Ceuta y el antídoto de la solidaridad europea

Los patriotas de derecha radical surcan con agrado las olas migratorias. Son su shock mediático preferido, provocado por la invasión del enemigo externo, permiten soluciones de mano dura y, a sus líderes, aparecer como los salvapatrias necesarios en tiempos revueltos. Son una oportunidad para mostrar fortaleza en el imaginario nacional, pero no para promover mejores soluciones. La libertad de movimientos fundamentada en Schengen goza de amplia aceptación y genera numerosos beneficios para las economías europeas. El endurecimiento de la política migratoria de la Unión Europea es una constante, y se promueven acuerdos con terceros países (Marruecos entre ellos) para la repatriación de migrantes, mientras se ejerce un control férreo de las fronteras exteriores de la Unión –la Europa fortaleza–. Es la receta fruto del consenso entre conservadores (Merz en Alemania), ciertos socialdemócratas (Frederiksen en Dinamarca) y la derecha radical (con Meloni al frente).

Cada crisis migratoria es una prueba para la solidaridad europea, no así para la libertad de movimientos ni la política migratoria europea, que siguen fundamentándose en los mismos preceptos. Ceuta ha sido la oportunidad perfecta para culpar a España de la reciente regularización extraordinaria –cuando otros países las hacen a menudo–, y de laxitud en el control fronterizo, cuando la mayor parte de las entradas irregulares en el Mediterráneo suceden en Italia.

Schengen sigue en pie y funciona pese a los fuegos de artificio de la Europa de los patriotas

Vista con perspectiva, la carta de los 22 roza el ridículo. Los ciudadanos de Ceuta y Melilla se someten a controles específicos para la entrada en la España peninsular. No ha habido cruces de migrantes a otros países europeos que justifiquen las restricciones temporales a la movilidad, ni la propuesta de expulsión de España del espacio Schengen, algo no previsto en los tratados. La crisis ha sido corta, manufacturada como lo son otras amenazas híbridas y sin riesgo para el conjunto de los estados miembros de la UE. Schengen permanece en pie y funciona, muy a pesar de los fuegos de artificio promovidos por la Europa de los patriotas.

La única propuesta en clave migratoria desde la derecha radical la viene haciendo Vox desde hace años. Pide que se establezca una oficina permanente de la agencia de fronteras europea, Frontex, en Ceuta y Melilla, en un intento de europeizar un problema nacional. Otras fuerzas patrióticas, con todo, solo emiten señales de oportunismo en clave nacional cada vez que surge una crisis de migración irregular. Cualquier esfuerzo para reforzar los mecanismos conjuntos en el plano europeo es recibido con escepticismo.

La dimensión exterior de las fronteras permite enseñar músculo nacional, así que su armonización europea no sucederá en la UE de los patriotas. Esta Europa, que se podría consolidar en el 2027 con las presidenciales francesas, resultaría en constantes choques patrióticos: Le Pen propone repatriar a nacionales europeos de origen migrante, y eso molestaría a Meloni en caso de tratarse de ciudadanos italianos.

En el norte y en el este la solidaridad se expresa cuando Rusia es la mano que mece la cuna. En el 2021 los estados miembros de la UE mostraron su solidaridad con Polonia ante el ataque híbrido que instrumentalizó a migrantes en su frontera con Bielorrusia. Luka­shenko actuó entonces como enviado especial del Kremlin, actor principal de la desestabilización­ europea. Sin embargo, esta solidaridad no se expresa cuando los que presionan son socios como Turquía, Túnez o Marruecos. La Europa geopolítica tiene su freno en las múltiples divisiones­ nacionales.

El reciente Consejo de Justicia y Asuntos de Interior de la UE rebajó las críticas a la regularización extraordinaria de España y desdibujó su vínculo con la crisis de Ceuta. Pero las muestras de solidaridad entre europeos llegaron tarde, y solo cuando los patriotas ya habían marcado el tono del debate. El mejor antídoto para la próxima crisis migratoria será haber aprendido la lección de Ceuta: la solidaridad europea no debe ceder espacio al oportunismo en clave nacional.

También te puede interesar