Estados Unidos (EE.UU.) parece estar atascado en Oriente Medio. No tiene una salida fácil a su guerra con Irán. Sin embargo, el conflicto, sea cual sea su desenlace, en realidad marcará algo muy diferente: el momento en que EE.UU. se repliega de la región, en el sentido de que renuncia por fin a su hegemonía allí. Por primera vez desde que las grandes potencias desmembraron el Imperio Otomano hace un siglo, el orden dominante de Oriente Medio dejará de imponerse desde el exterior. ¿Será eso el preludio de una ola de ajustes de cuentas y violencia, o de un nuevo comienzo?
Desde la Primera Guerra Mundial, la cuna de las tres grandes religiones monoteístas del mundo ha sufrido desgracia tras desgracia. Los árabes que habían luchado junto a los vencedores de la guerra se sintieron traicionados cuando Reino Unido se hizo con el control de Irak, Jordania y Palestina, y Francia se apropió de Líbano y Siria. Líderes nacionalistas, como Nasser en Egipto, cayeron después bajo el hechizo de unas políticas económicas ruinosas inspiradas por la Unión Soviética. Los brutales abusos de derechos humanos cometidos por dictadores como Sadam Husein en Irak y Hafez el Asad en Siria solo encuentran parangón en el violento fanatismo de los yihadistas alimentados por sus regímenes sádicos.
Tras tres guerras, innumerables operaciones encubiertas y rondas interminables de diplomacia, los intentos de EE.UU. por imponer sus planes han llegado a su fin. Al igual que Reino Unido, Francia y Rusia, EE.UU. seguirá presente. De vez en cuando recurrirá a la fuerza militar para defender sus intereses, también en la lucha antiterrorista. Pero abandonará su papel de arquitecto.

Las señales de la inminente retirada de EE.UU. son inconfundibles, incluso aunque Trump aproveche la reunión anual de la ONU para amenazar una vez más a Irán con la “aniquilación”. Destacan dos. A principios de este mes, EE.UU. se negó a unirse a su aliado Arabia Saudí en un ataque contra los hutíes en Yemen, responsables de poner en peligro la navegación en el mar Rojo. En su lugar, mantuvo negociaciones a espaldas de los saudíes para proteger los barcos estadounidenses de posibles ataques. Puede parecer un detalle menor, pero cuando una superpotencia pacta con una milicia insurgente, todo el mundo entiende que pretende recortar sus compromisos.
La otra señal es la expectativa de que EE.UU. limitará su presencia en Oriente Medio. En tiempos de paz cuenta con entre 30.000 y 40.000 soldados repartidos en 19 bases, de las cuales ocho son permanentes. Sin embargo, la guerra ha demostrado lo vulnerables que son frente a drones y misiles baratos. Por ello, EE.UU. se ha visto obligado a depender de portaaviones y de su base en el océano Índico, en Diego García. Algunos expertos sostienen que debería concentrar sus fuerzas en unos pocos lugares, como Israel y Jordania.
Esto encaja en una reorientación más amplia en la que, como informó NBC este mes, entre 25.000 y 40.000 tropas estadounidenses podrían retirarse también de Europa. La Administración Trump está centrada en las Américas. Los responsables de seguridad quieren preparar a EE.UU. para la rivalidad creciente con China que, como demuestra la cumbre Trump-Xi de esta semana, oscila entre la coexistencia cautelosa y la hostilidad abierta. Ninguno de estos objetivos se ve favorecido por las guerras de Oriente Medio, que vacían los arsenales estadounidenses y desvían sus fuerzas de Asia.
Hasta 2020, EE.UU. era un importador de petróleo; hoy es un exportador colosal y China, en cambio, se ha convertido en el mayor cliente del Golfo
¿Y para qué? Hasta 2020, EE.UU. era un importador de petróleo; hoy es un exportador colosal. China, en cambio, se ha convertido en el mayor cliente de los productores del Golfo, y es por el canal de Suez por donde llegan sus mercancías a los mercados europeos. Esto convierte a China en el gran beneficiario externo de las políticas estadounidenses. Sin embargo, es poco probable que intente ocupar el puesto de hegemonía en Oriente Medio, sobre todo después de comprobar los billones de dólares y miles de vidas que ha costado ese privilegio a EE.UU.
En su lugar, tres países de la región tienen la capacidad suficiente para empezar a llenar el vacío, y ninguno de ellos es árabe. El más peligroso es Irán. Si el régimen de Teherán cae, no tendrá capacidad para reconstruir su influencia perniciosa en Irak, Siria y Líbano. Si, como es probable, sobrevive, intentará sacar provecho controlando el estrecho de Ormuz y presionando a los estados del Golfo que ha atacado durante la guerra. También tratará de reorganizar sus milicias en el extranjero. Es muy posible que retome su programa de armamento nuclear, algo que seguirá siendo una línea roja para EE.UU. En todo ello, podría contar con el respaldo de Rusia.
La segunda potencia regional es Turquía, que lleva un tiempo estrechando sus relaciones con los países árabes. Se ha convertido en el principal apoyo del nuevo gobierno en Siria. Con Irak, está trabajando en rutas comerciales, suministro de agua y en la lucha contra los separatistas kurdos. El mes pasado firmó un acuerdo de seguridad con Pakistán y Arabia Saudí. Aunque ha defendido a los Hermanos Musulmanes, actúa de manera más pragmática que ideológica, en busca de contratos para su industria de defensa y para sus empresas constructoras.
El tercero es Israel, la potencia militar y de inteligencia dominante. Tras las masacres del 7 de octubre del 2023, se percibe a sí mismo como una Esparta moderna, decidida a destruir cualquier capacidad que pueda suponer una amenaza. Con los Acuerdos de Abraham, ha forjado una estrecha relación con Emiratos Árabes Unidos, incluso cuando la posibilidad de alcanzar un acuerdo con los palestinos se ha desvanecido.
Estos tres países difícilmente lograrán convivir en paz. Israel y Turquía ya están enfrentados en Siria. Israel e Irán tienen cuentas pendientes por la guerra. Irán y Turquía son rivales imperiales desde hace siglos.
Los perdedores son los Estados árabes. Países como Irak y Siria siguen luchando por salir de las cenizas de la guerra civil. Egipto, que antaño fue el líder natural del mundo árabe, dedica sus esfuerzos a la corrupción y a reprimir la oposición interna. Las monarquías del Golfo han adoptado una agenda de prosperidad que busca adormecer la ideología mediante el crecimiento económico. Eso es positivo, pero su modelo de negocio depende de la seguridad que proporciona EE.UU. Las rivalidades entre los riquísimos Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos están generando inestabilidad; quizás el último legado de EE.UU. podría ser ayudarles a cooperar.
Durante mucho tiempo, los árabes han anhelado recuperar la gloria perdida de cuando fueron un faro de la ciencia y el conocimiento hace siglos. El repliegue de EE.UU. está a punto de brindarles esa oportunidad. Sin embargo, cada potencia que se ha retirado ha dejado tras de sí un legado de proyectos frustrados y consecuencias imprevistas. Persisten odios profundos y cuentas pendientes. Oriente Medio tendrá que esforzarse por demostrar que los escépticos están equivocados.
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