Diez años después de haber apostado por el populismo como la mejor manera de navegar las turbulentas aguas del presente, los estadounidenses han dicho basta, un rotundo basta, a Donald Trump, el presidente más disruptivo de la era moderna.
Los resultados de las elecciones legislativas de medio mandato no dejan lugar a dudas. Los demócratas controlarán el Senado y la Cámara de Representantes con amplias mayorías. La ventaja es tan grande que la Casa Blanca se ha quedado, incluso, sin el argumento del fraude electoral, uno de sus favoritos.
La democracia que sirvió para elegir a Trump ha servido también para derrotarlo por segunda vez. Los candidatos republicanos que apoyaron la insurrección del 6 de enero del 2021 para impedir que el Congreso certificara la victoria de Joe Biden, ahora aceptan la derrota.
El principal mecanismo de la democracia, que es las elecciones y la transferencia del poder, ha resistido la ofensiva de trumpismo.
La ventaja de los demócratas es tan grande que la Casa Blanca se ha quedado, incluso, sin el argumento del fraude electoral
La economía, como siempre, ha sido el factor más decisivo de estas elecciones. Hace dos años, Trump recuperó la confianza de los norteamericanos y regresó a la Casa Blanca con la promesa de frenar la inflación que se había disparado con Biden. Los precios, sin embargo, han seguido subiendo. En las gasolineras y los supermercados, los estadounidenses entienden que la salud de los indicadores macroeconómicos no les beneficia.
La guerra contra Irán, los aranceles para medio mundo, el pulso comercial con Canadá y la Unión Europea, así como la expulsión agresiva de inmigrantes, que ha dejado a muchos agricultores y empresarios sin mano de obra, han sido políticas que han perjudicado a la clase media.

Han sido los republicanos de esta clase media los que han dado la espalda a Trump. La victoria demócrata se explica, sobre todo, a partir del hundimiento de MAGA, el movimiento para hacer grande América. A quién ha hecho grande de verdad, piensan muchos republicanos, es a Trump.
Dos de cada tres estadounidenses considera que el presidente ha aprovechado la Casa Blanca para hacer negocios personales y enriquecerse a su costa. Sólo en el primer año de su segundo mandato ganó 2.200 millones de dólares. Entre estas ganancias figuran 1.400 millones obtenidos con las criptomonedas de la Trump Organization, el holding familiar que llevan sus hijos.
Los valores tradicionales y nacionalistas eran el pilar de MAGA y Trump los ha traicionado. Fuera y dentro de MAGA, al estadounidense de a pie no le gustan nada las relaciones de su presidente con Putin y otros autócratas, además del enriquecimiento personal, el apoyo incondicional a la oligarquía tecnológica y los delirios de grandeza de un Trump, que quiere hacer de Washington una capital imperial con un arco del triunfo, una Casa Blanca que sea un Versalles y un campo de golf de campeonato.
El final de campaña de Trump fue patético, junto al estanque reflectante del monumento a Lincoln, diciendo que había vencido a las algas que lo ensuciaban. El presidente mostraba las fotografías del agua limpia sin darse cuenta que se ahogaba en su propia arrogancia.
El hombre más poderoso del mundo es ahora un rey desnudo de 80 años. Su final político se acerca. El maquillaje y la peluquería no van a sostener su imagen porque su verdadero poder, el secreto de su eterna juventud, no estaba en su imagen, sino en su capacidad para movilizar al electorado que sostenía a los congresistas y los gobernadores republicanos.
Los republicanos, sobre todo los que se jugarán su cargo dentro de dos años, ya no le van a reír las gracias
Trump, sin embargo, está derrotado. Ya no gana elecciones. Ahora las pierde con estrépito en estados como Texas y Kansas donde muy pocos se acuerdan del último senador demócrata que tuvieron. De nada le han le han servido los insultos racistas contra el médico musulmán El-Sayed, que ahora representará a Michigan en el Senado y de nada le han servido, tampoco, las burlas contra el seminarista Talarico, nuevo senador demócrata por Texas. Los estadounidenses del medio oeste, gente sencilla, que, por encima de todo aspira a vivir tranquila, quiere que la gasolina sea barata y que no construyan los centros de datos que mueven la inteligencia artificial.
Los republicanos, sobre todo los que se jugarán su cargo dentro de dos años, ya no le van a reír las gracias, ya no se preocuparán por alimentar su ego y ya no le tendrán miedo.
Si Trump, además de listo, es inteligente, intentará pasar tan desapercibido como pueda los dos años que le quedan en la Casa Blanca. Si estudia a sus antecesores, verá que los segundos mandatos no suelen acabar bien, incluso para presidentes mucho más populares que él. Ronald Regan tuvo el escándalo Irán-Contra, la venta fraudulenta de armas a la república islámica para financiar la guerrilla antisandinista en Nicaragua. Bill Clinton fue el primer presidente condenado por el Congreso (impeachment) desde mediados del siglo XIX. Y a George W. Bush, que había declarado la “guerra contra el terror” después de los atentados del 11-S, le estalló la crisis financiera del 2008.
La gran crisis a la que se enfrenta Estados Unidos es el propio presidente
A Trump le pueden estallar muchas crisis. Hay peligro por todas partes. La inteligencia artificial parece hoy tan peligrosa como los ayatolás y los norcoreanos. Pero la gran crisis a la que se enfrenta Estados Unidos es el propio presidente. Puede gobernar por decreto y vetar todas las leyes que apruebe el Congreso, pero está por ver cuántos republicanos seguirán a su lado. Los demócratas, sin duda, iniciarán ahora un nuevo proceso de impeachment. Será el tercero al que se enfrentará Trump. No podrán condenarlo sin el apoyo de bastantes congresistas republicanos, pero ya se sabe que cuando la nave se hunde nadie quiere irse a pique con el capitán.
La prioridad de un Trump inteligente debería ser salvar sus negocios y su fortuna. El problema es que no sabe ser prudente y, mucho menos, humilde, sobre todo en la derrota. Tal vez vaya de nuevo a la guerra y tal vez busque a alguien que lo arrope con un manto imperial, pero es difícil que lo encuentre.

