Israel y Netanyahu, en manos de los palestinos

Los israelíes de origen palestino tienen el futuro político de Beniamin Netanyahu en sus manos. Así parece indicarlo el resultado preliminar de las elecciones legislativas celebradas ayer. La mayoría de israelíes no quieren que los árabes tengan este poder. Aunque sean ciudadanos, sufren discriminación y violencia. Durante la campaña, el primer ministro los ha denigrado varias veces. Pero ahora parece que tendrán los escaños suficientes para decidir quién estará al frente de Israel y, si de ellos depende, no será Netanyahu.

La democracia plantea, por lo tanto, un gran dilema a la sociedad israelí. A los judíos les dice que los palestinos son igual que ellos, que el estado de derecho no hace distinciones. Sin embargo, los partidos de la coalición anti Netanyahu no parecen dispuestos ha sentarse en la mesa con sus compatriotas árabes y, mucho menos, a compartir gobierno. Muchos israelíes opuestos al primer ministro tampoco lo entenderían.

Siempre que a lo largo de su historia, Israel se ha encontrado ante la disyuntiva de aceptar o no la igualdad con los palestinos, las cosas no han salido bien. El sionismo, tal como se entiende hoy en día, es una barrera. La política israelí, además, es tan cainita que el bien común no suele ser una prioridad. Por su parte, los palestinos, tanto los de dentro como los de fuera de Israel, tampoco han sabido aprovechar las oportunidades que han tenido para conseguir un estado propio. 

A continuación repasamos algunos momentos de estos desencuentros que han formado el carácter del Israel contemporáneo y cómo Estados Unidos, a pesar de toda su influencia, ha sido incapaz de conseguir que israelíes y palestinos vivan en paz.

LA OFERTA IRRECHAZABLE Y LA TRAICIÓN POLÍTICA

Cómo la ambición de Livni destruyó la posibilidad de un estado palestino

En septiembre del 2008, Ehud Olmert, primer ministro de Israel, hizo una última oferta al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, para la creación de un estado palestino. Israel solo mantendría el 6,3% de Cisjordania y compensaría a la república de Palestina con 5,8% de territorios israelíes. Jerusalén sería una capital compartida. Los lugares santos quedarían bajo custodia internacional. De la frontera jordana se encargaría una fuerza bajo mando estadounidense. Un túnel de 48 kilómetros uniría Gaza y Cisjordania.

“A Rabin lo asesinaron por mucho menos”, reconoció Condoleeza Rice, entonces secretaria de Estado de EE.UU. Sin embargo, a Tzipi Livni, ministra israelí de Asuntos Exteriores, el plan no le interesaba. Se veía ganadora de las próximas elecciones y un acuerdo con los palestinos la perjudicaba. Sugirió a Rice y Abas que esperaran a que ella fuera primera ministra. Livni ganó las elecciones de febrero del 2009, pero no pudo formar gobierno. Beniamin Netanyahu, líder del Likud, maniobró con maestría y sucedió a Olmert al frente de Israel.

EL MESÍAS Y LA VÍCTIMA ETERNA

Netanyahu ha llegado a las urnas con opciones de volver a ganar

Ehud Olmert, que poco antes de las elecciones del 2009 había reconocido que el acuerdo con Abas “fue de un pelo”, ahora veía como le sucedía un político con un solo principio: sobrevivir a toda costa. “El hombre que me sucede –dijo– obedece a un solo principio: la supervivencia de Israel, pero, por encima de todo, la suya propia”.

Han pasado 17 años y Netanyahu ha llegado a estas últimas elecciones con opciones de ganar porque ha convertido la masacre del 7 de octubre del 2023 en un triunfo, la justificación definitiva para crear el Gran Israel. Millones de israelíes lo ven como el mesías de la tierra prometida.

Que Netanyahu sea un salvador se debe al apoyo de EE.UU. en todas sus empresas militares y también porque ha manipulado a su favor una característica muy peculiar de la sociedad israelí: ser víctima del Holocausto.

El 7 de octubre puso en jaque la existencia de Israel y de sus habitantes judíos. La gran mayoría, por lo tanto, creen que la respuesta militar en Gaza es legítima. La muerte de decenas de miles de palestinos inocentes es un mal menor y necesario para acabar con un mal mayor, que es la destrucción de Israel. Al considerarse víctimas de un terrorismo que no han provocado, creen que Israel solo se defiende. Consideran intolerable que, siendo descendientes de los supervivientes del Holocausto, se les acuse de cometer un genocidio. Durante los últimos tres años, Netanyahu ha reforzado este punto de vista, que blinda a los israelíes de cualquier responsabilidad sobre la suerte de los palestinos. EE.UU. le ha ayudado en su empeño y la UE se ha lavado las manos.

LA SUPERPOTENCIA 
Y EL LÍDER INSACIABLE

Ni Israel ni Netanyahu habrían sobrevivido sin EE.UU.

Israel no habría podido destruir Gaza y matar a más de 70.000 palestinos sin el apoyo militar y financiero de Estados Unidos.

Este respaldo, esencial desde la creación de Israel en 1948, no ha estado libre de tensiones. A menudo, los primeros ministros israelíes han abusado del compromiso de Washington y los presidentes norteamericanos han pagado las consecuencias. Nadie los ha sacado más de sus casillas que Netanyahu.

Durante la guerra fría, Oriente Próximo fue un campo de batalla entre la URSS y EE.UU. Las repúblicas árabes antioccidentales se alinearon con Moscú. Washington necesitaba a Israel, pero un Israel a sus órdenes, algo que entonces, igual que hoy, es imposible.

Eisenhower se desesperó cuando Ben-Gurión se alió en secreto con Francia y el Reino Unido para ocupar el Sinaí y hacerse con el canal de Suez. Fue una provocación a Egipto, aliado de la URSS, que podía causar una guerra en toda la región.

Kennedy no logró frenar el programa nuclear israelí. Ben -Gurión lo toreó durante años, asegurándole que era para usos civiles y manteniendo el reactor de Dimona fuera del alcance de los inspectores internacionales.

Johnson fue el mejor amigo que Israel haya podido tener. El apoyo total durante la guerra de los Seis Días en 1967 dio paso a una “relación especial” que se ha mantenido hasta hoy y que consiste en armas, dinero, inteligencia militar y apoyo diplomático.

Johnson también asentó el principio de “paz por territorios”, que luego Nixon y Kissinger desarrollaron. Israel era entonces un activo contra el avance del comunismo, siempre que hiciera lo que la Casa Blanca le dijera. Durante la guerra de los Seis Días, Israel ocupó el Sinaí gracias al apoyo de EE.UU. Cuando, después de la guerra del Yom Kippur (1973), Kissinger le pidió que devolviera la península a Egipto para, así, alejarlo de la URSS, Israel se negó. Tardó seis años en hacerlo. No fue hasta 1978, con Jimmy Carter, que EE.UU. logró equilibrar las relaciones con los árabes rotas después de Yom Kippur.

Carter creía que el primer ministro israelí, Menachen Begin, era un descerebrado, pero aún así logró que se reuniera en Camp David con el presidente egipcio Anuar el Sadat. Todavía hoy, aquellos acuerdos son la piedra angular de la estabilidad en Oriente Próximo. Los acuerdos de Oslo y de Abraham surgen de la paz de 1979 entre Israel y Egipto. Sadat habló en la Knesset de un gran futuro para los dos pueblos, pero luego, en 1981, fue asesinado.

Un año después, Israel invadió Líbano y bombardeó Beirut. Lo hizo con tanta intensidad y con efectos tan devastadores para la población civil que Reagan quedó horrorizado.

George H. W. Bush también tuvo que emplearse a fondo para que Israel frenara los asentamientos y asistiera a la conferencia de paz en Madrid. Era 1991, la guerra fría había concluido, y se abría una nueva oportunidad para Oriente Próximo, sobre todo después de la derrota de Irak en la primera guerra del Golfo, ocurrida unos meses antes.

Dos años después, israelíes y palestinos pactaron los acuerdos de Oslo. Israel y Jordania hicieron las paces, y Clinton organizó una ceremonia. El 13 de septiembre de 1993, Yitzhak Rabin y Yasir Arafat se dieron la mano en los jardines de la Casa Blanca. Oslo, en todo caso, apenas se desarrolló. Rabin murió asesinado en 1995, en un magnicidio que alentó el Likud, y Netanyahu ganó las elecciones del año siguiente. Clinton, que había considerado a Rabin como un hermano, nunca se entendió con Netanyahu. Lo despreciaba, lo llamaba SOB (siglas en inglés de hijo de puta). Durante una de las lecciones de historia que Netanyahu tanto le gusta dar a otros dirigentes, Clinton lo cortó diciéndole quién se creía que era. “¿Quién demonios es la superpotencia aquí?”, le espetó.

Las dos veces que israelíes y palestinos han estado más cerca de un acuerdo ha sido sin Netanyahu en el poder: Año 2000, con Ehud Barak de primer ministro, y en el 2008, con Ehud Olmert. En ambas ocasiones, los palestinos dijeron no porque debían compartir la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Netanyahu no se entendió ni con Obama ni con Biden. Obama ofreció toda la ayuda para construir el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, pero también cerró un acuerdo nuclear con Irán. El 3 de marzo del 2015, Netanyahu pronunció un duro y controvertido discurso en el Congreso de EE.UU. contra Obama y el pacto con Irán. Necesitaba entonces, igual que hoy, que la república islámica sea un enemigo temible. Cuanto más peligroso parece, más israelíes le votan. Por eso presionó a Trump para atacar Irán en junio del 2025 y en marzo de este año. La guerra ha sido la tabla de salvación de Netanyahu, pero no de su país. La imagen de Israel está al nivel más bajo de su historia.

Joe Biden temía que esto podría suceder cuando el 18 de octubre del 2023 abrazó a Netanyahu en el aeropuerto de Ben-Gurión. Le recordó que era un sionista y le aconsejó que no cayera en la tentación de la venganza, como había hecho EE.UU. después del 11-S. Netanyahu no le hizo caso y Biden no pudo impidir que arrasara Gaza.

Netanyahu también ha sacado de sus casillas a Trump, que más de una vez se ha sentido engañado, sobre todo en Gaza, pero también en Irán. Aún así, le ha dado todo lo que le ha pedido. Cree que si lo apacigua y le convence de una relación más humanitaria con los palestinos, Arabia Saudí entrará en los acuerdos de Abraham y todo será más fácil, sobre todo para los negocios de la Trump Organization en Oriente Próximo.

EL POETA Y EL ESPEJ0

Netanyahu no lee a Yeshurun

El poeta israelí Avot Yeshurun perdió a toda su familia en el campo de exterminio de Belzec. Arrastró la culpa del superviviente toda su vida y en 1952 escribió un poema en el que comparaba los traumas humanos de la Shoa y la Nakba, ocurrida en 1948. Uno de los versos dice. “El Holocausto de los judíos europeos y el de los árabes del Gran Israel son un solo holocausto del pueblo judío. Ambos se miran a los ojos”.

Netanyahu, con apoyo de EE.UU. y la tolerancia de la UE, ha creado un Israel insensible al dolor palestino. Este legado es una carga sobre los hombros de los jóvenes israelíes, obligados a asumir las consecuencias del genocidio que sus padres han cometido en su nombre.

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

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