Cadillacs hasta en las orejas

El paisaje en este tramo rural y bucólico de la ruta 66 en Oklahoma, rumbo a Texas, conserva algo que a los viajeros de hace cien años, cuando oficialmente se abrió la carretera madre de Chicago a Los Angeles, no les sorprendería: las vacas.

En esta jornada con un largo trayecto por este observatorio de Estados Unidos, una vez más se constata la pasión por los gigantes, como el leñador y sus dos acompañantes en Calumet, el astronauta de nueve metros de Weatherford o el caballero con armadura de Canute.

A aquellos pioneros de la ruta les podría maravillar esos colosos, aunque los que les dejaría patidifusos son esas piezas descomunales con brazos en movimiento que se suceden kilómetros y kilómetros. Esa imagen es la prueba irrefutable de que ésta es otra época. En un estado tan petrolero como Oklahoma, los molinos de viento se prodigan, a pesar del terror que provocan en el presidente Donald Trump.

Precisamente, al llegar a Elk City se atisba una imponente torre de perforación petrolífera, la Parker Drilling Rig, de 55 metros, instalada como monumento público en la ruta 66.

“Tiene mucho de nostálgico”, dice Karen Touchstone, gerente de la Cámara de Comercio de Elk City. Esta ciudad fue punto clave en la industria del petróleo y el gas natural. La Shell Oil Company descubrió oro negro en 1947 y su explotación alcanzó su cima entre 1970 y 1990. “Han desaparecido negocios porque hay menos empresas petroleras, pero ocupamos rápido esos espacios con otras actividades”, señala la gerente.

Uno de los nuevos negocios es la marca Escofet, empresa de diseño urbano del grupo catalán Molins, que el pasado 15 de octubre inauguró su primera planta de producción en EE.UU. Y, sobre todo, Touchstone habla de la expansión de la industria eólica. “¡Hay que renovarse!”, exclama.

“El dólar cunde mucho más aquí que en sitios como California.”, sostiene. Otra vez California, que es como nombrar al mal en tierra conservadora.

“Maldita guerra”, dice Annette, repartidora de paquetes por ranchos texanos, quejosa por el precio de la gasolina

El límite de Oklahoma se halla a una hora en coche. “No hay lugar como Texola”, reza un letrero. No hay duda. Esto es un pueblo fantasma. Según el censo, viven 43 personas, pero no se dejan ver entre edificios abandonados hace mucho, en medio de la maleza. Ni un alma.

“Agua, el último lugar para conseguirla”, se advierte en un cartel. Es como si después de esto viniera el infierno.

Lo que aparece es Shamrock, primera localidad de Texas, lugar en el páramo, con motel, turistas que le dan aliento y una antigua estación de servicio de Conoco con dos postes de repostaje mantenidos como adorno de un tiempo caducado y unas instalaciones reconvertidas en centro de información (o tienda de recuerdos), además de una cafetería con refrescos a precio internacional. Tiene de todo, carece de autenticidad.

Luego viene McLean, que es como un paréntesis en el camino. Frente a una vieja gasolinera abandonada a su suerte, unos cuantos vehículos de época duermen el sueño de la herrumbre y la chatarra cuando en otro sitio, o en la propia ruta, serían valiosas piezas de museo.

Anette se compra un vaso gigante de coca cola en un supermercado. “Reparto paquetes por los ranchos”, explica. Se queja porque ha perdido margen de ganancia al encarecerse el combustible”. “Maldita guerra”, lamenta. “No me gustan las guerras y ahora tampoco me gusta Trump”, añade.

Por fin, Amarillo, la ciudad cuyo gran atractivo es el Cadillac Ranch, una instalación de diez Cadillac enterrados inclinados con el morro hacia abajo. La gente acude a pintar grafitis en esos coches. Incluso van familias en pleno, con niños que cargan sus botes de pintura.

“Nacida y criada en Amarillo, en la ruta 66”, se presenta Penny Clark, dueña del centro de visitantes. Después de comentar las maravillas de la ciudad (mucho empleo, poco crimen, “buena” inmigración), Clark no parece preocupada porque el galón de gasolina cuesta 3,89 dólares. “Solo gasto un par de tanques al mes”, aclara. “Pero todavía es más de los dos dólares que costaba”, acepta.

“Los alimentos también están más caros y no creo que los veas bajar por el coste del transporte y de que todo el mundo quiere más salario”, argumenta.

“Quizá baje el precio de la gasolina cuando se acabe el mundo o cuando sea”, ironiza. “Cuentan que es por la guerra, pero tenemos gas y petróleo de sobra. ¿Por qué han subido los precios? Porque las grandes petroleras piensan: ‘Oye, hay una guerra, podemos subir los precios’. Y los suben”, reflexiona. Ahí resuena el eco de Trump.

Bob Crocodile Lile comparte la teoría de la codicia de las petroleras y defiende la guerra contra Irán, aunque “por desgracia mueran inocentes”.

Este pintor, que se define como expresionista abstracto, abrió galería en Amarillo hace 17 años “porque soy texano y por la ruta 66”. Lleva 14 en este local ubicado en la misma carretera que durante décadas recorrió con su Harley. “Dejé la moto hace tres años, al cumplir 83. “No tengo la destreza ni la fuerza de antes”, se justifica.

Hace 14 años, en internet, descubrió Fordite, joyería realizada con trozos de pintura de viejos Ford de la planta de Michigan. Eso le inspiró a hacer lo propio, todo tipo de piezas (pendientes, anillos, colgantes) con capas de esos grafitis que se desprenden de los vehículos del Cadillac Ranch. Las bautizó como Cadilite. Un éxito.

Su galería es un lugar acogedor, repleto de arte y de política. Sobre un escaño al Senado que los demócratas pueden arrebatar, Lile confiesa que votará al republicano Ken Paxton. “No es el mejor del mudo, está todo eso de que engañaba a su esposa, pero la gente comente errores”, acepta. “No sé mucho del otro (el progresista James Talarico), excepto lo que oigo. No creo que los hombres deban competir en deportes femeninos. Si eres un hombre biológico no creo que debas entrar en los baños de mujeres”, recalca.

Y evoca sus discusiones con el artista hippie Bob Waldmire, muy liberal. “Nos respetábamos y ahora la mayoría de la gente ya no sabe hacer eso. Lo que quiere es pelear”.

Al salir de Amarillo hay otro gigante de siete metros. Acompañado por tres Cadillac clásicos, ese es el Cowboy de la Segunda Enmienda, recordatorio del derecho de los estadounidenses a tener y usar armas.

Francesc Peiron Arques

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