La última victoria de Lula es histórica por varias razones, empezando por los cuatro mandatos acumulados, que sumarán 16 años. Esto le convierte en el mandatario más veces elegido democráticamente. Únicamente Getulio Vargas le iguala en mandatos, pero con periodos que incluyeron gobiernos dictatoriales. Histórica es también la remontada; nunca un presidente consiguió ganar en el balotaje habiendo perdido en primera vuelta, y lo ha hecho con más de 3 puntos de diferencia. Esto hace su victoria inapelable a pesar de las iniciales reticencias a reconocerla de su rival, Flavio Bolsonaro.
También fue récord la movilización ciudadana y, con los 64,25 millones de electores, se convierte en el presidente más votado de la democracia, con una baja abstención también histórica. Fueron también excepcionales las movilizaciones previas a las votaciones que llenaron las calles de ciudades. El hijo de Brasil, como se le denominó en una película que relataba su dura infancia y juventud, se convirtió en el octogenario líder de un ejército de millones de nativos digitales que salieron a plantar cara en las redes y las calles a una extrema derecha bolsonarista que paladeaba la victoria. Nada se intuía tras los magros resultados en las elecciones parlamentarias y de gobernadores en la primera vuelta del 4 de octubre a las que Lula, según la encuestadora Datafolha, acudió con un nivel de rechazo de casi el 50%. Sin embargo, en la segunda vuelta venció con el 51,79% de los votos.
La sociedad brasileña desea un recambio generacional y más transparencia
Varias veces se dio por liquidado el capital político del “Ave Fénix” Lula. Tras la defenestración de Dilma Rousseff, las acusaciones de corrupción y su paso por prisión, el regreso a la primera línea en el contexto de una extrema derecha reforzada durante el gobierno de Jair Bolsonaro era inverosímil. Pero venció y lo ha vuelto a hacer contra pronóstico. Este será su último mandato y marcará su legado.
Durante la primera vuelta de la campaña Lula reivindicó los logros del pasado, pero lo que piden las nuevas generaciones es gobernar para el futuro, más allá de la era Lula. En la próxima legislatura contará con un Congreso y un Senado hostiles, una sociedad polarizada y un bolsonarismo revanchista. Pero gobernar va más allá del enfrentamiento entre petistas y bolsonaristas que protagonizó los broncos debates presidenciales.

La sociedad brasileña es plural y desea una regeneración de la política, un recambio generacional, más transparencia, menos corrupción, más y mejores servicios públicos, sentirse seguros en los espacios públicos, salarios dignos y acceso a oportunidades. No será fácil en un país con un crecimiento estancado, unas arcas públicas deficitarias y en un entorno internacional inestable, con unos mercados que han reaccionado ante su reelección con caídas en las bolsas y el aumento de la calificación de riesgo de sus bonos, aunque las políticas macroeconómicas de su gobierno fueron ortodoxas.
Lula ha prometido que, en su cuarto mandato, escuchar al pueblo de Brasil, responder a sus demandas y reconstruir puentes en la sociedad serán sus prioridades para derrumbar muros y eliminar barricadas. Si lo consigue, será un histórico legado para las generaciones futuras.
