
El Vaticano ha respondido de manera enérgica al desafío planteado por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que ayer ordenó a cuatro obispos sin la autorización del Papa en un acto multitudinario en Écône, Suiza. El acto llevaba aparejada la excomunión automática (latae sententiae, según el derecho canónico), pero se esperaba el decreto de las autoridades vaticanas para aclarar a quiénes afectaba exactamente y cuáles serían sus consecuencias prácticas.
En su contundente resolución, acompañada de una nota explicativa, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe –el antiguo Santo Oficio– sostiene que las consagraciones episcopales llevadas a cabo por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el grupo ultratradicionalista fundado por monseñor Marcel Lefebvre, constituyen un acto de naturaleza cismática.
Por ello, el Vaticano considera que tanto los obispos Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay, responsables de las ordenaciones, como los cuatro nuevos prelados –Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier– han quedado automáticamente sancionados. El decreto sostiene que incurrieron ipso facto en la pena de excomunión, reservada a la Santa Sede, al realizar unas consagraciones episcopales sin mandato pontificio y en abierta desobediencia a la voluntad expresa del Papa.
Asimismo, el decreto indica que “se considera cismáticos y excomulgados a quienes se adhieran formalmente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X”, lo que afecta a todos los laicos que sigan participando en misas lefebvrianas.
Por otro lado, la resolución deja a los 730 sacerdotes de la fraternidad sin la facultad para administrar sacramentos, de forma que los matrimonios y confesiones que oficien no tendrán validez canónica.
El decreto llegó mientras los cuatro nuevos obispos lefebvrianos celebraban su primera misa pontifical, y oficializa la fractura entre Roma y esta sociedad ultraconservadora que rechaza las reformas modernizadoras introducidas por el Concilio Vaticano II en la década de los sesenta del siglo pasado, como la celebración de la eucaristía en otras lenguas que no sean el latín y el reconocimiento del resto de confesiones.
El Vaticano, sin embargo, no cierra la puerta a un eventual cambio de postura. El decreto concluye recordando que la Iglesia, “como madre solícita”, acogerá “con sincero afecto y viva solicitud” a todos aquellos que deseen volver a la plena comunión.
