

Primer curso en una universidad. El profesor avisa a los alumnos de que si usan la inteligencia artificial para elaborar ensayos les quedará suspendida toda la asignatura, no solo la tarea. Al corregir los trabajos encuentra 28 ensayos de 30 hechos con IA. La estupefacción llega cuando muchos admiten que no lo han hecho para engañar, sino que no saben hacerlo de otra manera porque desde finales de la ESO que lo hacen así.
Cuarto curso en una universidad. Ante la baja perspectiva laboral del grado que estudian, un puñado de estudiantes prevé cursar el máster de profesor de secundaria. No son los estudiantes más destacados, que bregan por labrarse un camino profesional en aquello que los apasiona, sino los que, en general, han hecho el grado para hacer alguno. Y ahora quieren ser maestros porque esta se ha convertido en una profesión refugio, con un sueldo, un horario y festivos más que aceptables.
Quizá lo que hace falta es que los partidos no carguen de ideología e intereses el debate
Hace unos años, las notas de prensa de la Generalitat destacaban siempre la posición preponderante de Catalunya respecto de los territorios del Estado. Hace bastante que, en el ámbito educativo de forma clara, esta comparativa dejó de hacerse. Y como no se puede sacar músculo, se busca el consuelo en que el retroceso educativo es generalizado en Occidente por el incremento de pantallas. Y excusas que ya se han convertido en tradición, como la disrupción provocada por la pandemia y los años del proceso independentista.
En el año 2009, PSC, ERC, CiU y, en parte, ICV aprobaron la Llei d’ Educació, que preveía un horizonte de inversión en ocho años del 6% del PIB. Diecisiete años después, habiendo pasado gobiernos de todos colores, la inversión es del 4%. Hoy, estos partidos y sus herederos, que conforman la centralidad del país, se reúnen en el Palau de la Generalitat para poner en común cómo sacar la educación del pozo.
Se busca un acuerdo de país, una fórmula que de tanto usarla quiere decir poco. Quizá no hace falta tanto, solo con que los partidos no carguen de ideología y de intereses el debate apostando, entre otros, por una escuela inclusiva que sin recursos es un fraude; por señalar la escuela concertada, que hoy mantiene profesionales e infraestructuras que la Generalitat no puede absorber; incidiendo en una educación competencial que sin más maestros no se puede implementar; o vinculando los procesos de aprendizaje a empresas que se lucran a través de software, licencias y métodos que ni los mismos profesionales avalan.
El acuerdo entre partidos puede dejar de lado el electoralismo y permitir que el Consell d’ Educació de Catalunya dé voz libremente a la comunidad educativa. Más allá de los sindicatos, que tienen que defender los derechos de los profesionales, pero que no tienen que dictar las políticas educativas. En medio año, el Consell tiene que llegar a alguna conclusión. Entonces, cuando esté en disposición de actuar, en vez de buscar cabezas de turco, hará falta un cirujano de hierro, alguien respetado por la comunidad y con determinación, para aplicar las medidas. Valor.
