El tiempo que nunca nos devolvieron

Dejemos la gestión del tiempo a un lado. La sensación de no tener nunca suficiente no es un problema de agenda ni de carácter. Es un producto. Alguien lo fabrica y alguien lo cobra. En 1930 Keynes escribió que sus nietos trabajarían quince horas a la semana. No se equivocó en la parte difícil: la productividad por hora se ha multiplicado varias veces, y casi todas las máquinas que nos rodean fueron construidas para devolvernos horas. La lavadora liquidó una jornada entera de trabajo doméstico; el buscador, una semana de biblioteca. Las máquinas llegaron puntuales. El tiempo libre no apareció. 

Un economista sueco, Staffan Linder, explicó por qué en 1970, cuando toda su profesión daba por hecho que la riqueza traería calma. Su argumento es incómodo por lo simple: cuanto más puedes producir, ganar o consumir en una hora, más vale esa hora y más caro sale no hacer nada con ella. Se pueden fabricar más bienes; no se pueden fabricar más horas. Así que cuanto más rica es una sociedad en cosas, más pobre se vuelve en tiempo. Y el tiempo libre deja de ser libre: pasa a ser algo que hay que optimizar. Una tarde vacía empieza a parecer dinero que se cae del bolsillo.

Una hora

Las máquinas que ahorran tiempo no acaban con la escasez: elevan el listón de todo lo que esperamos hacer con cada hora

Lo interesante es el detalle que cambia el análisis: las máquinas que ahorran tiempo no son el remedio de la escasez. Son su causa. Lo describió el sociólogo Hartmut Rosa. Una tecnología acelera una tarea; la velocidad no reduce la carga, sube el umbral de lo que se considera normal. Porque el correo es instantáneo, hoy respondes cincuenta mensajes en lugar de cinco. El tiempo ahorrado se esfuma en el mismo instante en que aparece. Rosa lo llama estar de pie sobre una pendiente resbaladiza: no es que vayas lento, es que el suelo se desliza hacia atrás y correr a toda velocidad solo te mantiene en el sitio.

Jonathan Crary añadió la última frontera. En una economía que no cierra nunca, el sueño es el único tramo de la vida que no se puede convertir en beneficio: durante un tercio de tu existencia no compras, no produces, no haces clic. Por eso, dice, está bajo asedio. Sus cifras: hace un siglo un adulto dormía unas diez horas, hace una generación ocho, hoy andamos por seis y media. La moral que lo sustituye ya la conocemos. Duerme cuando estés muerto. Y aquí entra la inteligencia artificial. Es la máquina de ahorrar tiempo más potente que hemos construido, y toda su promesa es una promesa de horas. También es la primera que no duerme: los agentes trabajan a las tres de la mañana, sin fatiga.

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