Macao abre el juego

Pekín dedica mucha reflexión al futuro de Macao, señal de que este no termina de definirse. La excolonia portuguesa sigue oliendo a pasado, aun cuando su renta per cápita aventaje a la de Hong Kong. Un espejismo producto de sus aparatosos casinos, que mueven entre dos y tres veces más dinero que los de La Vegas. 

Un monocultivo, en todo caso, que la “región administrativa especial” lleva años intentando superar, más aún bajo la presidencia moralizante de Xi Jinping. La pieza clave para su diversificación es Hengqin, una de las muchas islas de la vecina Zhuhai. Aunque pertenece a la China continental, en la práctica está arrendada a Macao -que triplica así su territorio- y en ella rigen las leyes macaenses y, desde este año, se puede pagar con el móvil en patacas.

La Universidad de Macao fue pionera en la mudanza, con un nuevo campus de 1 kilómetro cuadrado. Hengqin es, en realidad, la fusión de dos islas -previo drenado- que los portugueses llamaron de Don Juan y de la Montaña. Donde había tres mil aldeanos, hoy viven más de 50.000 residentes permanentes y otros tantos que se desplazan allí diariamente para estudiar o trabajar. La mitad desde Macao. 

Una forma astuta de volver a trenzar lo que el colonialismo había destrenzado -como en el caso de Shenzhen y Hong Kong- y que Pekín quiere creer que es solo el principio. 

La primavera pasada, el jefe de gobierno de Macao, Sam Hou Fai -exjuez, formado en Coímbra- estuvo en Lisboa y Madrid para presentar su proyecto de plataforma comercial entre la China y los países iberoamericanos, más allá de su cultivo actual de la lusofonía. Una decisión de Estado en la que Hengqin aporta las hectáreas del parque industrial tecnológico. 

Porque en el Macao de los megacasinos y el turismo -asiático en un 95%- no cabe una aguja. Este enclave de calzada portuguesa y pasteles de Belém en cada dos esquinas tiene personalidad propia y más historia que Hong Kong. Aunque es menos cosmopolita. En su reinvención de los últimos años, Macao quiere atraer otro perfil de visitantes, con citas deportivas y conciertos. Pretende ir más allá del turismo, con una estrategia 1+4 que incluye convenciones, servicios financieros, tecnología (en Hengqin) e industria de la salud, con énfasis en la medicina tradicional. Pero no será de la noche al día. 

En China todo el mundo vive pegado al móvil. Excepto en los casinos de Macao, donde  se vive en el recogimiento monoteísta y silencioso del dios dinero, pendiente apenas del crupier, su emisario en la tierra. O en la moqueta roja.  

Desfile festivo en Macao en 2025 
Desfile festivo en Macao en 2025 EDUARDO LEAL / AFP

La adicción al juego pulveriza cualquier adicción de bolsillo. Además, las autoridades creen estar en el buen camino para separar el mal menor del juego del archipiélago de la prostitución, con redadas frecuentes en casas de masajes.

No hay que olvidar que el juego es la gran pasión del pueblo chino y que Macao es el único lugar de China en que se tolera. El plan inicial, tras la devolución del 20 de diciembre de 1999, era mantenerlo como lujoso retrete ludópata. Un auténtico maná que ayuda a explicar por qué la reintegración ha sido allí menos traumática que en Hong Kong. Aunque había también menos resentimiento chino, ya que los portugueses se habían implantado siglos antes, como pacíficos comerciantes -algo beatos- y no como traficantes de opio pertrechados con cañoneras. 

Pero poco después de la inauguración en 2008 del Grand Lisboa, edificio icónico del nuevo Macao –que evocaba una auspiciosa flor de loto, como su nueva bandera- un sudor frío empezó a recorrer al Partido Comunista de China, incómodo con semejante lavadora de dinero, alimentada a menudo por funcionarios corruptos. 

Hoy el juego cuenta algo menos. Y la Macao portuguesa sería una ciudad adormilada si no fuera por el chute turístico frente a la fachada sincrética ade su iglesia jesuita de San Pablo. La más fotografiada de China, con sus cuatro santos -tres de ellos españoles- y su dragón de siete cabezas. Pura fachada barroca, sin nada detrás. 

En su escalinata puede encontrarse cualquier nacionalidad asiática, pero raramente un portugués. La lengua lusitana es cooficial, sobre el papel, pero escucharla es difícil, aunque no imposible. Ya sea entre macaenses (cantoneses o mestizos) o entre los portugueses que no terminaron de marcharse. Sobre todo, entre los que han terminado volviendo -en su mayoría abogados y arquitectos- tras las crisis de 2013. Asimismo, sobrevive una librería portuguesa y se publican tres diarios y dos semanarios en portugués, además de boletines y programas de radio y televisión. 

Zona de Cooperación Profundizada entre Macao y Guandong, en Hengqin
Zona de Cooperación Profundizada entre Macao y Guandong, en HengqinOrganismo de Cooperación Macao-Hengqin

Pero China empieza a poner freno a dicho retorno. En la Escola Portuguesa -en la península histórica pero a la sombra escasamente pedagógica del Grand Lisboa- es difícil encontrar plaza. La inmensa mayoría de niños que rinden tributo a Camoes -cuenta la leyenda que pasó por allí- son 100% chinos.

Así que la época de la colonización china de la isla macaense de Taipa con casinos gigantescos –en mal gusto y pretensiones- tocó techo. Pero tras la reconquista de Taipa y Coloane, al otro lado, la citada Hengqin es el nuevo pasto de las grúas. Macao abre juego. O mejor dicho, la China le abre el juego a Macao.

Jordi Joan Baños

Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.

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