Irse de vacaciones en agosto si eres primer ministro británico encierra un considerable riesgo si se hace caso a los precedentes, y uno ha de estar mentalizado a interrumpirlas o cancelarlas por poco que se tuerzan las cosas. Keir Starmer –que era un poco gafe, todo sea dicho– tuvo que renunciar a sus planes en el 2024, poco después de ganar las elecciones, por los disturbios suscitados en todo el país por el asesinato de unas niñas en Southport, y el año pasado se vio obligado a recortarlas para reunirse con Donald Trump en Escocia y hablar sobre Ucrania.
Pero la maldición vacacional, debida en gran medida a la obsesión de la prensa, no ha estropeado tan sólo los planes de Starmer. Boris Johnson, que le echaba un rostro considerable a las cosas (véanse las fiestas prohibidas de Downing Street durante la pandemia) suspendió una estancia estival en las Tierras Altas de Escocia por motivos de seguridad, al revelase la dirección de la casa que había alquilado. Y similar suerte corrió en el verano del 2021 cuando estaba descansando en el condado inglés de Somerset y a los talibanes se les ocurrió avanzar hacia Kabul (su ministro de Defensa Dominic Raab decidió seguir en Creta y tuvo que dimitir).
A Theresa May le gustaba ir de vacaciones con su marido en un coche caravana y hacer caminas por las montañas de Snowdonia en Gales y los Alpes italianos y franceses. El aire de las alturas afectó sin embargo a su buen juicio, y durante una de esas escapadas en agosto le dio demasiado al tarro y tuvo la pésima idea de convocar unas elecciones generales anticipadas para obtener un refrendo claro a sus planes sobre el Brexit. El tiro le salió por la culata y perdió la mayoría absoluta que tenía (poco tiempo después Boris Johnson dormía con su considerable prole en Downing Street).
Thatcher acortó unas vacaciones en Córcega porque en cuatro días había recorrido la isla y decía que se aburría
Andy Burnham, para minimizar los riesgos de una debacle, sólo se va a tomar una semana de vacaciones y no ha dicho a dónde, aunque se entiende que en el extranjero, y que seguirá teletrabajando y presidiendo reuniones telemáticas con sus ministros (faltan únicamente tres meses para la presentación del presupuesto, con probables e impopulares subidas de impuestos que empezarán a crearle enemigos).
Aún así, la derecha se le ha echado a la yugular, diciendo que cómo es posible que se tome vacaciones cuando tan sólo asumió el cargo el 20 de julio, y con el país “ardiendo” con la llegada de inmigrantes ilegales en patera, el impacto de la crisis de Ceuta y “mientras sus compatriotas no pueden salir de casa por el coste de la vida”, que a muchos ya no les permite ni un paquete todo incluido en un hotel de Mallorca.
Quien realmente sabía hacer las cosas era Tony Blair, que se iba de gorra y sin ningún tipo de remordimientos a casa de un mecenas del Partido Laborista en Toscana, a la mansión de Cliff Richards en Barbados o a la Villa Certosa de Berlusconi en Cerdeña, y además tenía la suerte de que eran agostos tranquilos en los que no pasaban cosas que le obligasen a regresar. Él sí que vivía bien y no su sucesor, el atormentado Gordon Brown (Starmer de su época), que a los dos meses de ser primer ministro decidió “hacer país” tomándose las vacacionesen el Reino Unido, y tuvo que abandonar el viaje a las cuatro horas de emprenderlo al estallar una epidemia de fiebre que afectó al granado ovino. Al verano siguiente fue a la costa de Suffolk, pero se dice que detestó cada minuto (fue visto con chaqueta y corbata paseando por la playa) y se juró a sí mismo que a partir de entonces iría siempre a su Escocia natal. Lo cual cumplió.
A veces las vacaciones dan pésimas ideas, como la de Theresa May de anticipar las elecciones generales
Rishi Sunak, tal vez sabiendo que le quedaban un par telediarios, pasó de todo y su fue a Santa Mónica (Los Ángeles), donde tenía su propio piso. David Cameron es otro que se lo montaba bien. Apasionado de España y Portugal, aprovechaba sus descansos estivales para ir a Castilla, a Lanzarote, a Granada o a Madeira, dando la impresión de pasárselo pipa y sin que le importara la presencia de los fotógrafos, aunque eran otros tiempos y, siendo conservador, la prensa de derechas lo trataba con considerable venia.
Margaret Thatcher se cogió durante su largo reinado vacaciones en Suiza y otros enclaves europeos, pero sobre todo le gustaba ir a Cornualles. Una vez ella y su marido Denis planearon diez días en Córcega, pero regresaron a Londres al cabo de tan sólo cuatro, y no por una crisis política sino aduciendo que ya habían recorrido toda la isla y se aburrían. En cambio el laborista Harold Wilson adoraba tanto las islas Scilly que pidió ser enterrado allí.
Burnham se ha ido con su mujer neerlandesa Marie-France y sus tres hijos a un destino secreto, aprovechando la luna de miel política de que disfruta tras haber anunciado varias medidas para reducir el coste de la vida (menos impuestos a la energía y a los pubs, tope al precio de los autobuses), demostrado que domina las redes sociales mucho mejor que Starmer (lo cual no es difícil) y aumentado su popularidad con un estilo campechano (es el primer líder en mucho tiempo que da la impresión de disfrutar con su trabajo).
La prensa de derechas se lleva las manos a la cabeza porque se va “en plena crisis migratoria en Europa”
Cuando regrese se le complicarán las cosas. Al fin y al cabo no tiene dinero para gastar, y ha prometido nada más y nada menos que “acabar con cuarenta años de neoliberalismo fracasado, centralismo y desindustrialización”. Le vendrá bien coger fuerzas.
