En la larga historia del planeta, los científicos descubrieron hace tiempo que los movimientos menos visibles, los de las placas, determinan el destino y el futuro de la vida, una conexión geología-biología indicativa de cómo fenómenos profundos definen los más visibles.
Algo parecido sucede con la inmigración: los problemas en Ceuta, las normas de la UE o la algarabía política que los acompaña forman parte de la espuma de la superficie, bajo la cual subyacen poderosas y menos evidentes razones.
De los cuatro millones de empleos creados en España, el 62% han sido para extranjeros
La tectónica de la inmigración es la demografía, afectada por decisiones anteriores de la ciudadanía: desde hace décadas formamos parte del grupo de países que lideran la caída de la natalidad. Son cambios que no hay manera de detener. El paso del tiempo es implacable, y los no nacidos ayer no están hoy en las escuelas ni estarán mañana en el mercado de trabajo. Y lo mismo puede decirse de los hijos del baby boom, que ahora se acercan a la jubilación: el grueso de los que hoy tienen entre 50 y 67 años, la generación más numerosa de la historia (más de 13 millones), van a abandonar el mercado de trabajo la próxima década y sus hermanos menores no son suficientes para reemplazarlos.
Por ello no debería extrañar la segunda ola inmigratoria que estamos viviendo: entre el 2016 y el 2025, de los casi cuatro millones de empleos creados en España, más del 62% los han ocupado nacidos en el extranjero; un proceso todavía más intenso en Catalunya, donde ese peso alcanza el 82% de los 730.000 nuevos puestos de trabajo.

Esos guarismos laborales dan razón del arribo de numerosos contingentes de inmigrantes y, aunque últimamente se observa cierta contención, su población continúa aumentando. Así, según la última encuesta continua de población del INE, a 1 de julio del 2026, la de Catalunya ha aumentado un 126% en el último año en 72.000 habitantes, un incremento que, dada la imparable caída de los nativos, se explica por la inmigración. Con ello, su peso se ha elevado al 26,5% de la población catalana, aunque las cohortes vinculadas al mercado de trabajo muestran valores insólitamente elevados: en el colectivo de 25 a 44 años, los inmigrantes alcanzan un 46,4% de residentes en Catalunya, cifras que muestran cómo, sin su concurso, el crecimiento económico de los últimos años hubiera sido imposible.
Mucho hay que debatir acerca de la inmigración, sus orígenes y características y sobre la política más adecuada para facilitar su integración. Sin embargo, si olvidamos los movimientos tectónicos, aquellos que no se ven pero que transforman el paisaje social, nos haremos un flaco favor. Hace mucho que el futuro se escribió y ahora afrontamos una herencia que no podemos, aunque quisiéramos, rechazar, hijos de un pasado que nos atrapa. Porque, en demografía, como en otros ámbitos de la vida, no hay más cera que la que arde.
