobre la muerte del financiero siguen sin respuesta y probablemente nunca puedan responderse. “Epstein mostró, sin embargo, un claro patrón de comportamiento en las semanas previas a su muerte que sugería una intención de suicidarse”, explica el diario.

“La aparente nota de suicidio reflejaba la desesperación de Epstein y su deseo de despedirse en sus propios términos. Otros escritos de sus últimos días mostraban un deterioro de su estado mental, incluida otra nota en la que insinuaba que pensaba acabar con su vida”, añade. Además, un antiguo compañero de celda confesó que Epstein hizo más de un intento de hacerse un lazo corredizo.

También localizaron a un ex recluso, nunca antes entrevistado, alojado en una celda vecina en el momento de la muerte del pederasta, que ya cumplió trece meses de cárcel en Florida en la primera década de este siglo. El relato de ese preso respalda de forma circunstancial que Epstein se ahorcó.

Otro factor que confirma el suicidio se fundamenta en que patólogos independientes, que revisaron la autopsia, determinaron que un probable error en el registro de las pruebas recogidas en su celda creó la impresión de que existían misterios en torno a sus lesiones cuando, en realidad, estas podían explicarse por otras evidencias presentes en la escena que se desestimaron.

Si existe un culpable es el propio centro penitenciario, donde los funcionarios hacían jornadas de 20 horas seguidas (los dos encargados de la vigilancia aquella noche se durmieron) o la mayoría de las cámaras no funcionaban o no grababan.

Sin embargo, “habría hecho falta una conspiración masiva” para que alguien ejecutara a Epstein y no dejara ni rastro.

Geoffrey Berman, fiscal federal del Distrito Sur de Nueva York, y su equipo llevaban nueve meses construyendo el sumario contra Epstein para evitar errores estratégicos que permitieran que se escabullera de la justicia como ocurrió años atrás. Pero Epstein se les escapó de nuevo de la peor manera posible.

“Berman expresó su indignación ante su esposa. ‘La CMC tiene una sola maldita tarea: mantener a salvo a nuestros acusados’, recordaría más tarde haber dicho. “‘Y ni siquiera son capaces de hacerlo bien con su recluso más famoso’”, lamentó el fiscal.

Una de las pocas grabaciones en vídeo que existe captó que alguien con mono naranja estuvo por el entorno de la celda de Epstein, que desde el 9 de agosto se había quedado sin compañía.

Existía una ruta desde los ascensores hasta el módulo donde se encontraba Epstein, señala el reportaje, que habría permitido a un agresor, avanzando pegado a la pared, pasar sin ser detectado por ninguna cámara que grabara. Pero utilizar ese camino habría requerido pasar frente a varias cámaras que, aunque no estaban registrando imágenes, sí eran supervisadas en tiempo real por el centro de control, que además chequeaba de forma remota las cerraduras de las puertas exteriores de la unidad.

También habría sido necesario disponer de tres llaves físicas: la de la puerta interior de esa unidad, la del módulo y la de la celda. Varios funcionarios afirmaron que esas llaves estaban en posesión, por separado, de los dos empleados de guardia.

“Matar a Epstein habría requerido no solo la complicidad de uno o dos guardias de servicio. Habría implicado una compleja coordinación entre al menos dos áreas distintas de la prisión, (la unidad especial de alojamiento y el centro de control), una de las cuales contaba con personal asignado de manera impredecible”, afirma.

“Habría precisado un conocimiento detallado de la ubicación de las cámaras de la unidad y que sistemas de grabación estaban averiados y cuáles funcionaban. Y habría exigido la disposición a arriesgarse a enfrentar cargos punibles con la pena de muerte por el asesinato de un recluso”, concluye. Los cargos contra los dos funcionarios fueron retirados.

Francesc Peiron Arques

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